Una película de policías

El largometraje del director de cine mexicano, Alonso Ruiz Palacios, intitulado “Una película de policías”.

El largometraje del director de cine mexicano, Alonso Ruiz Palacios, intitulado “Una película de policías”, se encuentra ya disponible en las plataformas de streaming  y narra desde adentro, la precariedad que enfrenta el policía mexicano en su labor cotidiana, tanto en lo económico, lo laboral como en lo social.

Como sabemos México no cuenta con un modelo policial nacional, así que cada municipio hace lo que puede con su fuerza policiaca;  hay en México 2,458 municipios, así que la diversidad en cuanto a la fuerza preventiva es muy disímil en todos los ámbitos: reclutamiento, selección, formación, armamento, controles de confianza, capacitación, especialización y actualización.

En el 2020 se contabilizaron 123,070 policías a nivel nacional, lo cual representa un 0.96 policías por cada mil habitantes, sin embargo, se espera que exista un estándar mínimo de 1.8 policías, por lo que el déficit es importante, de 101,458 nuevos elementos para alcanzar el nivel ideal mencionado.

Durante ese mismo año fueron asesinados 524 policías, con un promedio de 1.42 muertos diariamente, los estados con más incidencia fueron Guanajuato, Estado de México, Veracruz, Guerrero y Chihuahua.

En el año 2021, hasta el 04 de noviembre, fueron asesinados 350 policías, 1.13 policías de manera diaria, los estados con mayor índice fueron: Guanajuato, Estado de México, Zacatecas, Chihuahua y Veracruz.

En lo que va del sexenio, del 01 de diciembre de 2018 al 04 de noviembre de 2021, han sido asesinados 1,364 policías, por estos números y por la naturaleza del trabajo que implica, se trata sin duda, de un oficio de alto riesgo.

Además, durante el 2020 el Covid-19 afectó la salud de 4,828 policías a nivel nacional; en Nuevo León fueron contagiados 564 elementos; a nivel nacional murieron 702 por complicaciones propias del SARS-Cov2.

“A nadie le importa si un policía se muere”, dice uno de los personajes de este documental de Netflix, donde tratan de narrar las vidas de los policías, sus necesidades, inquietudes, vivencias y emociones en torno a este peligroso oficio.

“Hay buenos policías y malos policías, así como hay buenos ciudadanos y malos ciudadanos”, insiste uno de los personajes de este documental “Una película de policías”, donde se describen aspectos íntimos así como  laborales  de los policías en la Ciudad de México.

La vida de los policías fuera de la gran metrópoli mexicana, seguramente es muy distinta, especialmente en estados donde el crimen organizado ha penetrado de manera profunda en las organizaciones policiacas.

En Nuevo León, es diferente el patrullaje de Fuerza Civil en los municipios rurales, especialmente aquellos fronterizos con el estado de Tamaulipas, que en el área metropolitana, en esta última donde los ataques son menos frecuentes y la policía se siente menos vulnerable.

Igualmente, los policías municipales del área metropolitana, se encuentran más respaldados, sin embargo, los policías de los municipios rurales o foráneos, sí tienen mayores riesgos de ser amenazados y atacados por la delincuencia organizada.

Actualmente el estado cuenta con la Universidad de Ciencias de la Seguridad, creada el 15 de abril de 2011, en plena crisis de inseguridad en nuestro estado.  Allí se profesionaliza a los elementos de las diversas corporaciones de seguridad pública del estado de Nuevo León.

Cabe aquí mencionar la experiencia familiar que tuvimos cuando uno de mis hermanos mayores, Héctor, decidió unirse a la Escuela de Policía, donde estudió y formó parte de la primera generación de cadetes de la Escuela de Policías, en febrero de 1968.

Desde que vivíamos en San Agustín de los Arroyos, en Montemorelos, mi hermano Héctor era muy atrabancado, le gustaba realizar acciones  riesgosas y no tenía miedo. Cuando llegamos a Monterrey, en la colonia Terminal, era un lugar donde no había pavimentación, alumbrado ni seguridad.

Una noche Héctor se bajó del camión por la avenida Félix U. Gómez y caminó por las calles solitarias de la colonia cerca de la media noche. Héctor era alto, espigado y fuerte. Un grupo de malvivientes le cerró el paso, lo agredieron y mi hermano se defendió. En eso llegó una patrulla y observó cómo mi hermano noqueaba y dejaba tirados a los asaltantes.

Los policías platicaron con él, le vieron madera para unirse como cadete y lo invitaron a que se enrolara en la escuela de policías que estaba por arrancar, fue así que formó parte de la primera generación de la Academia Estatal de Policía en 1968.

Como era muy temerario ponto se distinguió por su valentía  y fue ascendido, le dieron una patrulla y un compañero que la manejara. Muchas fueron sus aventuras en un México donde el autoritarismo priista dominaba el escenario político nacional, con una polarización social propia de la Guerra Fría y una persecución política hacia los estudiantes y militantes comunistas.

Debido a mi militancia política de izquierda, varias veces me sugirió que tuviera cuidado, que amigos colegas suyos, le habían advertido que mi nombre estaba en la lista negra, que era investigado y  podía tener la suerte de ser desaparecido por la policía política de esa época.

En un rondín nocturno en la colonia Caracol, durante el verano de 1972, recibieron el reporte para intervenir  en un zafarrancho entre pandillas. En aquel momento esta colonia era muy peligrosa; llegaron, bajaron de la granadera y fueron emboscados por los pandilleros quienes arremetieron contra Héctor y Armando, su compañero. Eran 20 contra dos. Pronto los cercaron y los agredieron con patadas y puñetazos, el compañero Armando cayó y empezó a ser pateado en el suelo por los agresores, Héctor seguía en pie y se defendía como podía. Armando, desesperado le gritaba: “¡Héctor no me dejes, me van a matar, Héctor no me dejes, me van a matar, Héctor no me dejes, me van a matar…!”.  En medio del bullicio se escuchó un disparo y uno de los pandilleros agresores cayó al suelo; inmediatamente los otros se dispersaron. Fue así que Héctor rescató a su compañero Amando,  lo subió como pudo a la patrulla, para huir de allí al hospital más cercano.

Como hubo un muerto en esa trifulca, Armando y Héctor fueron detenidos mientras se llevaban a cabo las investigaciones;  esto duró meses que estuvieron encerrados en el Penal del Topo Chico. Tiempos difíciles, al ser absueltos ambos, se reincorporaron a sus trabajos, pero Héctor estaba resentido con la corporación debido a que no recibieron el apoyo legal y moral que requerían en su momento, los dejaron solos. Todo esto lo llevó a renunciar y dedicarse a otros oficios, sin embargo, los hermanos del pandillero muerto lo asediaban y lo querían matar, así que decidió emigrar a Houston;  años después se convertiría en ciudadano americano y tendía una vida muy próspera en aquella ciudad texana.