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Guardianes y Banquetes

Guardianes y Banquetes
Se quedan a nuestro lado, solo tienes que mirar y escuchar atento cuando alguien, que no pertenece a la media ni al común denominador, te habla.

Publicación:23-05-2020
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Los ángeles que yo conozco están muy cerca de nosotros y aunque no siempre los vemos, ellos siempre nos miran y cuidan que no hagamos demasiadas tonterías

Cuando los ángeles te hablan

Olga de León

      "Los ángeles, si existen, no creo que vivan en el cielo, la bóveda celeste es demasiado fría y está tan lejos como para que ellos quieran vivir en desapego de sus seres queridos. Los ángeles que yo conozco están muy cerca de nosotros y aunque no siempre los vemos, ellos siempre nos miran y cuidan que no hagamos  demasiadas tonterías, cosas locas o desatinadas que nos lleven a perder la cabeza o, de plano, toda la materia que nos conforma como seres humanos... ¡y vivos!".

      "No sé cuántos más puedan estar de acuerdo con mi teoría. Tampoco me importa que así sea o no; cada quién cree en lo que piensa y duda de lo que otros sostienen como sus teorías, creencias o ideas... eso es otro rollo, es el rollo de cada cual. Bastante tengo con los míos propios, para preocuparme de lo que piensan o no piensan los demás. Pero eso sí, como digo lo uno también lo otro. Uno nunca sabe cuándo está en lo cierto o anda algo errado. Ustedes tienen la última palabra (fin de la exposición)".

      De pronto, entre los asistentes se escuchó en voz alta, lo suficiente como  para que todo mundo pudiera oírlo, a un hombre que habiéndose puesto en pie, exclamó: ¡Eso!, ¡así se hace y se dice! Usted me entiende, ¿verdad? Si no, de qué le sirve ser conferencista. ¿O, le estoy exigiendo mucho?

      El hombre aquel que me abordó mientras yo bajaba del estrado, sin esperar respuesta, se regresó al asiento que ocupaba. Alcancé a verlo llevarse una mano al pecho y la otra a la sien derecha. No supe si por dolor o preocupación. Así se quedó durante un par de minutos. Nadie más parecía haberse percatado ni de su intervención ni de su presencia en primera fila.

      Ahora vendría el análisis y la crítica a lo que la audiencia me había escuchado decirles. Me acomodé en un sillón que estaba ligeramente inclinado hacia los comentaristas sin que dejara de estar también viendo al público, y esperé con relativa calma; el hombre aquel había logrado internamente perturbarme.

      Casi no pude escuchar los comentarios. Creo que me fueron favorables, les gustó tanto el tono de mi charla, como las ideas vertidas a lo largo de casi cuarenta y cinco minutos, es lo que entendí. El público aplaudió mucho tiempo... Nunca supe por qué, si lo que había dicho contradecía en mucho lo que las mayorías defienden como la biblia de su diario vivir: "trabaja, cumple, persevera y alcanzarás".

      Yo había dicho que eso representaba una de las grandes mentiras de la vida. Y, que era un instrumento repetidamente usado justo por aquellos a los que, bien poco o nada, les costó alcanzar cuanto quisieron, gracias a la domesticación y el engaño de quienes eran sus víctimas (empleados, les llaman ellos).

      Y no me limité a señalar que tal estrategia es usada no solo laboralmente, sino llevada hasta la intimidad del hogar, de su privacidad, incluso la de sus creencias y su moral. Casi, casi te dicen qué debes vestir, comer, a qué paseos ir, a cuál templo asistir...

      Critiqué que quienes no saben de rectitud, honorabilidad, fidelidad, sencillez y humildad, en una palabra, de humanidad y cercanía con los desprotegidos, son los que exigen eso y más a sus subalternos.

      En fin, ahora ya no importa qué dije y qué no. Lo que importa es que todos oyeron lo que cada uno quiso escuchar. Sí, por absurdo que parezca, creo que así fue. Por eso a todos les encantó la charla. Ya que al parecer, nadie me oyó decir entre líneas y de forma irreverente: "esta es una sociedad hipócrita que apesta porque está podrida; en total y absoluta decadencia: esta terrible pandemia, el coronavirus, la enterrará".

      ¿Qué sucedió en realidad ese día que me invitaron a hablar de mi filosofía de la vida? He pensado mucho acerca de ello, últimamente. Y creo haber resuelto el dilema. Mis ángeles estaban entre la audiencia y la distrajeron lo suficiente para que no entendieran del todo lo que estaba diciendo. Quizás ellos temían que perdiera no solo mi trabajo, sino algo más valioso: la confianza en mi pobre sabiduría... No lo sé.

      Pero hubo un Ángel que se les rebeló, mi favorito de esa noche, al que nadie vio ni escuchó, salvo yo. Y quedo tranquila de que sí dije, lo que dije, porque él me lo confirmó con su intervención... y de que no contradije mis principios heredados de muchas generaciones atrás. Herencia de toda una legión de ángeles que murieron temprano y, se quedaron por siempre, a mi lado. De ahí que lo sé de cierto y defiendo mi tesis: los ángeles no viven en el cielo, arriba es demasiado frío y ascético.

      Se quedan a nuestro lado, solo tienes que mirar y escuchar atento cuando alguien, que no pertenece a la media ni al común denominador, te habla. 

Sin sabores

Carlos A. Ponzio de León

            La tempestad en el refrigerador acabó cuando los niños cerraron el congelador y cada uno salió de la cocina con una paleta de hielo en la mano: sabores limón, naranja, fresa y manzana, entre muchos otros. Junto al fregadero, el cocinero lavaba los últimos platos de la comida. Se escuchaba el chocar de la cristalería y el agua fría corriendo del grifo hasta perderse por el resumidero. En el patio de la mansión, la música de un grupo que animaba la fiesta interpretando canciones de los noventas, permitía la liberación de energías en la pista de baile, y el sonido del bajo rebotaba en las casas del vecindario, para luego dirigirse al cerro verde frente a la colonia, esparciéndose sobre las hojas de los árboles e impregnándolas de un sabor a sal amarga.

      Treinta familias habían asistido al cumpleaños de Luisa, la hija del Dr. Troncoso. A sus veintidós años, había realizado viajes a Europa, África y Medio Oriente; pero se reprochaba no tener definida una profesión en la vida. Su padre pensaba que quizás no la necesitaba: administrar los negocios de la familia podría hacerlo sin una carrera. Solo tendría que aprender a evaluar el trabajo de los otros.

      En la cocina, el chef observaba el agua correr y pensaba en Luisa y en la noche que habían pasado juntos. Había sucedido dos semanas atrás, una noche de locura para Luisa en la que arribó tarde a casa, traída de una fiesta por el chófer de su padre. Se encontraba eufórica luego de la noticia: había conseguido invitación para un evento privado en el que cantaría Mariah Carey. Luisa descendió del auto cantando "We Belong Together". Deseaba, de alguna manera, compartir su felicidad. Y era consciente de que ocupaba un lugar secreto en el corazón del cocinero: un joven seis años mayor que ella: apuesto, delgado y de músculos marcados. 

      Aquella noche, el cocinero dormiría en la mansión del Dr. Troncoso, en el cuarto que se le tenía asignado para las ocasiones en que finalizaba tarde y le quedaban tareas pendientes por realizar más temprano de lo normal.

      Se encontraron el uno al otro mientras él se dirigía a su cuarto y ella ingresaba por la puerta de entrada. "Toda una vida estaría contigo", creyó escuchar decir el joven chef, al toparse por sorpresa con ella; pero en realidad no había mencionado nada.

      En la oscuridad congelada, ella acarició su hombro, sonriendo, sabiendo lo que provocaría. Él se lanzó al despeñadero y ella no pensó en oponer resistencia. El pez nadó kilómetros sin dirección, sin nada que temer; mientras la noche se deshacía en pedazos, arrancaba sus raíces y arrojaba sus estrellas al mar.

      Luisa no despertó en la cama de él. Esa misma mañana: la indiferencia; la caída sin fondo. La cotidianidad volvió a la normalidad de rutina: El confinamiento, la cocina: las salsas, carnes y bocados delicados. Pero si nada de eso había conquistado a Luisa antes, no lo haría más adelante. Los días ratificaron su dolorosa eternidad y no hubo algún poema de sabores que alborotara otra sonrisa en ella.

      La tarde del cumpleaños, los niños regresaron al congelador por más paletas. El cocinero los observó detenidamente. Llegó a pensar en la paternidad. Hipnotizado, dejó caer al piso el trapo con que secaba sus manos cuando vio entrar a Luisa a la cocina. Ella no sonrió. ¿Podemos hablar?, le preguntó él. Quiero que recuerdes aquella noche como una muestra de cariño y nada más, respondió Luisa, para luego salir de la cocina.

      A los pocos días, la pena le hizo abandonar su trabajo. Renunció agradecido. Viajó durante meses por antiguos pueblos, por caminos de ida, con el alma hablándole al oído, escuchando que algún día, aquella ingrata historia sería un cuento sin sabores qué contar.



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