Opinión Editorial


El duelo del migrante


Publicación:06-08-2020

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El fenómeno migratorio es complejo. Es un problema que entraña relaciones diplomáticas, derechos humanos y tratados internacionales

 "Donde te vaya mejor". Así decía María que cambió junto con su familia, su residencia a California. Sin que fuera necesario, justificaba la decisión de salirse de México con razones económicas. Con un tono de orgullo, por ya ser ciudadana americana, hablaba con soltura de los demócratas y republicanos, del país tan ordenado que es USA, de las muchas cosas que se podía comprar a crédito, del buen pago salarial, de las bonitas clínicas de salud y escuelas y, no se diga de la ventaja de ir a Disenyland con un pase anual. Además, sus hijos tenían muy buenos trabajos, bonitas casas, qué más podía pedir. 

El sueño americano logrado. Tenían papeles que se fueron obteniendo poco a poco por generaciones. Cuándo se le preguntaba si conocía a sus vecinos o la frecuencia en que se reunía con la familia, el ánimo cambiaba. Con tanta actividad y las distancias que los separaban no se veían mucho.

"Aquí en el pueblo todos los hombres se van". Así decía Doña Licha para explicar que sus hijos se habían ido de mojados. Le pagaron a un coyote y todavía no tienen papeles. Trabajan en la pisca o en la obra, pero siempre con el temor de que la migra los encuentre. En su pueblo no había recursos suficientes para trabajar la tierra, había que irse.

El fenómeno migratorio es complejo. Es un problema que entraña relaciones diplomáticas, derechos humanos y tratados internacionales, por citar algunos aspectos, pero que también afecta a las personas. Lamentablemente, se ha deshumanizado.

Una reciente encuesta del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) a casi 2.000 migrantes que llegaron en los últimos 10 años a Estados Unidos provenientes de El Salvador, Guatemala y Honduras, confirma que la búsqueda de oportunidades económicas, la reunificación familiar y la violencia en el país de origen son las tres principales causas para marcharse. 

El migrante experimenta duelo migratorio o bien, el síndrome de Ulises que refiere al estrés crónico y múltiple frente a situaciones extremas al llegar al país de acogida.  El nombre se inspira en el héroe mítico Ulises, el cual vivió innumerables adversidades y peligros lejos de sus seres queridos. 

El duelo migratorio, como lo señala Joseba Achotegui, psiquiatra español, considera la familia y los amigos; la lengua; la cultura: costumbres, religión, valores; la tierra: paisaje, colores, olores, luminosidad; el estatus social: papeles, trabajo, vivienda, posibilidades de ascenso social; el contacto con el grupo étnico: prejuicios, xenofobia, racismo; los riesgos para la integridad física: viajes peligrosos, riesgo de expulsión, indefensión. 

Sentimientos de soledad, tristeza, depresión, preocupación, decepción, miedo y nostalgia. Es un duelo recurrente. Con tintes de amor-enojo hacia el país de origen por no darle las oportunidades para quedarse, pero también hacia el país que los recibe por lo difícil que es la adaptación. Es también transgeneracional.

No todos los que emigran sufren un duelo migratorio intenso. Hay quienes deciden salir por buscar nuevas experiencias o mejorar su calidad de vida y disfrutan sentirse ciudadanos del mundo. Están también quienes deciden irse y lo hacen enojados con su país de origen, por lo mal que está el gobierno, la corrupción, la carga fiscal, los servicios médicos, la educación, todo. Prefieren contribuir al bienestar de otros. Sin embargo, aunque esto tiene que ver más con movilidad laboral que con los problemas de migración, todos viven cierto grado de depresión por la nostalgia de lo que se deja. Es parte del proceso de culturización.

La migración es forzada para quienes están limitados para crear la sustentabilidad de vida para la familia o temen por su seguridad. En estos casos, migrar no es una decisión fácil y el estrés que produce puede ser extremo.

La vida ideal asociada a lo material se desvanece al advertir la discriminación o al estar con la angustia constante de la deportación o de la infracción legal. Se vive en un entorno lleno de prejuicios, agresiones y soledad.

"Extraño mi milpa". Así decía Jesús, de 20 años originario de San Luis Potosí. Dejó el país y se fue a la deriva pagando a un coyote. Su familia no sabía a dónde llegaría, simplemente la dejó, necesitaban su dinero. Al terminar su jornada en la pisca, se sentaba nostálgico, pensaba en su familia. Todavía no tenía papeles. Además de tristeza, sentía cansancio y la discriminación de los patrones. 

El duelo migrante lo viven todos los que deciden salir del país. Se requiere ayuda profesional para salir adelante pero lamentablemente, no siempre se tiene por dificultades de idioma, económicas o legales. Si no se atiende, puede llevar a problemas personales y sociales mayores.

Detrás de cada acuerdo migratorio está el síndrome de Ulises. 

Leticia Treviño es académica con especialidad en educación, comunicación y temas sociales, leticiatrevino3@gmail.com



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