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Retratos de familia

Retratos de familia


Publicación:11-07-2020
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Ese niño es Eliseo Diego en Villa Berta, que creó su padre, Constante de Diego y González, en Arroyo Naranjo, cerca de La Habana

"He aquí una escalera de mármol", escribió, en "Historia del daguerrotipo enemigo", Eliseo Diego, que el pasado 2 de julio hubiera cumplido 100 años, "cuyo comienzo ni puedo descubrir porque lo esconde la bruma. Hay un niño en ella, de pie frente a una puertecilla blanca de hierro, y su gorra de marinero dice: Redoutable, en grandes letras de oro. En todo el universo no hay otro mundo que esta escalera de mármol y su niño".

Decenios después, Constante Rapi Diego dibujaría a ese niño para que habitara Soñar despierto, el libro de rigurosos juegos infantiles de Eliseo Diego. Ese niño era Eliseo Diego que "nos regaló el asombro, esa capacidad de verlo todo como si fuese por primera vez, de disfrutar del mundo como si acabase de salir de la fábrica y oliera a nuevo", como lo reveló el creador de esos dibujos: su hijo Rapi.

No fueron las únicas recreaciones gráficas de su padre que concibió Rapi, entre otras, en 1993, cuando Eliseo Diego mereció el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, con Diego García Elío, editor de El Equilibrista, Vicente Quirarte, entonces director de la Imprenta Universitaria de la UNAM, y Hernán Lara Zavala, director de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural, también de la UNAM, a cargo en ese tiempo de Gonzalo Celorio, idearon un cartel en el que Rapi representaba a su padre como un pirata arquetípico con parche en el ojo y su pipa acostumbrada en la mano con un fragmento de Divertimentos, el libro que Eliseo Diego publicó en 1946: "Jacques el corsario, está a la proa. Un parche mugriento cubre el ojo hueco. Inmóvil como una figura de proa sueña la adivinanza trágica de la lluvia..."

Hacia 1992 o 1993, Constante Rapi Diego ensayó algunos meses la pintura al óleo en casa del hospitalario Vicente Gandía en Cuernavaca. Entre otros, hay un cuadro que quedó inconcluso: el retrato de un niño al que le falta una rosa en la mano que Rapi no pintó, entre jardines y una casa al fondo. Ese niño es Eliseo Diego en Villa Berta, que creó su padre, Constante de Diego y González, en Arroyo Naranjo, cerca de La Habana.

En El reino del abuelo, un bello volumen rojo editado por El Equilibrista en 1993, Josefina de Diego, nieta, como puede inferirse del título, del padre de Eliseo Diego, ha evocado con certeza literaria esa villa en la que su abuela Berta "rezaba y hablaba dormida en inglés, idioma que había aprendido antes que el español. Adoraba a Dickens y recitaba de memoria Alice in Wonderland", en la que los domingos se reunía la familia Diego Vitier García Marruz, en la que Josefina de Diego, Fefé, no agotaba con sus hermanos Lichi y Rapi los descubrimientos en la casa, el jardín, el pueblo, donde su papá Eliseo Diego "trabajaba en el estudio hasta muy tarde. El sonido de su maquinita de escribir se escuchaba durante horas, mezclado con el canto de los grillos y las lechuzas; era un sonido más de la noche. Pero no siempre escribía. Uno de sus entretenimientos favoritos era dibujar, con un pincel fino, los uniformes de los soldados de plomo de su colección única: los ejércitos ingleses de la Primera Guerra Mundial, los ejércitos prusianos y de los zares rusos. Fabricaba campos de batallas tomados de mapas reales y los completaba con montañas, ríos, puentes, túneles hechos con cartón, alambres, vidrios rotos, papel. También reproducía todos los momentos del Nacimiento, en una obra de ingeniería mayor".

En Arroyo Naranjo también ocurre En las oscuras manos del olvido, el primer libro que Eliseo Diego publicó en 1942. Uno de los 300 ejemplares fue leído por José Lezama Lima que adivinó en él a un escritor prodigioso. En "Historia del daguerrotipo enemigo", uno de los textos que conforman ese libro, Eliseo Diego ve a Eliseo Diego "que se ha vuelto de frente a su sueño y lo mira con sus ojos abiertos".

Su hijo Eliseo Alberto, Lichi, acostumbraba inscribir epígrafes escritos por su padre en sus textos. El título de su novela La eternidad por fin comienza un lunes procede de uno de sus poemas. Las palabras que el escritor de En las oscuras manos del olvido le dice al retrato del niño con la gorra de marinero: "Miradme, observad a Eliseo Diego, atento al oído, la mirada atenta, en vela por un niño de seis años. Yo soy el que habla, ya lo he dicho, el que escribe, el que es escrito", se convirtió en uno de los epígrafes de La novela de mi padre, un libro póstumo de Lichi, cuyo origen es una novela inconclusa que su papá emprendió hacia 1944, Noticias de domingo, que su hermana Fefé halló al fondo de la gaveta del fondo en su casa del Vedado, en La Habana.

Lichi convirtió ese hallazgo en una historia familiar hecha de muchas de las historias que platicaba en la cocina de sus sucesivas casas en el Vedado y en lo que se llamaba Distrito Federal, la última en la calle Tejocotes, cerca del Parque Hundido, cuyo centro parece Eliseo Diego, pero también puede encontrarse en sus hijos, sus padres, sus amigos, su mujer, Bella Esther García Marruz, que habitan y animan asimismo la poesía de Eliseo Diego, como Arroyo Naranjo, adonde se llega por la Calzada de Jesús del Monte, nombre de su primer libro de poemas, donde no puede faltar Tobi, el perro fiel que inexorablemente no deja de asomarse en las páginas del libro de Fefé y al que Eliseo Diego le dedica "Elegía", uno de los poemas de Soñar despierto:

¡Buen amigo, camarada!

Se me murió un mediodía.

Sin embargo, ¿no es extraño?

me acompaña todavía.



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