Opinión Editorial


El confinamiento del ideal


Publicación:06-05-2020

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¿Cómo convivir en familia? ¿Cómo es la mejor forma de interactuar con quienes se está realizando la cuarentena? ¿Qué se debe hacer o no hacer con los hijos?

 

Las preguntas más frecuentes que nos realizan en estos tiempos de pandemia, distanciamiento social y confinamiento en casa, tienen que ver con los aspectos relacionados a la convivencia con las personas con quienes se realiza la cuarentena, entre ellas: ¿Cómo convivir en familia? ¿Cómo es la mejor forma de interactuar con quienes se está realizando la cuarentena? ¿Qué se debe hacer o no hacer con los hijos? ¿Cómo mediar o encontrar el equilibrio entre el home office, la escuela virtual y los quehaceres del hogar? ¿Qué hacer con el aburrimiento que se siente? ¿Cómo lidiar con la soledad que se vive día a día? ¿Cómo me desconecto del coronavirus? ¡No puedo pensar en otras cosas que no sea coronavirus, coronavirus y más coronavirus?

 

Otro aparatado lo comprenden los síntomas localizados en el cuerpo: ansiedad, depresión, desgano, aburrimiento, sin sentido, insomnio, aumento o pérdida del apetito, que se refieren experimentar con mayor intensidad en estos tiempos.

Ante una experiencia totalmente nueva, traumática, los humanos nos vemos confrontados en la encrucijada de responder de las mismas formas ya conocidas (queja, enojo, tristeza, aumento de la simulación burocrática...) o inventar nuevas soluciones, caracterizadas por la singularidad y el deseo, diferentes de persona a persona. De lo contrario, cualquier respuesta o "receta" de qué hacer o qué no hacer, caería, invariablemente, en la categoría del "deber ser", una imposición desde afuera, que terminaría cansando y fastidiando. De ahí lo que Sigmund Freud -de quien celebramos hoy su cumpleaños- recomendaba para poder atender a una persona en su singularidad: evitar el furor curandis, es decir, las ansias de pretender saber e imponer -por su bien- al otro lo que es su bien y deber hacer. En estos tiempos diríamos, pasar de la noción de "calidad de vida" que es una misma idea estandarizada, biopolítica, de lo que todos tienen que ser/hacer para una vida cualificada, algo sin moldes, que cada uno debe responder de manera singular y responsable.

Vivimos tiempos inéditos, tiempos marcados por la sorpresa y el imprevisto, tiempos que nos demandan respuestas y soluciones, no solo eficaces e integrales -en el sentido que incluyan lo colectivo, económico y ecológico - sino creativas, flexibles y variables, que realmente funcionen y no sean solo un teatro de simulación, político y económico.

"La familia son esos de los que nos quejamos" (Jorge Forbes) Así como de la pareja, de los hijos, de los amigos, en fin, de la vida misma. Precisamente porque la familia nunca tendrá una respuesta última sobre lo que somos y deseamos, la familia no otorga un sentido último a la existencia, a lo mucho puede permitir que cada uno se conecte e invente el propio. La familia es un grupo paradójico, pues al mismo tiempo que da algo, frustra, es decir, responde con un silencio, con una confusión, incluso -en algunos casos- con daño, directo o indirecto, sobre lo que deseamos hacer, buscar, conseguir. En ese sentido, al aumentar la convivencia familiar puede que se exacerben las quejas y reclamos hacia lo que ella, la familia, la pareja, los padres y los hijos, no dieron. Pues, para muchas personas, da una inmensa seguridad tener a quien culpar y reclamar a través de frases con el formato: "Si no fuera porque tú/el/ella/... entonces yo sería/podría/tendría..." Dios, padres, gobierno, pareja, hijos, maestros, políticos, jefes de trabajo... son de los personajes más solicitados para ocupar ese lugar de reclamo. Por lo que, para salir de dichas respuestas comunes, se requiere primero desistir protegerse (esconderse) en ellas, para inventar respuestas nuevas, una vez que se ha asumido la propia frustración, sin "facturársela" a alguien más.

Desistir de la idealización y el reclamo a los demás, desistir de convertir al otro en eterno deudor que debe darnos lo que nos falta, posibilita disminuir el violento reclamo. "Cuando amamos a alguien no lo aceptamos como la persona que efectivamente es, lo aceptamos siempre y cuando esta persona ocupe las coordenadas de nuestra fantasía, malinterpretamos su identidad. Por eso, cuando descubrimos que estábamos mal, el amor puede convertirse rápidamente en violencia. No hay nada más peligroso, más letal para la persona amada como ser amado por lo que no es sino para alcanzar el ideal, en este caso el amor siempre es mortificante". (Slavoj Zizek)

La familia y la pareja no son grupos naturales, sino culturales, artificiales, creados; "Todos somos adoptados" (Jacques Lacan) Por lo que no existe una relación natural-directa que ponga en relación corazón a corazón, cuerpo a cuerpo, sentimiento a sentimiento a los miembros que la componen; su contexto de interacción es el malentendido, un "teléfono descompuesto" permanente, en sí, la diferencia. Y, si se sabe reconocer y valorar tal característica como potencialidad, más que como defecto y error, se puede utilizar el malentendido y las diferencias, como causa de una amplificación creativa, donde cada uno realiza lo que le falta, es decir, lo que falta y el otro no nos dio ¡Y nunca nos dará! Ya no siendo esto la causa del reclamo, del odio, sino la causa de creación. "Yo no busco, encuentro" (Picasso)

Por ello cuando no se reconoce esa brecha entre las personas, independientemente del parentesco, esa diferencia básica que nos hace a cada uno ser extraños para sí y para los otros, se intenta forzar -cual cama de Procusto- para encarnar ese ideal, se pone en funcionamiento una tormentosa convivencia basada en el confinamiento de lo ideal, donde la salida del laberinto del espejo de lo ideal, la podemos encontrar en la articulación e interacción de las diferencias, eso a lo que Jorge Forbes ha llamado, monólogos articulados, donde no se requiere entender y comprender al otro para relacionarnos, pues el vínculo, el lazo, está en otro lugar, en un nuevo amor: algo que vibra y resuena más que razona.

 

 



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