Opinión Editorial


Habrá que ver de qué lado masca la iguana


Publicación:25-06-2020

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Sin duda ahora vendrá lo complicado. Nuestra presencia en el Consejo no será un día de campo, sobre todo si no entendemos y asumimos lo que ello implica

Así como la marea no espera a ningún hombre, el mundo tampoco espera a país alguno. Por ello celebro que México haya regresado nuevamente al Consejo de Seguridad de la ONU. He subrayado en el pasado que un país como el nuestro tiene de dos sopas en las relaciones internacionales: o se sienta a la mesa o estará en el menú. El que la SRE haya ratificado una decisión tomada durante otro gobierno y continuase un cabildeo que nos lleva a ocupar un asiento ahí es relevante porque en sí mismo obliga a asumir responsabilidades y posiciones en el exterior y reconocer el papel imprescindible que debiera tener la política exterior para nuestro país, y porque implícitamente reniega de la máxima simplista, cómoda y default de que la "mejor política exterior es la interna". Pero el retorno de nuestro país al órgano más importante para preservar y dirimir los temas de la seguridad y paz en el mundo también se trata de las oportunidades para potenciar el peso específico de México en el sistema internacional.

Sin duda ahora vendrá lo complicado. Nuestra presencia en el Consejo no será un día de campo, sobre todo si no entendemos y asumimos lo que ello implica. El mundo vive un momento de enorme fluidez y volatilidad geopolítica y es posible que las secuelas del Covid-19 no solo acentúen los choques entre tres de los miembros permanentes del Consejo —a decir, Estados Unidos, China y Rusia— sino que profundicen tendencias sociales, económicas y de seguridad que alimenten tensiones y conflictos al interior de algunos Estados y entre algunas naciones vecinas. México no podrá escapar de asumir posturas en estos asuntos. Y para un presidente mexicano que ha sido muy reacio a fijarle líneas rojas a su contraparte estadounidense, esto no será tarea fácil para la cancillería mexicana.

Pero más allá de las características sistémicas de las relaciones internacionales, hay peculiaridades de este gobierno, pero también de sectores de la opinión pública y sociedad mexicanas, que podrían complicar esa labor. De entrada, para quien no sabe a dónde quiere ir con el Consejo, ni las brújulas sirven. Y como apuntó Churchill, el objetivo de la diplomacia no es conferir un cumplido, sino asegurar un beneficio. La política exterior es más que "llevarnos bien con todo el mundo", como puerilmente articuló Enrique Peña Nieto al arranque de su sexenio. Ni la nostalgia ni la momificación de principios constitucionales hacen política exterior, y menos con temas que podrían dejar en evidencia que el martilleo de que México no interviene en asuntos internos de otros países se asemeja más bien al encendido de una luz direccional: ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no.

¿Cómo encarar entonces esta nueva oportunidad? El Consejo es un espacio donde se tienen que calibrar riesgos así como costos y oportunidades, y para países —como México— con menos instrumentos reales de poder duro, una diplomacia carente de riesgo ahí equivale a una diplomacia carente de resultados. La neutralidad es una manera cómoda de no tener política exterior y la ideología es mucho menos funcional que la inteligencia política y la sensibilidad moral. No podemos girar la vista ante la opresión del autoritarismo de cualquier signo ideológico; tenemos corresponsabilidad para con las causas de la libertad, los derechos humanos y la democracia liberal; y debemos redoblar nuestro compromiso con la participación mexicana en operaciones de paz. Y por encima de todo, México tendría que abogar abiertamente por la Responsabilidad para Proteger como un proyecto universal en el cual el dique de la soberanía jamás pueda ser invocado para permitir o encubrir crímenes de lesa humanidad, la depuración étnica o el genocidio.

Los siguientes dos años pondrán a prueba tanto a la diplomacia mexicana y su congruencia con lo que implica estar en el Consejo de Seguridad. Y la cancillería mexicana tendrá que hilar fino entre las necesidades, obligaciones y expectativas que nos impondrá el estar sentados en él y un mandatario mexicano poco interesado e involucrado en la política exterior y propenso a visiones de las relaciones internacionales más propias del siglo pasado que del actual.



« El Universal »