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Juegos de niños y niñas

Juegos de niños y niñas
A mi hermana y a sus amigas les gusta jugar adentro de la casa, con sus muñecas. Yo prefiero la calle.

Publicación:30-05-2020
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Cuando mi tío Rafael vino a visitarnos el verano pasado, le trajo una muñeca a mi hermana, y un juego de mesa. Ella me regaló el juego de mesa

A las muñecas, huácala

Carlos A. Ponzio de León

Cuando miro jugar a mi hermana mayor y a sus amigas, siento que guardan secretos. Cuchichean en voz muy baja y no sé si hablan de mí, o de mis amigos y los niños de la cuadra, o si solo inventan diálogos con los que hacen conversar a sus muñecas y que solo ellas alcanzan a escuchar. 

      El aire ardiente entra por la ventana junto a la sala, y con su silbido se escucha el ladrido de Roco, que quién sabe a quién le ladra: Pienso que a los albañiles que han terminado su jornada construyendo casas en la colonia, y que pasan por la banqueta frente a nosotros.

      Aún es temprano para el juego de fútbol con mis amigos. Nos juntamos en el parque de atrás. Mi mamá dice que, si a esta hora salgo a buscarlos, no los hallaré, y que solo encontraré lagartijas en la calle. El calor es fuerte, aún a las cinco de la tarde; pero a mí no me importa. Yo prefiero jugar que hacer la tarea de la escuela. Como no me dejan salir todavía, enciendo el televisor.

      Mis papás no me dan celular. Dicen que soy muy chico; pero ya tengo nueve años. Mis amigos grandes, y las amigas de mi hermana, tienen el suyo. Se envían mensajes, graban vídeos, los suben a Tik Tok. Yo no puedo ver nada de eso, ni del Facebook, ni del Instagram; pero en la computadora me dejan escribirle cartas a mi tío Rafael, que vive en España. A veces, mis papás y yo platicamos con él a través de Zoom.

       Cuando mi tío Rafael vino a visitarnos el verano pasado, le trajo una muñeca a mi hermana, y un juego de mesa. Ella me regaló el juego de mesa. Nunca lo uso, porque prefiero jugar fútbol. Aunque la vez que estuve enfermo, y que Peter y Memo vinieron a visitarme, sacamos el tablero. Es difícil de jugar: se trata de formar palabras. No es muy divertido.

      A mi hermana y a sus amigas les gusta jugar adentro de la casa, con sus muñecas. Yo prefiero la calle. A veces, ellas salen al porche y encienden la bocina y juegan a que son un grupo musical que canta y baila. No son muy coordinadas. Se ven chistosas porque les da miedo dar brincos. Mi papá les compró uniformes de playeras rosas y faldas azules. A mí me dijo que me compraría guantes de portero; pero no hemos ido a la tienda por ellos. No me importa porque yo soy delantero, me gusta meter goles.

      Hace unos días estábamos jugando fútbol y comenzó a llover. Corrimos al porche de Peter para cubrirnos del agua; y ahí estaban mi hermana y sus amigas, ensayando bailes. Al vernos, dejaron las danzas e hicieron una bolita. Nosotros hicimos la nuestra. No me acuerdo a quién se le ocurrió, pero nos pusimos todos a jugar a la botella: Verdad o castigo.

      Mi hermana ya sabía que a mí me gustaba su amiga Nora. Yo se lo había dicho porque le pedí que la invitara a mi fiesta de cumpleaños. Ya estábamos jugando a la botella en el suelo, en círculo, cuando a mi hermana le tocó ponerme el reto: ¿Verdad o castigo? Las niñas se pusieron de acuerdo, platicaron cuchicheando y luego dijeron que el castigo sería: que La Cárcel, la niña rechoncha de dientes amarillos y cachetes grandotes, con la cara llena de barros y espinillas, me diera un beso. Por eso le dicen La Cárcel, por los barrotes en la cara. Para evitarlo, yo debía confesar una verdad. Y ya sabía que me hermana me haría confesar que me gustaba su amiga Nora.

      Ella es muy bonita. Se le hacen hoyitos en las mejillas. Y cuando camina, menea los pies para afuera, como si fuera zamba. Me gusta verla; pero a ella, yo no le gusto, sino que le gusta un compañero suyo de la escuela. A mí me da pena confesar que me gusta. No. ¡Oso, mil! Para mí, es como si un niño tuviera que jugar con las muñecas de las niñas.

      ¿Saben qué elegí?... El beso... horrendo... Fue... huácala... Puso el pico... y huácala... Pero, bueno... prefería el piquito que dárselo en el cachete lleno de barros y espinillas... doble huácala.

A que sí te alcanzo

Olga de León G.

Era viernes por la tarde temprano, caminaba con la mochila colgando de su espalda, iba a casa de las cuatitas, Lucy y Lora, quienes estuvieron enfermas toda la semana y por lo mismo faltaron al Colegio. Cecilia les llevaría las tareas que debían realizar y presentar el lunes, ya que entonces regresarían a clases. La niña tenía permiso de su mamá para quedarse no más tarde de las seis treinta. Tiempo suficiente para explicarles lo que ellas no supieran resolver de Aritmética y de las tareas de Inglés y Francés: las tres cursaban el tercer año de primaria, el más importante para esas materias. Cecy sabía que quedaría tiempo para jugar con las muñecas de sus compañeritas, y a la casita, con sus trastecitos de porcelana que llevaba bien protegidos en su mochila.

 Lucy y Laurita eran muy listas, y Cecilia sabía explicar con mucha claridad lo que parecía complicado. Terminaron las tareas, tomaron unas galletitas y un pequeño vaso de chocolate con leche que la mamá de las cuatitas les había acercado cuando vio que terminaron sus tareas: "Para que jueguen a las comiditas con las muñecas y, de paso, ustedes merienden".

Ninguna se resistió, ya eran las seis de la tarde, desde el segundo piso  -donde vivían sus compañeritas-  las ventanas dejaban ver el ocaso del sol en otoño.

 Cecy miró el reloj que estaba en la repisa sobre la chimenea de la sala, y exclamó: "tengo que irme, no llegaré a casa a tiempo". Caminaría solo  cuatro calles de los departamentos donde vivían sus amiguitas hasta su casa, pero ya faltaban cinco minutos para las seis con treinta: la regañaría su mamá y no volvería a confiar en su obediencia; eso no era bueno.

      Con la ayuda de la mamá de las niñas, colocó en su espalda la mochila, previamente cargada con todo lo que había llevado, se despidieron y descendió a la planta baja.

      Por las prisas, olvidó el peligro que correría con un vecinito del mismo edificio, que seguro la estaría acechando, pues ya en otras ocasiones que visitaba a sus amiguitas, ese niño, quien sabía la hora aproximada en que ella se retiraba, la correteaba y pretendía alcanzarla.

      Lo recordó un poco tarde, no escapó a la mirada de él que sentado bajo las escaleras, se incorporó y se lanzó a su personal aventura: alcanzar a Cecy. Siete años tenía la niña y pánico fue lo que sintió cuando Jaimito, de casi nueve, le gritó: hoy no te me escapas.

      Con el corazón palpitándole fuertemente, sus ojitos dejando caer un par de lágrimas y sus neuronas buscando una rápida salida a su preocupación, Cecilia corría como alma que huye de un agravio mayor: el beso que Jimy quería robarle.

      Fue en ese instante cuando -ante el inminente peligro que ya veía le caería encima-  se percata que delante de ella iba un señor de traje y con sombrero, así que la niña, llena de angustia y esperanza al mismo tiempo, con todas las fuerzas e intensidad de su vocecita, gritó: "Papaaá..."

Demasiado tarde, el niño iba de regreso a los departamentos, con una amplia sonrisa en el rostro y la mirada llena de cielo estrellado sobre un manto que empezaba a tornarse azul intenso.

     

Corolario No. 1. Fuera de todo cuento, el siglo XXI

  Cecy, recibió el primer beso puro e inocente en su mejilla derecha; sin embargo, su mirada se nubló aún más. El miedo se apagó en su corazón, en cambio, le quedó una cierta tristeza y sentimiento de impotencia para toda la vida: era mujer. El hombre al que llamó papá, a sabiendas de que no lo era, contempló la escena del beso robado y solo sonrió mientras seguía su camino. La inteligencia de una niña había involuntariamente claudicado, ante el poder  (edad y sexo) y la fuerza (velocidad) de un niño.

       Pocos saben -niños, adolescentes o adultos- lo que significa: "Yo no quiero; y, tú no debes transgredir mi personal decisión".

     Corolario No. 2:

      ¿Qué no se ha incrementado la violencia familiar en esta etapa de confinamiento en el mundo, incluido México? ¡Por favor! Soy humanista, libre y muy idealista, sueño y lucho por un mundo mejor, más equitativo y no solo justo; pero mis ojos no dejan de observar lo que pasa. Por eso prefiero escribir cuentos. Frente a la impotencia de no lograr cambios reales, y ante la decepción de observar que la esperanza se escapa con ojos cerrados, oídos sordos y manos, ¿atadas?... hoy, ni llorar es bueno.



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