Opinión Editorial


¿Cuál es la mayor estafa del mundo? La educación


Publicación:12-09-2020

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Ningún sistema educativo del mundo estaba preparado para súbitamente dar educación a distancia a todos sus estudiantes

Antes de que la pandemia obligase a mantener a niños y adolescentes alejados de las aulas, mil 500 millones de niños y jóvenes en todo el mundo acudían a edificios conocidos como escuelas o colegios. Allí pasaban largas horas en salones donde algunos adultos intentaban enseñarles a leer, a escribir, matemáticas, ciencias y más. Esto costaba 5% de todo lo que produce la economía mundial en un año.

Una gran parte de este dinero se perdía. Y un costo aún mayor es el desperdicio del tiempo de esos mil 500 millones de estudiantes que aprendían poco o nada que les fuese a ser útil para moverse eficazmente en el mundo de hoy. Los esfuerzos que hace la humanidad para educar a sus niños y jóvenes son titánicos y sus resultados son patéticos.

En Kenia, Tanzania y Uganda, 75% de los alumnos de tercer grado no sabe leer una frase tan sencilla como: "El perro se llama Fido". En la India rural, 50% de los alumnos de quinto grado no puede restar números de dos dígitos, como 46-17, por ejemplo. Brasil ha logrado mejorar las habilidades de los estudiantes de 15 años, pero al actual ritmo de avance les llevará 75 años alcanzar la puntuación promedio en matemáticas de los alumnos de los países ricos; en lectura, les llevará más de 260 años. Los resultados de las pruebas de conocimiento a estudiantes en México y Argentina también son pobres.

Estos y muchos otros datos igual de desalentadores están en un Informe sobre el Desarrollo Mundial del Banco Mundial. El mensaje central del informe es que escolarización no es lo mismo que aprendizaje.

La buena noticia es que los progresos en escolarización han sido enormes. Entre 1950 y 2010, el número de años de escolaridad completados por un adulto promedio en los países de menores ingresos se triplicó.

El Banco Mundial enfatiza otros dos mensajes: uno es que la escolarización sin aprendizaje no es sólo una oportunidad perdida, sino también una gran injusticia. Los más pobres son quienes más sufren las consecuencias de la baja eficacia del sistema educativo.

Lo mismo sucede con las naciones. El estudiante promedio más pobre tiene un peor desempeño en matemáticas y lenguaje que 95% de los estudiantes en los países ricos. Todo esto se convierte en una diabólica maquinaria que perpetúa y aumenta la desigualdad, la cual, a su vez, es un fértil caldo de cultivo para conflictos de toda índole.

En muchos países, como México o Egipto, por ejemplo, los sindicatos de trabajadores educativos son formidables obstáculos al cambio y, con frecuencia, la corrupción en el sector es alta.

¿Qué hacer? Lo primero es medir. Por razones políticas, muchos países se resisten a evaluar de manera transparente a sus estudiantes y profesores. Y si no se sabe qué estrategias educativas funcionan y cuáles no, es imposible ir mejorando la puntería. Lo segundo es comenzar a darle más peso a la calidad de la educación. Tercero: empezar más temprano. Cuanto más mejore la educación a edades tempranas, más capaces de aprender serán los estudiantes de primaria y secundaria. Cuarto: usar la tecnología de manera selectiva y no como una solución mágica. No lo es.

La pandemia ha agravado todos estos problemas. Ningún sistema educativo del mundo estaba preparado para súbitamente dar educación a distancia a todos sus estudiantes.

Quizás el mensaje más importante es que los países de menores ingresos no están condenados a que sus jóvenes no aprendan. Corea del Sur era en 1950 un país devastado por la guerra y con altos índices de analfabetismo. Pero en solo 25 años logró crear un sistema educativo que produce algunos de los mejores estudiantes del mundo.

Sí se puede. ¿Nos obligará la pandemia a repensar por completo como educamos a nuestros jóvenes?

Miembro distinguido del Carnegie Endowment for International Peace

Twitter: @moisesnaim



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