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Esencia de mujer

Esencia de mujer
María Mazzarello fue, sin duda, una mujer extraordinaria.

Publicación:23-05-2020
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María Mazzarello hizo de su vida un canto a la Providencia que está siempre cerca de los pequeños y de los pobres

En el otoño de 1864 se produjo en Mornese, un pequeño pueblo del Monferrato piamontés, un encuentro providencial. Don Bosco llegaba con sus chicos, en uno de los conocidos paseos otoñales, a ritmo de fanfarria y poniendo colorido a las calles y plazas en el tedio de la vida cotidiana. El párroco del pueblo, don Domenico Pestarino, presentó al santo un grupo de jóvenes que sorprendentemente habían comenzado con las chicas pobres del lugar un trabajo pastoral muy parecido – en forma y fondo – a lo que los salesianos realizaban en Valdocco. Eran las Hijas de la Inmaculada. Era el milagro de los panes y los peces multiplicados en medio del abandono y la precariedad de medios por la generosidad de aquellas muchachas y por un pizca de gracia de Dios que aderezaba la pitanza cotidiana y daba fuerza a cada puntada en los remiendos del corazón de la gente.

Destacaba María. Una mujer fuerte y recia que contemplaba a Dios por las ventanas del alma. Bebía de un pozo inagotable, un manantial de sabiduría divina que se encauzaba en una actividad incansable en favor de los demás. Ni el tifus, ahora que estamos en tiempos de confinamiento, logró sofocar el fuego ardiente de un amor sin límites que se dona aún cuando faltan las fuerzas. No hubo aplausos en las ventanas de los lugareños ni nadie cantó canciones de resistencia; pero ya entonces, la solidaridad que hunde sus raíces en el amor de Dios, fue la mejor vacuna para superar la pandemia.

María Mazzarello hizo de su vida un canto a la Providencia que está siempre cerca de los pequeños y de los pobres. Una mujer profundamente creyente que supo hacer de Dios el centro de su vida y de su historia. Se sintió amada y escogida y no dudó en responder con todas sus fuerzas a la iniciativa de Aquel que la había amado primero. Forjada en la dura vida de los hombres y mujeres del campo, con una tenacidad propia de quien sabe aprovechar y desarrollar todos sus recursos, supo cultivar en la sencillez de la cotidianidad una espiritualidad de hondas raíces y muy pegada a la realidad de la maltrecha vida de los más vulnerables.

Cultivó la amistad con el Señor e hizo crecer en su corazón una fuerte unión con Dios, como están unidos los sarmientos a la vid. Y dio mucho fruto. En la originalidad de dones que el propio Espíritu le concedió, María Mazzarello se puso manos a la obra y con una caridad apostólica inspirada en el corazón del Buen Pastor, fue instrumento del Señor para las jóvenes de Mornese a quienes implicó y comprometió en un servicio educativo-evangelizador con las niñas y jóvenes del pueblo. Y de Mornese al mundo entero.

Respiró el mismo aire de Don Bosco y cuando se encontraron, ambos descubrieron enseguida que había mucho de Dios en la mirada del otro. María Mazzarello sintió que Don Bosco era un Santo; pero el buen sacerdote experimentó también la grandeza de aquella mujer campesina que hablaba de Dios con familiaridad y con una profundidad inusual. Recorrieron de la mano el camino e hicieron grandes cosas juntos. María, fiel a la llamada de  Dios, consagró su vida al Evangelio con el estilo salesiano que en ella se hizo femenino creativa y originalmente.

Una ventana, la del alma, abierta de par en par a Dios. Una mirada, la de la fe, que descubre la presencia de Jesús en los pequeños y en los pobres. Un pozo, el del manantial de la sabiduría que viene de lo alto, de donde no deja de brotar el agua clara y limpia del carisma salesiano recreado con el colorido de la feminidad. María Mazzarello fue, sin duda, una mujer extraordinaria.



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