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Tejidos de sonidos

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Autor:Olga de León / Carlos Alejandro   |    Publicacion:10-02-2019

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Era un ir y venir de imágenes y conceptos; pero los conceptos no eran abstractos, sino más bien, eran pinceladas y dibujos geográficos en un planeta desconocido

El cielo de Nueva York.


Carlos Alejandro


Johny debía escribir una canción para el día siguiente. Se alisó las mangas, se colocó los lentes, y con papel y pluma en las manos se sentó en su escritorio frente al gran ventanal en el piso diez y seis, en su departamento en Nueva York. La ciudad, al atardecer, se vería pequeña frente a la ansiedad que la letra iría despertando sobre el autor.


La noche fue avanzando lentamente. Aunque el sol se ocultó, quedaba en el cielo una cortina teñida de sombras y de celestes casi grises, charcos de petróleo sobre la playa, un espejo que tiembla a frecuencia baja, como las notas más graves de un contrabajo. Y así, precisamente con un contrabajo, daban inicio las primeras notas que Johny había vertido sobre la partitura.


Para cuando el cielo se volcó sobre su propia oscuridad, Johny abrió la primera botella de champán para prepararse un Coltrane: cuatro onzas de espumoso y una de crema de casis. Vertió el líquido como si se tratase de oro cayendo sobre tres cubos de hielo, un oro que iba congelándose como las primeras palabras de la letra de su canción.


El primer verso hablaba sobre su pasado, su amistad con Stephanie y sus horas metidos en el café, frente al Museo de Arte Moderno, discutiendo a Jean Dubuffet, los retratos psicológicos de Marlene Dumas y las alegorías industriales del colectivo cubano Los Carpinteros. Era un ir y venir de imágenes y conceptos; pero los conceptos no eran abstractos, sino más bien, eran pinceladas y dibujos geográficos en un planeta desconocido.


Por el ventanal, de pronto aparecieron las luces de un aeroplano que llegaba por el norte de la ciudad, una cosa extraña después del once de septiembre de aquel terrible año dos mil uno. Seguro se trataba de un avión militar. Johny se impacientó más. Se encontraba empantanado en el segundo verso, aún sin el estribillo al que quería llegar: se le escapaban las palabras como a cualquiera que no es poeta, sino un simple prosista de metro y rima.


Ese segundo verso hablaba sobre el presente. Sobre la oscura pared del techo del departamento de Johny, que más que una literalidad, era una imagen perfecta de su vida amorosa, de su Coltrane en el vaso de old fashion, y del cielo nocturno que ahora lo apresuraba para continuar su canción. Ese era Johny en punto de las doce de la noche, desecho al enfrentar su presente.


Quiso resumirlo en algunas palabras, en los enfaldos más recientes, y deseó desenlodar su corazón a costa de otro trago a su Coltrane. “Este verso será más pequeño”, se dijo. Pero entonces volvió a leer el primero y la perfección del pasado se le vino encima. No podía romper la regla sobre el número de líneas a esas alturas: parecería que la canción concluía en lugar de enfilarse al tercer verso.


Se levantó de su silla, se preparó las últimas gotas de champán que restaban de la botella y las completó abriendo la segunda. Una línea de verso, una línea más era lo que necesitaba. Entonces encontró descanso: Pensó que la dejaría más corta de lo normal. Y eso lo dejó exhausto. Se tiró sobre el sillón de la sala con el vaso en la mano y se preguntó por qué en esos momentos no podía encender un cigarro. No lo haría; llevaba veinte años sin fumar, y esa regla no la rompería en ese momento.


Permaneció quieto. Nadie podría decir si despierto o dormido; ni siquiera yo, que solo puedo atestiguar que mantuvo los ojos cerrados durante un largo tiempo. A las tres de la mañana decidió acabar con el Coltrane que le quedaba en el vaso. Entonces se dirigió al refrigerador por más hielo y por el líquido de oro que le permitía fluir. Era el momento para soñar con los ojos abiertos. El tercer verso hablaría sobre su futuro.


“Pero no soy una máquina”, se dijo en voz alta, “todo dependerá de mis decisiones”, y así lo quiso creer. Se dirigió a su escritorio y observó las luces apagadas de los edificios. Se quedó concentrado en la luz de su lámpara que rebotaba sobre el papel y su letra manuscrita.


Y quizás el futuro ya lo estaba viviendo. Más allá de los estragos, la vida podría ser un círculo continuo de ir y venir sobre geografías ya conocidas, pinceladas que van y vienen de arriba abajo. Y Stephanie no estaba en esos momentos en su pequeño mundo. ¿Lo estaría en el del futuro?


A las seis de la mañana reconoció el aroma a café que llegaba de otro departamento en su edificio. Escuchó el ruido de los primeros autobuses circulando en la ciudad, y poco después, los primeros claros sobre la tela negra que cubría el cielo. “No estoy listo”, se dijo, “no estoy listo para escribir esta canción”.


A las siete de la mañana le marcó a su productor para explicarle. Colgó el teléfono aliviado e hizo una bola con las hojas que había empleado esa noche. Fueron a parar al bote de basura. No quiso conservarlas. La idea permanecería en su corazón unos años más.

Vivir la vida hoy


Olga de León

Que me dicten el saxo, el piano, el bajo y la batería, una melodía para recordar, pensaba mientras iba caminando por la calle, rumbo al “hostal”. De la mente -o sería de su oído interno- la joven de experiencia acumulada (bastante, ya) dejó escapar la idea recordando la noche que años atrás había pasado con su familia en ese famoso antro donde se tocaba música de jazz clásico y algo de jazz fussion que interpretaba otro grupo invitado alternando con el grupo principal, el de los grandes. …y, realmente para los pobres músicos invitados, esa alternancia en medio de una y otra intervención del grupo de casa, fue una prueba de fuego o simple atrevimiento, porque contra el Jazz clásico, nadie podía competir, no contra aquel grupo que les hizo memorable la velada a los clientes asiduos y a quienes como ella y su marido e hija iban por vez primera a ese bar-restaurante, invitados por el hijo.


La vida a veces es extraña, mas nunca tanto como la mente que da volteretas en tiempo y espacio, como también lo hacen la creación y la imaginación en un cuento. Por eso, hay que ser cautos y avisar: ¡ojo!, aquí cambia el escenario, el tiempo… o ambos. ¡Yo qué sé!


En fin, esa noche había sido una con permiso para salir, la de cada mes, y ella escogió deambular por las calles de la capital hasta que la noche la encontró ya cerca de donde el auto la esperaría para llevarla de regreso: al “hostal”, como a ella le gustaba llamarla. Estaba por pedirle al chofer que le subiera de volumen a su radio, o lo que fuera que tocaba aquel blues, cuando una pequeña manita con uñas medio largas, rozó su brazo. Así entró la realidad a su mente, junto con el primer rayo de sol por la ventana: la Viole reclamaba su salida mañanera al patio. Eran las 7:30 a.m., su marido ya no estaba en la cama, por eso la perrita acudió con ella.


Había vuelto del sueño que la proyectó al pasado, pero también a un futuro que no sabía si llegaría a vivirlo allí: en la “Casa de reposo” u “hostal”, como ella la llamó. Pero donde quiera que viviera o se encontrara: recordando el pasado; o en el presente, que a ratos se le escapa, o en el futuro, que la entusiasma por las posibilidades, de algo estaba segura: jamás dejaría de escribir ni de soñar.


Entró del patio a la cocina con Violeta, la perrita se le adelantó y fue a echarse en su cojín de la salita familiar.


-¿Cuánto hace que empezó la conferencia de AMLO?, preguntó al marido llegando ella a la salita. Caminó bailando al ritmo de un Jazz suave y nostálgico. Luego, se arremolina en su descanset y se alegra de vivir aún en la misma casa, la de la calle de primer mundo y cochera sin techo ni paredes… pero era su casa y era una muy especial, que se enriqueció de historias, algunas ya contadas, muchas aún sin relatar…


Había que escuchar a las paredes y escribir algún libro, o un par: pero, ¡ya!; antes de que la noche la volviera a sorprender oyendo Jazz, en sabe Dios qué calle y con qué gente intangible y transparente… Pero con chofer, tal como el hijo le prometió que haría cuando ella ya no pudiera manejar: ¿a los ochenta o noventa?, no recordaba, y estaba bien no recordarlo todo...



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