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Para abrigar heridos

Para abrigar heridos


Publicación:31-07-2022
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El tiempo puede ser nuestro aliado en este caminar por la vida. Pero, el día menos esperado puede volverse en nuestra contra

Los días sin sol

Olga de León G.

La hormiguita colorada camina cabizbaja.

- Te he venido observando desde que saliste de tu casa, amiguita, 

y sé que algo grave te ocurre. ¿Puedo ayudarte? Escucho decir al elefantito.

- La hormiguita agachó aún más su testa colorada, y en menos de medio minuto con sus lágrimas humedeció la tierra alrededor de ella. Cuando al fin se animó a levantar el rostro, estaba parada sobre un mar de llanto.

- Vamos amiga, anímate. Hoy tenemos Asamblea, y todos esperan con ansia escuchar tu experiencia de vida y muerte.

- Ella, respondió con una amplia sonrisa: - ¡Tienes razón elefantito!

Déjame subir por tu trompa, hasta mi oreja favorita, la de la izquierda, desde allí domino el horizonte. 

-A dónde fuiste antier, hormiguita. Te vi tomar un carro de sitio… y no vi que regresaras temprano. 

Permíteme que no te conteste, no en este instante, mañana siempre será la esperanza de vida que hoy no tenemos; o ayer nos rompió el viento, con esa cruda manera que tiene de enfrentarnos a la vida y a la muerte.

- ¡Oh!, mi bien amada amiga e infatigable pensadora, tu sabiduría es la antorcha que siempre querré llevar al frente de mis desventuras.  

- No me pongas en tal pedestal, elefantito, solo soy una fémina que ama a sus seres queridos y lucha por la vida y felicidad de ellos, como tantas otras.

- El elefantito sonrió y caminó con mucho cuidado, viendo que su amiga llegara sana y salva, asida a una de las arrugas de su oreja izquierda, hasta el centro de la reunión, en el hermoso bosque donde toda la comunidad se reunía para hablar de las cosas importantes, las que a todos les competía e interesaba, en pro de ellos y del mundo entero.

- “Gentiles compañeros, tengo en gran estima vuestra invitación para hablarles hoy sobre mi experiencia acerca de la vida y la muerte, que recientemente enfrento. Gracias. Seré yo la afortunada en que ustedes escuchen lo que confío les haré llegar hasta lo más profundo de sus corazones”:

- El tiempo puede ser nuestro aliado en este caminar por la vida. Pero, el día menos esperado puede volverse en nuestra contra, o ser simplemente un elemento muy perturbador. Como cuando un médico sabio, pero más franco que sabio, nos lanza un balde de agua fría para decir: -Nadie antes de hoy, les ha dicho lo que realmente aqueja a su señor esposo, señora hormiguita… O, como lo dijo realmente: Señor esposo de la hormiguita, su columna, los huesitos que unen sus vértebras, han sido invadidos por el mal que se le vino desarrollando desde hace cuatro años…

- Interrumpe, la hormiguita: - hace cuatro años, él estaba muy bien, no sospechábamos que algo grave le ocurriera… -Entonces, el médico muy al estilo de su origen norteño, de por allá de Sonora, le contestó: Tú sabes bien que hay por lo menos tres asesinos silenciosos: Diabetes, Alta presión y Cáncer. No son curables, no es posible erradicarlos, pero si son tratados a tiempo, podemos mantenerlos controlados. Su señor esposo, a los dos primeros, los mantiene –a raya-  controlados, gracias a la medicina… y, probablemente a ti, hormiguita, que lo cuidas con esmero y amor.

- La hormiguita calló. Nada tenía qué decir. Siguió escuchando y solo concluyó: muy bien, médico, haremos cuanto usted nos indique. Y este tratamiento que ahora recomienda, ¿puede recibirlo mi compañero de vida, hoy?  –Sí, así se lo estoy indicando al departamento de Quimio…

Amigos, compañeros de las mejores cosas de la vida: Nada termina mientras tengamos un aliento en los pulmones, una palabra por salir de nuestra garganta o del tintero, y una determinación férrea a vivir mientras el Ser Supremo nos siga dando fuerzas para mantenernos de este lado, y no nos ordene el Vigía de la noche cruzar el río para ir al encuentro con el más allá, con la muerte… La batalla no tiene que ser una lucha, puede ser una aventura, la mejor y más grande aventura de nuestra vida.

- ¡Vivamos!, mientras podamos pensar, actuar y ser capitanes de la

barca en que transitamos por el océano de nuestro grande o pequeño mundo.

 Al final, seguramente, no seremos nosotros los que tendremos la última voluntad… Pero, sí, la última palabra.

Haciendo resonar monstruos bajo el mar

Carlos A. Ponzio de León

“¿Cómo has estado?, ¿qué hay de nuevo?”, preguntó la doctora. “Nada, todo tranquilo. A Daniela, ¿cómo la viste?”, “Tranquila, trae mejor semblante, ya no está tan pálida, está más relajadita”. “Sí, le ha hecho bien el descanso”. “Bueno, quizás se le quite en algún momento durante el resto del año, porque la adultez llega hasta los veintiún años, no a los diez y nueve”.

La doctora comenzó a platicarle a la madre de Daniela sobre plasticidad cerebral, conexiones neuronales y el crecimiento orgánico del cerebro. Las consecuencias de las lesiones, las dificultades de que las hormonas se acomoden y equilibren, y la imagen del cerebro como una gelatina que cuaja con la adultez. También le habló sobre la formación de la identidad y el efecto de las experiencias sobre la personalidad.

“Ahora escucho a Daniela cantar todo el día. A mí me cansa y a veces le grito. Pero a ella le encanta”. “Tiene un registro muy alto, lo que todavía no tiene es la afinación, necesita perfeccionarla; pero, sí, canta muy bonito”. Y la doctora pasó a explicarle a Daniela las diferencias entre registro, afinación, las voces del hombre y de la mujer, y cómo los ejercicios que la musicoterapeuta del hospital le enseñaba a Daniela le podían servir para establecer nuevas conexiones cerebrales y mejorarle la motricidad luego del accidente. Además, explicó sobre los efectos de la resonancia sobre el cuerpo humano. Habló sobre cuerdas vocales, respiración y proyección de la voz. Y cómo las vibraciones al alcanzar la misma frecuencia que otro instrumento, se sienten en el cuerpo. Y cómo todo eso repercute en el bienestar y la salud, y se considera una terapia alternativa. “Así es que, cuando ella fortalece el nervio vago, está regulándose, es uno de sus recursos para su bienestar. Piensa en eso cuando la escuches cantar. Si quieres ahorita hacemos un ejemplo contigo”, le dijo la doctora.

Sacó de la esquina de su consultorio un estuche con un bajo eléctrico y lo desenfundó. Le dijo a la Madre de Daniela: “Te voy a pedir que te arraigues, y te des cuenta de cómo vienes”. Hubo un silencio. “¿De qué eres consciente?”. “Vengo un poco tensa, lo siento en la espalda”. “Solo siéntelo. No lo intentes modificar”, y le pidió que abriera los ojos. La doctora le dijo: “Sostén el bajo”, y la doctora se lo acomodó sobre las piernas. “Familiarízate con él. No muerde”. Y le explicó cómo acomodar manos y brazos. “Ahora pídele permiso al instrumento para tocarlo. Y tócalo con una intención, con los ojos cerrados, comienza a explorar sus notas”. Y la madre de Daniela hizo sonar la cuerda más grave, en su nota más baja, Mi. Luego siguió con las siguientes cuerdas al aire, ascendiendo: La, Re y Sol. Luego de regreso, hacia abajo. Y una vez más. El consultorio retumbaba como un monstruo grande que comenzaba a sumergirse bajo el mar.

“¿Qué te hizo sentir cada nota?” Y la madre de Daniela volvió a tocar el Mi. “Ahí siento tranquilidad”. Luego tocó el La, dos veces. Siguió con el Re, sin decir nada. Y finalmente el Sol. “¿Con esas qué sientes?” “Emoción en todo mi cuerpo. Con esta otra siento paz”. Y luego volvió al Mi. “Con esta me siento tranquila, pero siento que hay un estorbo”. “¿En qué nota te sientes más cómoda y quisieras estar?” La Madre de Daniela volvió a tocar las cuatro cuerdas. En Re se detuvo y dijo: “Aquí veo un color amarillo”. 

La doctora le dio indicaciones para que la mujer inhalara profundamente. “Cuando estés lista, vuelve a tocarla y déjate fluir entre los colores. “¿Cómo sientes la vibración?” “Me da tranquilidad”. “Ahora vas a tratar de afinarte, en otra octava, pero con la misma nota. Explora tu voz”. La Madre de Daniela hizo varios intentos y cuando finalmente cantó una quinta arriba del Re, la doctora preguntó: “¿Cómo se siente eso?”, “Maravilloso”.

“Vamos a ir cerrando el ejercicio. Agradécele al instrumento. Nos despedimos agradeciéndole a la música y cuando estés lista, abrimos los ojos”.

“¿De qué te diste cuenta?” “Pues sí, que los sonidos tienen que ir afinados, y que la vibración te hace sentir mejor. Se me quitaron las tensiones… Y me voy a comprar un bajo…. Jaja”. “Tienes un instrumento totalmente gratis, tu voz”.

“¿Qué tan consciente eres de tu voz y de su uso? ¿Cuántas veces la desperdiciamos y solo gritamos? Sí, es cierto, somos seres humanos que necesitamos el miedo y el enojo, para cuidarnos y para poner límites. Pero igualmente, cuando no amamos, no conectamos con el afecto. Así es que, cuando la voz solo la dirigimos para expresar el enojo, la desperdiciamos para la expresión de muchas otras emociones, como el amor.



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