Opinión Editorial


Migraciones musicales


Publicación:01-08-2020

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Toda música es una historia de la migración y estos movimientos humanos van dejando testimonio en los ritmos y melodías que cantamos

Ahora que estamos en pleno verano, es tiempo de familia, amigos y música. Claro está que con la pandemia, no hay (o no debería haber) fiestas grandes como antes, pero en casa y entre familiares y amigos, no puede faltar la música. Y no hay música más pegajosa en estos momentos que el reggaetón.

En realidad, el reggaetón es una fusión de músicas que muestra los movimientos migratorios de las Américas. Fusionó los ritmos tradicionales del Caribe —sobre todo salsa, pero con toques de merengue, cumbia, samba y son cubano— que fueron traídos de África con la esclavitud y dado nuevas formas en la cuenca del Caribe, con el reggae, de las islas caribeñas de habla inglesa, con los cuales hay mucha relación, y luego con el hip-hop de Estados Unidos, por la influencia de las diásporas latinoamericanas y las relaciones que muchos cantantes latinoamericanos mantienen ahí.

Toda música es una historia de la migración y estos movimientos humanos van dejando testimonio en los ritmos y melodías que cantamos. Salsa —la salsa que conocemos el día de hoy— también es una música de mezcla, una fusión de estilos caribeños y latinos que se forjó en las calles y los clubes de Nueva York en los años 70 cuando artistas cubanos, venezolanos, colombianos, puertorriqueños, panameños y de otros países llegaron a tocar ahí y juntos refinaron y recombinaron la música de sus países. El merengue llegó a nivel global gracias a Juan Luis Guerra, quien estudió jazz en Estados Unidos, y por Elvis Crespo, el hijo neoyorquino de padres dominicanos.

La música norteña en México —que tiene herencia de valses y polkas alemanes que entraron a México con el corto y malogrado imperio de Maximiliano— mezclada con estilos españoles, indígenas y africanos ya presentes en México, es una conversación constante entre la diáspora mexicana en Estados Unidos y la población rural que se quedó en México. No hay mejor representación de la norteña que Los Tigres del Norte, que siguen siendo un fiel reflejo de la vida de los mexicanos aquí y allá, un encuentro permanente entre los que se fueron y los que se quedaron. Los Tigres del Norte viven allá, en California, pero no por eso dejan de ser de aquí también, como tantos mexicanos en la diáspora.

Ahora viene un nuevo capítulo en América Latina. Las migraciones venezolanas, nicaragüenses, haitianas, cubanas, hondureñas, guatemaltecas y están trayendo nuevos ritmos y acentos a la música en los países donde llegan los que se fueron de esos países. En todos los centros históricos de la ciudades sudamericanas, se encuentran músicos venezolanos, parte de la diáspora de más de 5 millones de venezolanos que han dejado sus países. En Costa Rica, los músicos en la calle muchas veces son nicaragüenses, parte de un flujo de más de 100 mil que han huido de su nación al país vecino.

En Tapachula, Chiapas, cerca de Guatemala, los cantantes de corridos guatemaltecos y hondureños, con sus guitarras, compiten con la percusión africana de los cameruneses y congoleses en la plaza central. En Ciudad Juárez, ya no falta donde aprender a bailar como cubanos (por lo menos antes de Covid), gracias al asentamiento (¿quizás temporal? ¿quizás permanente?) de miles de cubanos en esa ciudad. En Tijuana, la Avenida Negrete, en la vieja zona turística, es el epicentro de la comunidad haitiana, miles de quienes ya viven de forma permanente en esta ciudad, tocando su música pegajosa en bares, restaurantes y peluquerías.

Los ritmos que se escuchan en estas ciudades son el nuevo disco de las Américas, un disco que se va actualizando con cada movimiento humano que se da en el hemisferio (entre las Américas y otras regiones del mundo), dando fe de las migraciones que han creado los países en que vivimos y las influencias que nos tocan y nos transforman.

Twitter: @SeleeAndrew



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