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Excavando encuentros y desencuentros

Excavando encuentros y desencuentros


Publicación:19-09-2020
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Y así, pasa la vida, con la vuelta de mis sueños junto a él. Tal es la historia: breve y quizás: poco interesante

Las pequeñas ilusiones

Carlos A. Ponzio de León

      

      Hace seis años participé en mi primer Festival Cervantino. En el autobús que nos trasladaría a los artistas de la Ciudad de México a Guanajuato, lo vi a él: alto; de barba, bigote y cabello largo. Imponente y de mirada analítica. Observaba el cielo con la seriedad de quien comprende los secretos del amanecer. Los músicos sabíamos que tocaba el chelo con virtuosismo, por eso había ganado ya tantos premios. 

      Durante los ensayos, tocábamos y posteriormente comíamos; sin mucha novedad. Pero yo me sentía nerviosa cada vez que estaba cerca de él. El día del concierto, toqué bien, en parte porque sentía que no podía quedar mal ante su presencia. Nos tomamos una foto juntos y cada uno regresó a su propia ciudad. 

      Pasó un año y volvimos a audicionar: ambos fuimos seleccionados nuevamente. Nos encontramos en el autobús y yo me sentí igual de nerviosa que la primera vez. En el festival, noté que él procuraba asistir a la mayor cantidad de conciertos posibles, así es que lo seguía: nos colábamos juntos a las salas. Sentada a su lado, me derretía como helado de cereza bajo el sol del verano de Monterrey.

      En varias ocasiones me invitó a cenar, nada personal. A la reunión de clausura, yo no me animaba a asistir: Nunca he sido el alma de las fiestas, ni siquiera bailo: ahí, era como como un perchero dónde colgar el silencio. Pero de pronto, en algún momento de la noche, no recuerdo cómo, me encontré sentada en la escalera que subía al salón. Y ahí estaba él, a mi lado, platicando de álgebra y probabilidad, de Iannis Exnazis y de su chelo y de mi violín. Fue una noche mágica de elegancia en mis oídos y sus palabras.

      En el autobús de regreso, él se sentó frente a mí; algo dijo sobre los respaldos y yo contesté, pero no supe seguir su plática. Me sentía igual de nerviosa que siempre. No sabía ni cómo acercármele. Los nervios me hicieron moverme de lugar para sentarme con mis amigos. Nos despedimos de lejos y pasaron tres años más. Le escribí para preguntarle sobre un festival en Puebla, pero no hubo más comunicación.

      Pasaron otros dos años y yo inicié las audiciones para ingresar al INBA. El primer día de ensayos, llegué tarde; media hora tarde. Me encontraba muerta de pena. Y de pronto: ahí estaba él. De nuevo, los nervios, el querer ejecutar impecablemente. Me sentía insegura al lado de él. Cuando hubo oportunidad de saludarnos: Me abrazó y me dijo: ¡Qué bueno que estás aquí! 

      Durante meses compartimos clases, recesos y juntas. Me volví su principal apoyo; y él, el mío. Entre los dos lidereábamos la orquesta y siempre nos consultábamos para tomar decisiones. Nunca pensé que pudiera fijarse en mí. No me considero atractiva. Soy amable, y ya. De pronto íbamos a cenar pizzas; sin mayor novedad. 

      Al concluir la temporada, fuimos a la Roma y llegamos a las pizzas (otra vez). Íbamos bien cargados: Él, con dos maletas y el chelo. Yo, con dos violines, una mochila y un montón de regalos de despedida de mis colegas. Cenamos y platicamos de física y geografía, de los tríos de Beethoven, del cielo, de todo.

      Al despedirnos... me besó. 

      No supe por qué. Le respondí de igual forma, con otro beso. Dijo que vendría a visitarme. Que le gustaba mi piel morenita. Y yo me sentía tan nerviosa, como cuando toqué con él la primera vez. Pero en esta ocasión, yo era inmensamente feliz, como burbuja de jabón resistente a todo. Seguimos en contacto por las redes, pero nada del otro mundo. Sin mensajes cursis, ni recuerdos de ese 20 de marzo.

      Meses después me topé con una librería de viejo donde vendían dos copias de una misma biografía: la del gran chelista Pablo Casals. Contenían el mismo texto: Pero una era simple, en pasta blanda, vieja y carcomida. La otra, muy cuidada, en pasta dura y forro de piel: grande y de cantos dorados, y ¡firmada por Casals! Compré ambas y le envié inmediatamente la autografiada. Cuando la recibió, me grabó audios: emocionado, agradecido. 

      Pero luego de ello, seguimos igual. Mensajes cortos, cordiales. Antes de lo del libro, yo le había enviado una nota cursi en la que le decía que lo extrañaba; pero que, si no era mutuo, lo entendería. Él dijo que sí lo era.

      Luego, otra vez los mensajes de siempre: esporádicos, de conversaciones incompletas, porque a veces no contesta o escribe muchos días después. Hasta que hace dos semanas, le dije que estaba triste porque sentía que no lo volvería a ver. A los días, escribió: que quizá nos podríamos ver muy, muy pronto. Y vino el sábado. Pasó a visitarme, ya en la noche, y su presencia fue lo más lindo que pude haber imaginado.

      Se enteró de que, en casa, diario, se rezaba el rosario. Y ese día, rezó con nosotros, de rodillas, en latín. Aunque él mismo dijo que, aunque había crecido católico, ya no frecuentaba la misa. Pero esa noche conoció el corazón de mi familia: Los momentos de oración.

      Él debía regresar a su tierra; pero ya era tan tarde, que mejor se quedó en el cuarto de visitas. Cenamos pizza y escuchamos música y después, a dormir... Al día siguiente desayunó con nosotros y nos despedirnos, sabe Dios por cuánto tiempo. Se comprometió con mi mamá a acompañarnos a misa otro domingo. Le regaló una botella de vino a mis padres, en agradecimiento por sus atenciones.

      Nos tomamos varias selfis: en el jardín, en la sala, en la cocina. Ahora lo extraño más que antes. También lo quiero más que antes. Me dejó la ilusión: de que el sentimiento sea mutuo, de que su visita contrarreste la ausencia de sus mensajes. Me quedé con la esperanza de que tal vez yo también le guste, y piense en mí, a futuro, a largo plazo. 

      No le quiero preguntar, por no verme desesperada. 

      Claro, yo quisiera saber por qué me besó ese 20 de marzo y ese 15 de agosto. Qué quiso decir, qué siente, qué piensa. ¿Me extraña? ¿Me quiere? ¿Está jugando? ¿Le doy igual?

      Pero luego recuerdo, lo que he constatado últimamente, que incluso en los matrimonios que parecen ideales, hay desilusión y traiciones; y entonces, intento pensar en otra cosa; no forjarme esperanzas. Y así, pasa la vida, con la vuelta de mis sueños junto a él. Tal es la historia: breve y quizás: poco interesante.

La educación también entra por la boca

Olga de León G.

Hacía varios inviernos que la madre de papá no venía a pasar la Navidad y el Año Nuevo a nuestra casa. Y, este año, mi madre la convenció de venir, pero no se quedaría mucho. Avisó que se iría después de la cena. Pasaría el resto de la fiesta en la casa de una de sus hijas, por la que ella tenía preferencia. Ni modo, dijo mi madre; había invitado a toda la familia de mi padre y la suya propia. 

Mamá sabía que cuando la familia de papá venía a nuestra casa, lo hacía más por lo que comerían que por el deseo de compartir con nosotros el pan y la sal. Les gustaba cómo preparaba ciertos platillos, tanto como despreciaban otros a los que nunca estuvieron acostumbrados: platillos elaborados a la europea o americana. Mi madre provenía de una cultura diferente y por lo tanto también en los gustos culinarios había desencuentros. Pero eso no le molestaba; siempre entendió las diferencias y respetó sus gustos. A nosotros, sus hijos, nos formó en el seno de su familia de origen y de su amor por el conocimiento, el valor de la justicia, la libertad y la honestidad. Tanto como en el acercamiento a las artes, especialmente la buena música pop, orquestal y clásica, el piano, la pintura y la danza clásica: de ahí provenimos sus hijos, con lo que somos y lo que no somos. 

Muchos años después de mi pubertad, entendí la actitud de mi madre. Ella solía decirnos: la educación entra por la boca también, y no solo por los ojos y los oídos. Les enseñaré a comer diferentes platillos, pero siempre prefieran un plato de arroz con frijoles hechos y servidos con amor, al manjar más exquisito que nunca hayan probado. ¡Ah!, y su dicho popular favorito, editado por ella: "Siempre hagan el bien, aunque no haya quién se los agradezca, salvo su conciencia".

      Hoy, recuerdo aquella Navidad, en la que cerca de las diez de la noche llegaron por mi abuela, mi tía Enriqueta con mis primas. Mi madre las invitó a cenar, y mi tía preguntó qué era la cena, cuando supo, contestó que mejor le regalara un platillo para ella y se lo llevaría, ya que al marido y sus hijos eso no les gustaba. Mi madre sonrió y entró a la cocina por una pieza de pavo ahumado, con su consabido relleno, la pasta que había preparado con pistaches, champiñones y alcaparras, y algo de su clásica ensalada dulce de zanahoria con piña, apio, arándanos y nueces.  

Yo, desde la puerta del comedor, le lanzaba miradas de: ¡No les des nada; lo van a tirar! Pero, mi madre fingía que no me veía; sin duda, ella fue grande, habiendo sido físicamente tan pequeña.



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