Opinión Editorial


Sin título (coloque el suyo)


Publicación:03-06-2020

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El mundo experimentó un rostro terrible de la globalización bajo la forma de una enfermedad

Hace poco más de medio año, fuimos sorprendidos por un nuevo intruso invisible: un virus desconocido hizo su aparición en la ciudad de Wuhan, China; una variante de coronavirus, al que se le llamó SARS-CoV-2 (Severe Acute Respiratory Syndrome Coronavirus 2: Síndrome Respiratorio Agudo Severo Coronavirus 2) que produce la enfermedad Covid-19. Caracterizándose por una facilidad de contagio debido a su alta carga viral. Sus efectos en el cuerpo humano son inciertos y, por lo tanto, terroríficos, pues como puede implicar un padecimiento y recuperación leves, también puede ser letal. Prácticamente una moneda al aire. Esa variabilidad de experiencias de contagio y recuperación -si se piensa en las diversas opiniones- aumenta la peligrosidad de propagación, pues quienes niegan su letalidad y la minimizan, elegirán solo la información que confirme o rechace sus ideas, suponiendo "A mí no me pasará", multiplicándose aún más los contagios.

 A pocos meses de iniciado el año la OMS declaró estatuto de pandemia. El mundo experimentó un rostro terrible de la globalización bajo la forma de una enfermedad, como en otros momentos el desastre económico en los mercados. Los contagios y muertes crecieron con rapidez exponencialmente, por lo que fue necesario que gobiernos y autoridades sanitarias, tomaran medidas extremas: cerrar fronteras, centros de trabajo y escuelas, promoviendo el distanciamiento social y la reclusión en casa. Al drama de la enfermedad se le añadió, un no menos importante, un trauma económico y laboral.

Lo virtual viró norma. Ante el peligro de la cercanía y el contacto, donde el otro, o yo mismo, pueden ser el vehículo de un peligro, la vida se mudó de aparador, aún los más reacios al uso de la internet y las computadoras, los celulares, dispositivos y redes sociales, se doblegaron ante el peso de las circunstancias, debieron aprender y adoptar  rápidamente lo que para el nativo del ciberespacio es algo automático, tanto para no quedarse fuera de la interacción con los semejantes y seres queridos, como para sobrevivir, material y  laboralmente, poder pedir comida. La crisis les forzó a ampliar sus horizontes.

De pronto, la persecución que patologiza los videojuegos y las series, así como el adecuado tiempo del uso de celulares, se evidenció -como lo que siempre ha sido- absurda, sus argumentos se evaporaron ante la contingencia, cobrando ahora un halo de resistencia -mostrando como todo arte, su potencia creadora- de darle sentido, vida a la vida en cualquier circunstancia, de amplificar horizontes, aún y en el encierro más estrecho y solitario y solidario. La escuela en estos tiempos ha sido, en muchos casos, un lastre, una pesada carga, un absurdo. Salvar el semestre y el año escolar, sus limitados objetivos administrativos con un halo de vanguardia, forzando la maquinaria que sujeta a unos maestros y estudiantes ya desgastados, pues la escuela nunca podrá ser una pantalla y un teclado.

La ciencia continúa intentando descifrar y traducir el misterioso idioma de este nuevo virus, sus diferentes voces y polifonías mutantes en cada latitud y persona contagiada, para un día próximo estar en grado de desarrollar un tratamiento y una vacuna. Planetariamente todo depende de ello, al tiempo que asechan nuevos brotes de sarampión y Ébola en diferentes partes del mundo, por mencionar algunos. Y por si esto fuera poco, todo sucede ante la postura irresponsable e ignorante de grupos antivacunas, que han elevado sus delirios conspiracioncitas a grado de verdad absoluta, como criterio para decidir no vacunarse ellos y sus hijos. Definitivamente el mundo post-pandemia tendrá que replantearse la postura de gobiernos ante dichos grupos que encarnan -sabiéndolo o no- un peligro inminente.

Por otro lado, es importante notar que siempre, ante el límite de la ciencia y el quehacer del Estado, se encuentra la responsabilidad de cada uno. Vivimos tiempos que convocan a una civilidad -quizás para muchos- inédita, mostrándonos que nadie se genera, cura y salva solo,  que, como lo planteó Freud, el lazo de cada individualidad emerge, habita y está interconectado con el colectivo; que mi libertad no es una atribución u objeto de consumo de mi ego, sino un derecho/obligación, una característica que se ejerce en el plano social responsablemente, donde cuidarse a sí mismo resulta en cuidar al otro y viceversa.  

Instagram: camilo_e_ramirez



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