Opinión Editorial


Después del Covid, el precio pagado por los más débiles


Publicación:13-07-2020

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Si la vida perdiese su profunda conexión con el evento del nacimiento, no sería más vida humana

El informe del Istat (Instituto Nacional de Estadística Italiano) describe un país que corre el riesgo de perder su futuro: la precariedad social frena fatalmente el deseo del porvenir. Uno de los datos más sintomáticos es la disminución significativa esperada de la tasa de natalidad. Dar a luz a un hijo es, de hecho, un gesto que implica una cierta confianza necesaria en el futuro.  Sin embargo, dicha confianza, bajo los embates de la epidemia, sus consecuencia sociales y económicas, ha sido reemplazada por el miedo. Darle vida a un hijo es un gesto que reafirma que los seres humanos -como decía Hannah Arendt- no están hechos para morir sino para nacer. 

Si la vida perdiese su profunda conexión con el evento del nacimiento, no sería más vida humana. La intrusión traumática del Covid ha destrozado nuestras comunidades e inevitablemente ha traumatizado nuestra confianza en el futuro. La angustia persecutoria del contagio ha cedido progresivamente su lugar a una angustia depresiva: el futuro corre el riesgo de convertirse en un objeto melancólicamente perdido. 

En el fondo todos nos preguntamos: ¿realmente encontraremos el mundo tal cual lo amábamos anteriormente? En la oscuridad que nos rodea y que probablemente se volverá cada vez más densa, la comunidad que ha demostrado la mayor resistencia ha sido la familia. Después de la atención médica -la primera respuesta a la muerte y a la violencia- fue la ofrecida con gran generosidad por las familias italianas. Una comunidad, tan descuidada como fundamental, ha resistido en su tarea educativa, manteniendo silenciosa y diariamente, las piezas unidas de un país consternado. 

Finalmente, el problema ya no era el ideológico de clasificar a las familias de consanguinidad y naturaleza, de las demás, sino el hacer existir el gesto fundamental sobre el cual se funda la identidad y la función simbólica de cada familia: el gesto de dar la bienvenida a los indefensos, de custodiar la vida aplastada por el miedo, de la humanización del cuidado, del testimonio de una relación que resiste a la destrucción, de la responsabilidad hacia nuestros hijos. 

El informe del Istat no niega en absoluto la existencia de esta fuerza extraordinaria de la familia, sino destaca la incidencia que sobre ella está ejerciendo la angustia depresiva en relación con un porvenir incierto. Ello demuestra claramente que una política laboral no solo sirve a la vida económica de un país, sino a su vida misma. En un debate sobre la reconstrucción, que corre el riesgo de ser secuestrado por el problema de la seguridad, el nacimiento de un hijo asemeja una flor apretada en la piedra, como signo tangible de que la vida puede recomenzar de nuevo cada vez, incluso cuando el mundo parece haber agotado sus días. Estamos hechos para nacer infinitas veces y no para morir. Por ello, el nacimiento de un hijo siempre es una verdadera fiesta; trae consigo la esperanza de que la vida sea siempre más fuerte que la muerte.

Sin embargo, las instituciones tienen la tarea decisiva de no dejar solas a nuestras familias, especialmente aquellas económicamente más frágiles y vulnerables. Deben poner extrema atención de no hacer que el nacimiento de un hijo sea una posibilidad excluida para los más débiles. Sería un desastre antropológico que aumentaría de forma traumática las desigualdades sociales, apagando la luz que desde siempre ha implicado el nacimiento de un hijo. Si algo muestra este tiempo de crisis, es que solo la existencia de un hijo puede dar porvenir a un país; también reitera, por enésima ocasión, que solo la existencia de trabajo para todos puede dar dignidad a la vida humana. 

Artículo publicado en el periódico italiano La Repubblica "Dopo Covid, il prezzo pagato dai più deboli" (3. julio. 2020) traducido al español por Camilo E. Ramírez, con autorización del autor.

camilormz@gmail.com 



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Massimo Recalcati

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