Opinión Editorial


Convivir con lo ingobernable


Publicación:29-04-2020

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Este es el tono que caracterizará el nuevo tiempo que se inaugura mundialmente

El yo ya no es amo en su propia casa

Sigmund Freud

La vida humana posee muchos rostros de lo ingobernable: el origen de la vida, la muerte, los latidos del corazón, el amor, una enfermedad, el azar, un accidente, la naturaleza, el propio cuerpo, los otros...en fin, los encuentros no calculados que nos muestran -de manera radical e irreversible- la contingencia pura del instante, la discontinuidad en la que permanentemente habitamos. Reconocer tales características de la vida humana, no tanto como un error, sino como algo que es parte de ella, permite apreciar tales experiencias como espacios amplios para la invención. Este es el tono que caracterizará el nuevo tiempo que se inaugura mundialmente.

Desde finales del año pasado el mundo contempló la aparición de un nuevo virus en una ciudad china -hasta entonces desconocida para muchos- de nombre Wuhan, capital de la provincia de Hubei a 800 kilómetros de Shanghai: el SARS-CoV-2 (Covid 19) una variante inédita de coronavirus de una carga viral mayor.

Mientras el resto del mundo continuaba con su movimiento, aquella ciudad oriental se debatía con la enfermedad. A la distancia, fuimos testigos ya no de la genial muestra de arquitectura e ingeniería China para construir un estadio de fútbol, sino para levantar un hospital en solo diez días. Hoy, después de 4 meses, las medidas de asilamiento se han terminado y los habitantes de Wuhan han salido nuevamente de sus casas, retomado un cierto ritmo de apertura, conviviendo con lo que se dice, será inminente: la segunda oleada del contagio. Por su parte el gobierno chino ha compartido con todo el mundo sus capacidades e infraestructura, investigación, estrategias de respuesta e insumos necesarios, mostrando que nadie se salva solo, sino en comunión con los demás.

La globalización, lo mismo que mundializa los mercados, interconecta a las personas, en cuestión de pocos meses comenzando el año, los contagios estaban ya por todo el mundo. El 11 de marzo la OMS declara estatus de pandemia. Los países escépticos, cuyas sociedades, minimizaban – ¡O aún lo hacen! – la pandemia, han aprendido la lección de la forma más terrible, con miles de muertes y sistemas de salud colapsados.

El camino ha sido sorpresivo, letal y angustiante. La vida como la conocíamos se transformó radicalmente. Fue necesario tomar medidas y lidiar con sus efectos: el distanciamiento social y el confinamiento en casa, nos arrancó de nuestra rutina, destacando la peligrosidad del semejante y del espacio compartido, de la vital importancia de profesionistas médicos, de enfermería, y por qué no decirlo también, de las escuelas y los maestros; protegerse en casa, distanciarse de los otros se convirtió en la mejor arma para detener la curva de contagios, un asilamiento solidario, la comunidad en la soledad compartida; surgiendo en paralelo una incertidumbre laboral y económica, de lo macro al ámbito familiar e individual más inmediato. En última instancia, una preocupación sobre el mundo: cuando todo esto termine ¿Seguirá siendo el mismo mundo que conocíamos? ¿Podremos regresar pronto al mundo que teníamos? ¿Seguirán existiendo las seguridades en las que basábamos nuestra vida? En ese sentido, la angustia generada a partir de esa confrontación coincide con la pérdida del mundo tal cual se conocía. Algo cambió y no volverá a ser como antes. Nosotros mismos cambiamos, y quizás no volveremos a ser como antes, estamos en transición. Pero ¿qué no siempre es así?

Cuando el aislamiento social y el confinamiento terminen - ¡porque habrán de terminar! – no así el riesgo del contagio. Por lo que tendremos que convivir con ese rostro de lo ingobernable del virus nuevo, cuyo proceso de desciframiento continúa. 

En cuanto a las reacciones y respuestas, individuales y colectivas, será mejor que se mantengan con entusiasmo, creatividad y flexibilidad, como resistencia frente a respuestas fáciles y desesperadas (exclusión, discriminación, queja, autoritarismo, violencia...) que reiteran fantasiosamente como solución un mismo planteamiento maniqueo de separar buenos y malos, sanos y enfermos, optando por el surgimiento de una nueva solidaridad localmente-global, basada en el intercambio de recursos (materiales e intelectuales) como eje de acción, tanto para responder al implacable avance de la enfermedad como para reformular, en última instancia, las políticas mundiales en materia de salud, cuidado del medio ambiente, sistemas de comunicación y gestión epidemiológica ante las pandemias.



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