Opinión Columna


Miedo e indignación


Publicación:20-12-2017
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Miedo e indignación, dos formas infecundas de mover a la participación social en democracia, dos formas reaseguradoras del propio ego, del propio narcisismo

Uno de los grandes peligros que afrontan los manifestantes es el de enamorarse de sí mismos


Slavoj Zizek

Cada día vemos erigirse nuevos objetos tanto de miedo como de indignación. Estas dos reacciones son –plantea Luc Ferry, filósofo francés- expresiones detestables de la democracia: por un lado el miedo, si bien una cierta dosis del mismo, puede ayudarnos a prever algún peligro, desencadenando una protección ante algo que consideramos amenazante, si alcanza cierta intensidad, puede paralizar al sujeto, al punto de “congelarlo” reducirlo, constreñirlo, volverlo egoísta, romper el lazo social con los demás, replegarse, vivir en la evitación de todo y de todos, con la promesa de que solo así se estará seguro, (“Primero mis dientes y luego mis parientes”) por otro lado, la indignación, como reacción moralista ante los demás, carente de toda ética propia, pues quien se indigna, curiosamente, solo lo hace ante el comportamiento del otro, su semejante…¡Pero que intendencia! ¡Qué escándalo! nunca ante sí mismo/a, para eso tiene montones de escusas y justificaciones. Por lo tanto, la queja del otro, el hueco, su falla, deviene –histéricamente, podríamos decir, psicoanalíticamente- en excusa de la propia, si yo no puedo/soy/tengo es solo como consecuencia de que el otro no me ha dado tal o cual cosa, su falla, su carencia es una forma de exculpar lo propio.


Miedo e indignación, dos formas infecundas de mover a la participación social en democracia, dos formas reaseguradoras del propio ego, del propio narcisismo, que sustenta su lógica bajo la premisa, “Me quejo, luego existo”, “Me quejo, luego soy perfecto/a”, “Me quejo, me indigno, luego soy bueno/a, perfecto/a”, “Tengo miedo, luego me repliego, me dominan”, como hacen cientos de críticos de arte al decir que algo es “malísimo”, pretenden, mediante el golpeteo, hacerse un lugar de importancia.


Dicha queja por la queja, la función de la queja, donde una vez que uno se ha quejado/temido se debe adecuar después todo (vida, cuerpo, etc.) para que coincida con lo que se ha estado diciendo, es el contexto necesario para promover el excesivo consumo (objeto-mercancía, objeto-voto) de ESO que se piensa logrará colmar las ansias desencadenadas tanto por el miedo como por la indignación. Un ejemplo de esto lo podemos encontrar en las dos figuras presidenciales, el caso de EUA, y el de México: presidentes que ostentan su función a través de la indignación y el “desliz” calculado y no calculado, justamente por saber explotar muy bien esas dos formas de lazo social: miedo e indignación, ya que se creará que son totalmente válidas y verdaderas, justamente por guardar una relación particular con el cuerpo, dándole identidad, consistencia y función.

A partir del miedo y la indignación + el uso de la tecnología, portar un celular con cámara fotográfica, su usuario se aproxima a la experiencia más inmediata, filmando todo cuanto le atemoriza y le indigna, creyendo quizás, que la sola acción producirá un cambio; quizás si quizás no, es una apuesta y nunca una garantía, pero lo que si puede saberse es que funcionará como un objeto más de indignación al estilo de “Me enfada” del Facebook, o el reclamo eterno al otro que frustra, que daña, que no hace lo que “debería” de hacer. Voces que, es por más que bien sabido, la misma autoridad promueve, sostiene y explota a fin de -hablen mal/hablen bien, pero hablen de mi- convertirse en el destinatario tanto del miedo como de la indignación. Así como un comediante va “tomándole el pulso” a su número preparado, ciertos políticos emplean y explotan esa dupla miedo/indignación a fin de volverse (volvidos) política-viral, traspasar y superar la política-administración. ¡Felices fiestas!…Falta como un día, no menos, como cinco para el 25 de dic.


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« Redacción »
Camilo Ramírez Garza


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