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"Mane nobiscum, Domine"

Mane nobiscum, Domine
Juan Pablo II comenzó al Año de la Eucaristía en esta tierra.

Publicación:25-04-2020
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"'Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado'. Entró, pues, y se quedó con ellos"

Todos sabemos que el último capítulo del legado que nos dejó Juan Pablo II se refiere a la Eucaristía. En efecto, su última encíclica tiene el título "Ecclesia de Eucharistia" y explica la centralidad de este misterio en la vida de la Iglesia y de cada fiel. Y su última Carta Apostólica tiene el título: "Mane nobiscum, Domine" y fue escrita para dar inicio al "Año de la Eucaristía", que él promulgó y que sigue transcurriendo hasta octubre de 2005 como una prolongación viva de su pontificado.

El título de este último escrito suyo está tomado del Evangelio de este domingo. Es la invitación apremiante que dirigen a Jesús los dos discípulos de Emaús, el mismo día de su resurrección, después de haber caminado con él sin reconocerlo por espacio de 11 km (la distancia entre Jerusalén y Emáus): "Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le rogaron insistentemente: "'Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado'. Entró, pues, y se quedó con ellos".

Los dos discípulos que formulan esta súplica se alejaban de Jerusalén entristecidos y sin esperanza comentando todo lo que había sucedido en Jerusalén esos días. Al desconocido que parece ignorar todo eso le dicen que iban discutiendo "lo de Jesús el Nazareno... cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados lo condenaron a muerte y lo crucificaron". Y expresan su desilusión: "Nosotros esperábamos que sería él quien iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó". Lo que el lector esperaría es que Jesús allí mismo se identificara reprochándoles su falta de fe. Pero él no hace esto; él les explica las Escrituras: "Empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él (el Cristo) en todas las Escrituras". Durante esta explicación el corazón de los discípulos ardía.

Pero faltaba todavía el signo supremo, ante el cual se abrirían sus ojos: "Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su vista". Ya no les importa que desaparezca, pues tienen la certeza de que se quedó con ellos en ese pan bendecido y partido, sobre el cual pronunció estas palabras: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros". Después de esto los discípulos vuelven de prisa a Jerusalén y aseguran a los demás discípulos que Jesús está vivo y que "lo conocieron en la fracción del pan".

Las palabras que Juan Pablo II escribe en su carta, están dictadas por su propia experiencia, que fue un camino con Jesús a lo largo de su vida: "El icono de los discípulos de Emaús viene bien para orientar un Año en que la Iglesia estará dedicada especialmente a vivir el misterio de la Santísima Eucaristía. En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que brota del 'Pan de vida', con el cual Cristo cumple a la perfección su promesa de 'estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo' (cf. Mt 28,20)" (Mane nobiscum, Domine, 2).

Juan Pablo II comenzó al Año de la Eucaristía en esta tierra. Pero, para él el día declinó y llegó a su fin. Ahora él sigue celebrando este Año en el encuentro definitivo con Jesús glorioso. Como ocurre con tantos de sus gestos, también el nombre de su último escrito ha quedado colmado de sentido: "Quédate con nosotros, Señor, que el día ya ha declinado".



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