Opinión Editorial


Contexto


Publicación:29-07-2020

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Esa fue mi mayor herencia, apreciados lectores, la de la duda permanente

¿Es usted, querido lector, querida lectora, de quienes gustan de juzgar un libro por su portada? ¿Cree usted que todo es o completamente bueno o completamente malo? ¿Los colores para usted son absolutos, y no encuentra los matices que separan y a la vez unen a un azul de un verde o a un rojo de un rosa? ¿Lo ve todo en términos de blanco o negro?

Si contestó usted que sí a alguna de esas preguntas, entonces me temo que este artículo no le va a gustar. Pero probablemente le sirva, así que le invito a seguir leyendo.

Yo crecí en una familia en que todo se preguntaba, todo se cuestionaba. Los niños nos sentábamos a la mesa de los grandes y podíamos participar libremente en todas las conversaciones, pero nos exponíamos a una pregunta que sonaba inocente, pero podía ser demoledora: "¿por qué dices eso?"

Y pues tocaba sustentarlo, con las ideas y argumentos propios de chamacos que éramos, con la humildad que daba aprender a no hablar en vano y el orgullo de ser tomados en serio (porque el cuestionamiento nunca era burlón, ni tampoco solemne, nos convertía en interlocutores de los mayores).

Era una casa de escépticos, acostumbrados a dudar de las verdades oficiales, fueran estas de la(s) iglesia(s), del gobierno, de los políticos, de la academia y, por supuesto de los medios de comunicación. Un hogar muy poco tradicional y al mismo tiempo profundamente familiar, al que llegaban invitados lo mismo ministros de culto que dirigentes de izquierda, intelectuales afines a los grupos más discordantes y lejanos, políticos oficialistas y clandestinos, tirios y troyanos.

Lo importante no es quienes iban, sino el ambiente que imperaba: de cuestionamiento duro pero correcto, de escepticismo profundo pero respetuoso, de disposición a aprender cosas nuevas, a cambiar de ideas, a reconocer errores.

Esa fue mi mayor herencia, apreciados lectores, la de la duda permanente. No siempre sé si me ha hecho la vida más sencilla. Con frecuencia envidio el entusiasmo militante de quienes creen, o dicen creer, a pies juntillas en algo, lo que sea. Me imagino que debe ser muy sencilla la vida para quién va por ahí convencido de que su camino es el correcto, el único. La certeza absoluta, el peor enemigo del pensamiento crítico, es para quienes solo necesitan la validación de sus propias convicciones y por ello desdeñan (y detestan) todo cuestionamiento, crítica o contradicción.

El mundo entero y nuestro país atraviesan por una crisis de dimensiones inimaginables apenas hace unos meses. La pandemia y la depresión económica son globales y prácticamente nadie está a salvo de sus múltiples y variadas repercusiones.

Uno de los impactos invisibles de todo esto es el mental, el anímico. La incertidumbre, la preocupación y la angustia llevan a la búsqueda de respuestas fáciles y simples, de culpables a modo, a simplificaciones extremas. Como todo dogma, son falsos y engañosos. Si siempre hay que dudar de quién ofrece salidas fáciles, en tiempos de complejidad extrema hay que huir del simplismo, de lo unidimensional y buscar un poco más allá, escarbar un poco más hondo para encontrar las respuestas correctas.

Una característica muy curiosa de quienes favorecen el pensamiento único es la tendencia a adscribirla esa misma conducta a los demás. En el caso de México los extremos son notorios: entre los agoreros del desastre, que todo lo ven mal sin excepción alguna, y los entusiastas utópicos que nos imaginan camino al paraíso, realmente no hay a quién creerle. Y como ambos bandos lapidan sin piedad a quien no encaja en sus visiones únicas, las pocas voces moderadas o que buscan balance se pierden en el griterío y la descalificación.

No se pierda usted de esas voces. Búsquelas, procúrelas, hágalas suyas, porque en el mundo del pensamiento único siempre gana el argumento más simple, el razonamiento más burdo, el común denominador más bajo.

Y si se pierde usted del contexto, pierde también la batalla por el entendimiento.

Twitter: @gabrielguerrac



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