Opinión Columna


Breve espacio y solvitur ambulando


Publicación:17-04-2019
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El horizonte se expande y no existe un punto único de apoyo, de referencia, sino muchos.

 

Caminante, no hay camino,


Se hace camino al andar


Al andar se hace camino


Y al volver la vista atrás


Se ve la senda que nunca


Se ha de volver a pisar


Antonio Machado

En su texto La transitoriedad (1916 [1915]) Sigmund Freud platica con un joven poeta quien le había solicitado consulta; en ese tiempo no tenía disponibilidad en Viena, así que resolvió hacer el análisis en sus vacaciones, en paseos por la montaña.


Al contemplar la belleza de las obras de la naturaleza, el poeta lamenta la grandeza y la fragilidad de la misma. Al respecto Freud escribe: El poeta admiraba la hermosura de la naturaleza que nos circundaba, pero sin regocijarse en ella. Lo preocupaba la idea de que toda esa belleza estaba destinada a desaparecer [...] Todo eso que de lo contrario habría amado y admirado le parecía carente de valor por la transitoriedad a que estaba condenado. (Freud, 1916 [1915]) Freud plantea que la transitoriedad en nada disminuye lo más sublime de la naturaleza, al contrario, la amplifica. La dificultad del poeta le hizo preguntarse: ¿Por qué el poeta no puede disfrutar de aquello aún vivo que tiene enfrente?


El joven poeta nos hace recordar un mecanismo sumamente utilizado en la vida: una persona que de pronto toma conciencia de su condición humana (la propia muerte, el tiempo de vida, la irreversibilidad) y para protegerse de ella, renuncia al momento presente, arrojándose a un punto futuro que consideraría más seguro, creyendo que se volvería inmune al sufrimiento de las peripecias y laberintos de la vida, al riesgo.


El asunto de la vida no es solamente habitar un espacio, transitar un tiempo, como lo experimentan los animales, sino una vida significativa, consciente y participativa, y no en piloto automático, llena o de mucho pasado o de una invasión angustiante de futuro. Y que no es terrible por ser breve. Si nosotros amamos eso que ya está marcado con la muerte (¿Quién me untó la muerte en la planta de los pies en el día de mi nacimiento? –dice el poeta mexicano Jaime Sabines) entonces amemos sin garantías, sin esfuerzos de control, incluyendo lo que no es calculado.


La ilusión de pensar que al nombrar perfectamente a priori aquello que produce miedo, traería más seguridad, es un efecto de la noción de regulación de la vida, presente en muchos ámbitos (política, familia, escuela, empresa, amor, etc.) como si se tratase de una línea de producción industrial, donde se intentan evitar errores.


Amamos eso que se genera en el encuentro, en el azar, pero paradójicamente deseamos que se repita una y otra vez, sabiendo o no que esa pretensión burocrática-amorosa puede amputar el amor, atentar contra él. El amor es sobre todo encuentro, libertad y creatividad. ¿Cómo entonces puede permanecer si está sujeto a fórmulas de vigilancia y control?


Lo Real del momento que sustenta la vida, sin lógica, ni ley, puede inquietar al grado de renunciar a su movimiento, queriendo traducirlo al imperativo de la rutina y del protocolo. Todo buen nadador de aguas abiertas sabe que de seguir una estrategia cuadrada su cuerpo quedará pesado; al contrario, si quiere nadar en el mar, su cuerpo debe tomar levemente el ritmo de las corrientes, dejarse llevar en cierta forma por la ola. Ya que la experiencia del mar, como de la vida, es la experiencia de la libertad y de lo singular: no importa cuantas veces sea observado, cada detalle, cada pliegue es único e irrepetible. El horizonte se expande y no existe un punto único de apoyo, de referencia, sino muchos.


camilormz@gmail.com

 



« Redacción »
Camilo Ramírez Garza


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