Cultural Más Cultural


Huracanes y tormentas bajo techo

Huracanes y tormentas bajo techo


Publicación:05-09-2020
++--

Sientes que no puedes más, que tu cabeza y tu corazón están a punto del colapso total

No tardo

Olga de León G.

 

          Sientes que no puedes más, que tu cabeza y tu corazón están a punto del colapso total. No fue así, no colapsó di ese día  ni al siguiente; la rutina la volvió a la agitada paz de su vida diaria.

          Una semana después de la noche de relámpagos, y descargas eléctricas acompañadas de una tormenta intensa, tu corazón presiente la cercanía de la noche de ronda que esperas con ansiedad. Cinco días continuos de soportarlo todo, solo porque sabes que la recompensa será algo más que tu revancha, será el oasis que tu mente pinta emocionada, porque anhelas que ya sea la hora de tus sueños.

          La casa está oscura y el silencio la cubre con imaginario y creativo manto de paz y tranquilidad, después de que te has ido a la cama, no a dormir sino a esperar que sea el momento propicio para levantarte de nuevo. Esperas que él también esté en total silencio, sin el menor ronquido, plácidamente dormido, como niño que pasó un día demasiado agitado, con demasiada energía gastada en gritos y quejidos... en vivir egoístamente, disfrutando solo él.

El nunca te pide nada, no tiene necesidad de hacerlo: todo se lo das anticipadamente. Le adivinas el pensamiento y le facilitas hasta el mínimo detalle. ¡Cómo quisieras una vida como la de él!, donde alguien te atendiera a ti. Donde tú fueras esa luz radiante y bella que ilumina los ojos de quien te regala su amor.

Por fin, un día rompiste tus propios tabús, decidiste tener vida propia, una vida inventada a la medida de tus antojos, plena y feliz. Escribir historias, escribir ficciones es el recurso ideal para tener lo que se quiere, cuando no se logra en el día a día, eso te dijiste. Y actuaste en consecuencia a pocos días de pensada tal idea.

Ya era el momento de levantarse de la cama, había pasado el tiempo suficiente para salir de las sábanas –mientras recordabas lo vivido, a veces demasiado tedioso y otras, totalmente injusto y cruel-. Te habías acostado medio arreglada: maquillada y con el pantalón que llevarías esa noche. Así que solo cambiaste la playera por una blusa de seda en un tono de rosa intenso.

Y con el alma palpitándote en la garganta, te encaminaste a la salida del cuarto, abriste y cerraste la puerta tras de ti con sumo cuidado, no debías hacer el mínimo ruido. Descendiste a la primera planta, buscaste el pequeño bolso bajo el cojín del sillón del recibidor, y las llaves de tu auto nuevo que siempre estaban en un cajoncito de la mesita-secreter, la de la correspondencia. Te cercioraste de que llevabas el perfume, no te lo pondrías sino hasta dentro del auto: "Paris de medianoche".

La puerta de la entrada la abriste y cerraste con el mismo sigilo y cuidado que la de la recámara; aunque sabías que con el minisplit encendido, nada fuera de ese cuarto podía escucharse, además, él no tenía un oído agudo, y sí un sueño profundo y pesado después de tres whiskys, dos tequilas y lo demás.

Ya en el auto, elevaste el rostro como si estuvieras viendo al cielo, y exclamaste susurrando: "Perdóname Señor, por querer ser feliz aunque sea a hurtadillas de la noche... y en otro ambiente: este de casa, me está matando, lentamente".

El auto se deslizaba a buena velocidad, no lo conducías ni muy lento ni demasiado rápido. No encendiste el clima, abriste un poco la ventanilla de tu lado y condujiste disfrutando la brisa de la madrugada. Llegaste a donde te dirigías, bajaste del auto y diste las llaves al joven del estacionamiento; entraste al lugar y de inmediato sentiste todas las miradas sobre tu rostro, por lo que hiciste: irradiabas una secreta felicidad prohibida.

Luego, cuando tu corazón se apaciguó un poco, diste un nombre... y una mujer te condujo hasta la mesa reservada. No había llegado aún, era temprano. Sin pedirlo te llevaron tu vino preferido y, una vez servida la copa, te diste cuenta de que sobre la mesa entre la otra servilleta y la tuya, había una orquídea rosa intenso, como tu blusa de seda, y una nota bajo ella con solo una frase: "No tardo".

 

 

Remolinos en el corazón

Carlos A. Ponzio de León

"Chicas, saluden a Samanta", les dices a tus perritas en el camino al elevador, ordenándoles que se detengan a oler a la Bulldog inglesa; pero a ti la única que te interesa es la mamá de Samanta, Milena. En ese momento no sabes ni cómo se llama, pero tiene el tipo de belleza que crees que jamás se metería en la cama contigo. Piensas que con la vecina podrías superar la experiencia, tal y como la que imaginabas aproximadamente, de acostarte con alguien más bella que tus modelos.

Continúas de frente, jalando a tu par de perritas, sin notar la falta de caballerosidad, la brutalidad con la que no ha cedido el paso a su vecina. Es que intentas disimular tu interés en ella. ¿Lo lograste? Ni en sueños, no se puede ser esa Milena sin al tiempo ser consciente de los sentimientos que despierta entre los aledaños. Es tan hermosa que debe querer hacerse el amor a sí misma. Es como agua del cielo colada entre la tierra de un bosque quemado: sabe que resucitará las raíces más secas; aunque su humedad no roce ni las cepas.

Suben, los cinco, al ascensor y, por primera vez, desaparece de ti el prototipo de la falsa apatía. En principio es simple curiosidad; le preguntas: "¿Trabajas en la Torre?... ¿a qué te dedicas exactamente?". Piensas que debe ser financiera de profesión, pero su respuesta te sorprende, ¡bum!, es nutrióloga, estúpido; justo lo que andas buscando.

-     Debería ir contigo a consulta -le dices-. ¿Dónde te encuentro?

-     Al rato paso a dejarte una tarjeta a tu departamento, -te responde.

Y tontamente lo piensas durante cinco segundos, no lo asumes como un hecho a punto de suceder. Y al final del lamentable lapso de silencio, rematas diciéndole que vas a salir, mientras que ella, hasta ese momento, aún mantenía su curiosidad por conocer el estudio de un músico. Peter te diría, con su calma característica: "Las palabras tienen un significado directo, pero también se les puede asociar una significación indirecta; y tú no solo eres incapaz de entender la palabra convertida en subtexto, tampoco lees las emociones ni los sentimientos más simples de los personajes que aparecen en tu propia novela.

Y te defenderías diciéndole: "expresarse poéticamente requiere de imágenes; yo no soy escritor para interpretarlas". Percibes la belleza por los gestos y maneras en que la gente se expresa, no por el significado de las cosas que pronuncia. "Si ella estaba dejando jalar hilo, no lo entendí". Tu ignorancia es un acontecimiento literario tan grande que, desde mi punto de vista, lo único que puedes hacer ahora es escribirlo y presumirlo en tu taller literario.

Si fueras a escribir una fantasía sobre la creación del mundo, tú describirías únicamente el cómo se hicieron los cielos y la tierra, y no el cómo Eva, con o sin ayuda de la serpiente, se acercó a Adán.

De pronto, te das cuenta de ello: Tu encuentro con la vecina es más importante, no por su belleza física, sino porque se te dificulta pasar el tiempo solo, después de tu último descalabro. Se te ha complicado, como diría Peter, hacer sociedad, al igual que se te enredan en la mente los mensajes ocultos detrás de las palabras. Vives una situación tan distinta a la que Peter experimentaría: él puede pasársela de amigas y preservativos sin timidez; su especialidad.

Se abre la puerta del ascensor. Es tu piso. Aquí debes bajar. Vamos, no lloriquees, no hay manera en que puedas recuperar lo perdido. Despídete. Dile que al día siguiente la buscarás para recoger su tarjeta; aunque al día siguiente no te abra su puerta.

Pero sigues buscando una palabra qué decir; miras el techo; sus tacones rojos; observas los botones encendidos del elevador. Estiras la palma de la mano para impedir que la puerta vuelva a cerrarse. Quieres un consejo y no hay nadie que te lo puede dar. Tú y Milena, solos en el ascensor. Y le dices: "Cuando compongo música, a veces pienso en ti. Observo la ventana e imagino que guardas alguna historia que valdría la pena contarse". Sonríes. Ella no dice nada.

"Chicas, aquí bajamos", le dices a tus perritas. Y sales del ascensor con ellas. Hay una espuma salvaje flotando a tu alrededor, y no te das cuenta de ello. Introduces la llave en la chapa y abres la puerta, en silencio. Escuchas las pisadas de tus perritas, que entran y toman sus lugares, esperando a que les limpies las patitas con una toallita húmeda para bebés. Luego de eso, podrán subirse a los sillones.

Giras tu cuerpo para cerrar la puerta y ahí están: Milena y su hija perruna, Samantha, esperando un abrazo. Listas. No para contarte su historia, sino para que tú y ella escriban juntos un nuevo suceso en sus vidas. El huracán se asienta en tu corazón.



« El Porvenir »