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Familias críticas

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Autor:Olga de León / Carlos A. Ponzio de León   |    Publicacion:02-06-2019

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Dicho lo cual, las sirenitas volvieron a las olas dentro del libro de mis sueños y ficciones, a leer y escribir poesía y prosa poética

Un hombre pesado


Carlos A. Ponzio de León

Daniel era patizambo, de escaso cabello y usaba lentes de fondo de botella. Era un abogado cuyos clientes estaban relacionados con el narcotráfico. Solía soportar mucha presión por parte de ellos. En dos ocasiones había recibido tremendas golpizas por haber obtenido fallos desfavorables en algunos juicios y por no haber logrado corromper a la autoridad. En lugar de haber estudiado medicina, hizo caso a los consejos del tío exitoso de la familia y se decidió por estudiar leyes. Era el tipo de hombre para el que tener una sola familia no le era suficiente; dejó hijos regados con cinco mujeres.


En enero recibió llamada de la familia Tolentino, que aún tenía al padre encarcelado en Estados Unidos y a la madre en México. El hijo mayor acababa de salir libre luego de una batería de amparos y quería recuperar los negocios que le habían sido asegurados y con los que lavaba dinero. Así es que le marcó al Lic. Daniel Martínez para que realizara las gestiones en los juzgados y recuperara cincuenta y un inmuebles que ya habían generado un par de decenas de millones de pesos, durante los últimos quince años.


El Lic. Martínez comenzó gestiones. Fue a buscar al administrador de los inmuebles. Le dijo que eran de su cliente y que un juez le ordenaría regresarlos. El administrador, sorprendido, se comunicó a oficinas centrales en la Ciudad de México para dar aviso de lo ocurrido. Así, la gente se iría preparando para las gestiones de devolución.


“Tranquilo”, le dijeron en oficinas centrales al administrador, “debemos seguir nuestros procedimientos”, los cuales eran largos y tediosos: burocráticos y que harían perder la paciencia al Lic. Daniel Martínez. “Ustedes están cayendo en desacato, le dijo a la gente de oficinas centrales, cuando vio que a los treinta días no había avances en la devolución. La verdad es que la familia Tolentino había tenido tantos negocios chuecos, que sus inmuebles aparecían en diversa averiguación previa.


La gente de oficinas centrales debía investigar si las propiedades que estaban siendo liberadas por el juez, no estaban involucradas en otros posibles delitos. Pero la comunicación entre oficinas centrales y el juez era lenta por la barata mensajería que solían contratar ambas instituciones. Fue cuando la comunicación por teléfono entre el Lic. David Martínez y oficinas centrales dio inicio. A él se le ocurría que podían pedirle dinero por devolver los negocios, ahora legítimos, de su cliente, por lo que comenzó a grabar las llamadas telefónicas.


Y para oficinas centrales, desde un inicio fue muy evidente que aquel grababa las llamadas, porque cuando fijaban con anticipación fecha y hora para entablar comunicación, del otro lado del auricular escuchaban un bip-bip de grabadora. Mientras que cuando realizaban una llamada que tomaba al abogado por sorpresa, el bip-bip estaba ausente.


Poco a poco comenzaron los avances en los procedimientos de devolución de tres de las empresas, pero no en la cuarta, con un valor en inversiones de treinta millones de pesos, donde las cosas se atoraron: Los inmuebles que habían generado el flujo estaban dentro de la panza de la empresa, pero no eran propiedad de esta. Para explicar la situación, la gente de oficina central le pidió al Lic. Martínez que viajara a la Ciudad de México para explicarle el asunto.


El licenciado estuvo allá dos días después, y la gente de oficinas centrales descubrió que Daniel, además de patizambo, medía dos metros y era excesivamente obeso; además, era muy buen abogado: se conocía todos los recovecos de la ley.


Daniel le planteó a la gente de oficinas centrales que: había visitado las doce instituciones bancarias del país, y ninguna quería abrirle una cuenta al hijo de Tolentino, porque el hombre seguía fichado por lavado de dinero. Por lo que, si en oficinas centrales seguían lo que eran sus propios procedimientos de entrega: elaborar un cheque de caja y cerrar la cuenta de origen, entonces los Tolentino no tendrían cómo depositar el dinero, ni hacerlo efectivo. Por ello, les pidió no cerrar la cuenta y hacer entrega de ella tal y como estaba, con el dinero ahí, realizando solo un cambio de firmas de apoderado.


Pero eso dejaría en riesgo a la gente de oficinas centrales, pues si el Sr. Tolentino seguía haciendo de las suyas, lo haría desde una cuenta aperturada por el mismo gobierno, con implicación de responsabilidades, o al menos efectos mediáticos.


Aunque el Lic. Martínez reconocía los riesgos que le acarrearía lo que estaba pidiendo, amenazó con demandar a la gente de oficinas centrales por una inejecución de sentencia, al no devolver los frutos de la operación de las empresas. La gente en oficinas centrales permaneció callada, asustada.


El Lic. Daniel Martínez se levantó de la mesa, caminó patizambo, con su poco cabello y sus gafas de vidrio de fondo de botella, agachado para no topar con el bajo techo de oficinas centrales, haciendo temblar el piso con sus pasos.

Dimes y diretes


Olga de León

En realidad no era muy delgada, tampoco gruesa, pero su andar parecía como el movimiento de una serena ola de mar, que apenas si quiere girar, sin dar de maromas ni sacudir la arena ni lo que encima de ella o por abajo hubiese: conchas, restos de flora y fauna.


Era una sirenita que solía salir del océano cada que se sentía ahogar, por falta del oxígeno contaminado que podía respirar cuando alcanzaba a sentarse en un montículo de rocas que ella sabía muy bien en dónde encontrar, y al que solía ir acompañada por otra de sus hermanas: estaban las rocas un poco antes de llegar a la playa, casi a la orilla de la última ola que iba y regresaba al mar tranquilamente.


-Mira, hermana, mira allá está la jovencita tan delgada como una sirena que no ha comido durante una semana, -le dice la amiga que hoy había salido del mar con ella. A lo que la experimentada sirena, le contesta: -Nunca des opinión sobre otra fémina, sea sirena, humana o hada.


-¿Tiene algo de malo? -No, pero quien te escuche hablar así, puede figurarse que eres lesbiana. Sorprendida quedó la sirenita más joven. Y continúa la primera: -acaso no te has dado cuenta de que eso está de moda; es como si eso fuese lo más importante en la vida de cualquiera, destacada o desconocida mujer.


-¿Por qué, piensa así, la gente? -¿Recuerdas la fábula que te leí sobre la oveja negra? …la sirenita se esforzó en recordar, hasta que dio con el nombre de su autor… -la de Monterroso, ¡ah!, sí… a la que le erigieron una estatua en el centro de la ciudad, después de haberla pasado por las armas, solo porque era distinta a todas las blancas. Sí, la recuerdo. –Pues bien, es como esa fábula, parece que a los hombres comunes y corrientes, también les gusta encontrar las diferencias… Y luego, luego, matan a quienes las poseen. Así, ellos y sus hijos se entrenan en el arte de las vanguardias y acusaciones contra todo el que sea distinto. Y así, con motivo para despreciarlos, entonces se reivindican, dedicándoles un poema.


Dicho lo cual, las sirenitas volvieron a las olas dentro del libro de mis sueños y ficciones, a leer y escribir poesía y prosa poética.


A propósito de eso, pienso en tanta sandez, disfrazada de científica investigación en derredor de Sor Juana Inés de la Cruz, Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, que ha aparecido en los últimos tiempos sobre si era lesbiana y por eso se fue al Claustro, y no por el rechazo al amor de algún enamorado que en caso de que quisiera desposarla, se sabría que era una hija natural.


¡Hágame usted el favor!, como si lo más importante de un hombre o mujer destacados en el mundo y en la historia de cualquier área o terreno de las ciencias, artes, técnicas o humanidades, fuera la preferencia sexual del ilustre ser o su negación al matrimonio, por la razón que sea.


A quién le importa saber si a través de la Carta a la Virreina, Sor Juana le está declarando su amor. ¿Quién pone en tela de juicio la belleza y preciado don de la poesía en Villaurrutia, porque fuera homosexual o “gay”?


Y, en todo caso, también pregunto, ¿serán los poemas más o menos bellos porque los escriba un poeta con tal o cual inclinación o preferencia homo o heterosexual; política; ideológica, o religiosa?


Cuán pletórico de ignorancia sigue estando el mundo y con él, sus habitantes; más los de pueblos chicos, donde los infiernos son grandes.



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