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Cambios de viento

Cambios de viento


Publicación:11-07-2020
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Todo es un asunto de reaprender... Sonrió feliz consigo... y con el mundo

Potranquita de mis amores

Carlos A. Ponzio de León

      Los vecinos estaban nuevamente brincando sobre mi techo. La Potranquita era quien vivía ahí, desde hacía seis meses; se había conseguido un novio hacía tres y de vez en cuando lo invitaba a pasar unos días. Ella era delgada, sin llegar a ser un palo; morena como terrón de azúcar moscabado y, hasta cierto punto, bastante atractiva. El novio, pasado de peso como mango ataúlfo, se veía bonachón. 

      La idea de hacer ejercicio a las diez de la noche, en su departamento, había sido de ella, para que él pudiera ponerse en forma. "A mí se me hace que el novio no cansa lo suficiente a la Potranquita", me dijo el Doc un día: "deberías darle una ayudadita".

      Mis conflictos con sus costumbres habían comenzado semanas atrás, luego de mi operación en el hospital. Necesitaba descanso y la Potranquita no ayudaba. Llegaba a las once de la noche zapateando con sus tacones, como caballo desbocado con espuelas, yendo de un cuarto a otro. Me despertaba de mi sueño tan necesitado. 

      Calculé que se levantaba a las seis de la mañana, antes de la luz del día, y parecía que su primer acto era ponerse los tacones para caminar por todo su departamento. Casi no dormía, y yo requería de diez a doce horas de sueño continuo para recuperarme. Más adelante descubrí que la Potranquita dormía siestas.

      Ya enfadado con lo sucedido, creí encontrarlos en el elevador. No estaba seguro de que fueran ellos: no los conocía, pero oprimieron el botón del piso trece. "Buenas noches", les dije. "Buenas noches", respondió ella. "¿Vienen con los nacos del 701?", pregunté en voz alta. No soltaron carcajada; se quedaron callados y quietos. En el piso doce descendí.

      A los pocos días comenzó su guerra. Descubrí que la Potranquita no se levantaba a las seis de la mañana, sino a las cuatro treinta. Y a esa hora, lo primero que hizo al sentarse sobre la cama, fue soltar una canica de acero sobre el piso. El coraje no me permitía volver a dormir y su tormento continuó durante semanas, hasta que lo comenté con el médico. "Debe hablar con ellos, porque con su neurosis, le pueden provocar una reacción, de tal magnitud, que todos podrían arrepentirse: usted y ellos".

      Por eso, la noche aquella en que me encontraba escuchando el Concierto para Oboe de Alessandro Marcello, inmerso en sus ritmos de asalto y melodías conquistadoras, observando la ciudad apagarse desde la ventana y reclinado con un whiskey en mi sillón individual, pensé que era momento de subir a tocarles, luego de escuchar sus saltos sobre mi techo.

      Fue ella quien abrió la puerta, vistiendo ropa deportiva y un susto en el rostro: parecía máscara olmeca antes de un sacrificio humano. "Vecina, ya no encuentro cómo pedírtelo, pero sus saltos se escuchan muy fuerte allá abajo... ¿podrían hacer menos ruido?", dije suplicándole. "De acuerdo", respondió con una voz dulce y, lentamente, cerró su puerta. El ruido se detuvo esa noche y volvieron las zapateadas de las seis de la mañana, dejando de sonar la canica de acero de las cuatro treinta de la madrugada.

      Al poco tiempo volví a encontrarla en el elevador. Me miró y se soltó llorando. Pregunté si podía ayudarla en algo: "La música", me dijo, "necesito que ponga su música a un volumen alto, para escucharla. La de las noches". "Con gusto", le respondí. "Déjela sonar hasta en la mañana". Se abrió la puerta del elevador y descendí.

      Así hice durante dos semanas, con puntualidad militar: Toqué el Concierto para Oboe de Alessandro Marcello cada noche, una y otra vez, aunque yo no pudiera conciliar el sueño. Al final, tocó a mi puerta: traía un panqué de plátano para regalar, hecho a base de harina de quinoa: dietético. Lo acepté con una sonrisa y la invité a pasar; pero ella se disculpó. 

      Yo seguí tocando a Marcello cada noche. Hasta que una tarde volvió con una tarta de manzana en la mano. Otra vez: dietética. "¿Sabes que hoy es mi cumpleaños?", le pregunté. Y no lo era, por supuesto, pero ella entró al departamento. Platicamos durante horas. Las lágrimas y las risas brotaron de nuestra interminable fuente: la conversación explorando historias pasadas y presentes. Comenzamos a conocernos. 

      Su novio la había dejado por un hombre, jefe de él en el trabajo: No se trataba de un simple mesero, sino de un tipo estudiado en la rama de la cocina. La nueva pareja se fue a Dubai porque le habían ofrecido a aquel, trabajo en un hotel de lujo. El exnovio de la Potranquita se encargaría de las tareas domésticas.

      Ella, por su parte, resultó ser: no un caballo de fuerza en la cama, sino el equivalente a siete. Y cada noche, el Concierto para Oboe de Alessandro Marcello, por alguna razón que desconozco y por la que no he preguntado, sirve como llamado militar a nuestra carrera desbocada de caballos, en la cama.

      Y cuando estamos en ello, timbran a mi puerta... es el vecino del piso de abajo: vino a pedirnos que no hagamos tanto ruido por las noches, porque no lo dejamos dormir cuando la cama se mueve de un lado a otro, golpeando su techo y mi pared... 

      

Árboles y sombras

Olga de León González

Paco, viendo un bonsái sobre una mesita del consultorio mientras espera ser atendido, recordó su niñez y sus juegos con los primos, amiguitos y amiguitas. 

      Encerrados en sus casas, trataban de alegrar sus ratos de ocio, en tiempos de la pandemia, esa que duró tantos años. Y tú, ¿qué quieres ser, qué animal escoges para este juego: oso, tigre o venado?

Ninguno.  ¡Yo quiero jugar a que soy  una niña!, exclamo, Clarita.

¡Ay!, pues eso ya se sabe. Siempre serás niña; bueno, hasta que crezcas y te vuelvas señora, mamá y luego una vieja gruñona y gorda.

      No. Qué feo eres. Mejor no juego contigo, no respetas a las niñas. Las risas de los varones brotaron cual manantial en verano. Paquito se destornillaba de risa y su cuerpo pareciera que fuera a romperse como muñeco de trapo o madera. La amiga de Clarita contestó: 

      Acaso, ¿sus mamás están gordas o son viejas gruñonas y feas? ¡Ajá!, ya sé, eso ha de ser lo que dicen sus papás sobre las mujeres...

Hubo un silencio prolongado. Los  puños y labios de Paquito se apretaron; y pronto se arrepintió de lo dicho.  Entendió que su broma no había sido recibida como tal, al menos, no por las niñas.

De acuerdo, discúlpame Clarita. Y tú también Loli. Pero, a esta última se refirió de mala gana y porque sabía que se vería mal de no hacerlo. Paquito tenía cierto celo de Loli, pues era su contrincante en las notas escolares y en los juegos. Era una niña muy inteligente y eso a él le causaba un problema.

El asunto no había surgido en la mente de Paquito por efecto de generación espontánea. Era la consecuencia de un padre que siempre estaba hablando mal de las mujeres. ¡Pobre de Paquito! Habrían de pasar varios años y sufrir experiencias ingratas con sus novias, para que él entendiera lo torcido de su concepción sobre la valía y capacidad, que el género femenino debía merecerle.

      Por eso, ahora, viendo el bonsái mientras esperaba su terapia, la conciencia lo remontó a la infancia, y recordó aquel día en el que Clarita quería jugar solo a ser una niña, y no un animal cualquiera. El tiempo y la vida serían para Paco, especialmente, un maravilloso tapete en dónde tejer y destejer, descubriendo así los propios caminos y las mejores horas recorridas.

      Por eso también recordó aquel día de la infancia, cuando Loli continuó diciendo, entusiasmada, ¡mejor juguemos a los árboles y las sombras! Qué es eso, preguntaron casi al unísono los cuatro niños. Escribamos en cinco papelitos las palabras: sombra en dos de ellos, y árboles, en tres. Los doblamos para que nadie vea lo que cada uno dice y los ponemos en un vaso; luego, cada quien tomará uno. Y después qué, preguntó uno de los niños -que suelen ser los más desesperados-.

      A quien le toque ser sombra, que diga en silencio con movimientos y gestos a qué árbol corresponde su sombra. Los demás iremos adivinando, por las formas que adopten los que son árboles, cuál es la sombra que mejor se representó. O, que las sombras dibujen en el piso la forma del árbol que las representa.

      Así pasaron la tarde, jugando. 

      Desde entonces, una semilla quedó sembrada en Paquito, la que germinaría años más tarde. Y esa mañana, cuando entró a la consulta, supo que no era fácil conciliar diferencias; pero tampoco imposible. Todo es un asunto de reaprender... Sonrió feliz consigo... y con el mundo.



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