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Mitologías íntimas

Mitologías íntimas


Publicación:21-03-2020
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Como su creación, las formas que pueden adoptar las mitologías resultan misteriosas

Como su creación, las formas que pueden adoptar las mitologías resultan misteriosas. No se preservan sólo como historias antiguas, manuales ilustrados o complicidades eruditas, no sólo incitan pinturas varias, recreaciones peculiares y sagas cinematográficas, también perduran en el lenguaje popular y no han dejado de revelarse nuevos mitos como esas historias insólitas que, a pesar de su inverosimilitud, reiteradamente pretenden afirmar un hecho imposible, algunas de las cuales se conocen como "leyendas urbanas".

Existen asimismo mitologías personales que se cultivan íntimamente, que pueden proceder de ciertas leyendas secretas, de historias familiares, de recuerdos, de complicidades, de creencias populares, de invenciones que adquieren alguna de las formas del mito. Entre aquellos que han deparado literariamente una mitología, Salvador Elizondo no parece el menos singular.

Quizá uno de los mitos que ha deparado su escritura es la de "ese hombre que lleva la noche dondequiera que va", que cruza el umbral de la casa marcada con el número 3 de la rue de l'Odeon de París cuando "ella, sentada al fondo del pasillo agitó las tres monedas en el hueco de sus manos entrelazadas y luego las dejó caer sobre la mesa", que se interesaba en la cirugía de campaña y la fotografía instantánea, que lo llevaron a China con la Fuerza Expedicionaria y al que se le atribuye haber tomado la fotografía del suplicio llamado Len Tch'e la tarde lluviosa del 29 de enero de 1901; ese hombre es el personaje en el que devino el autor de Precis de Manuel Opératoire: Louis Hubert Farabeuf.

En El grafógrafo, Elizondo recreó una historia antigua, la de las sirenas, que ya había recreado Julio Torri, a quien está dedicada, y proponía "una forma de antitradición literaria; un género perfecto: Diatriba del Minotauro contra Teseo. Sólo tiene de Ariadna el cabo de un hilo". Advierte asimismo "la evidentísima sensación de que los ajolotes ilustran una teoría radical, inquietante, garrafal, acerca de la naturaleza de la vida, es lo que origina un sinnúmero de posibles mitologías sobre ellos".

El rastro de la mitología personal que cultivó Salvador Elizondo puede vislumbrarse no sólo en Farabeuf o en el barracón de espectáculos de El Hipogeo Secreto o en el Baobab de "Narda o el verano" o en ciertos textos de Cuaderno de escritura o de Camera lucida. Esa mitología lo indujo a la invención de supersticiones populares como "esa misteriosa figura que conservan en el Hospital General", en cuyo "ultimo cubículo, el más luminoso de todos, por el que el sol penetra de lleno a lo largo del pasillo hacia todo el hospital está la figura que llaman del hombre que llora", como Los Hijos de Sánchez, algunos de los cuales "saben despertar el sentimiento de la lástima furiosa", como "el ser de la señora Rodríguez de Cibolain el que hace posible, por una manipulación de la esencia, que la señora pueda infundir su propia naturaleza a todos aquellos que penetran en ese espacio en el que su mirada impera como un espíritu glauco, capaz de transformar a unos en otros y a otros en ella", como "Los Indios Verdes" que "no saben hablar ni entienden el lenguaje humano y que también por eso saben desatar cualquier nudo", que "son siempre los mismos los que pasan", que "van desnudos y parecen hechos de cobre verdizo".

Elizondo sabía que "las ciudades guardan en sus resquicios la posibilidad de toda suerte de mitos estrafalarios. Los callejones olorosos a orina conservan a veces algo de la presencia de antiguos personajes inquietantes que nunca han existido". Entre los más memorables recordaba al Leproso, "dios de la higiene y la profiláxis. El Robachicos es el dios de los perímetros y el Candingas, duende tectónico de la época del General Cárdenas, era el dios intermitente de las azoteas crepusculares".

También Salvador Elizondo, que murió hace 14 años, parece no haber dejado de adquirir algo de personaje mítico al que se le atribuyen historias casi siempre inverosímiles y a veces ciertas.

"El Candingas no más se ríe con sus dientes blancos de rata".



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