Dos modelos de liderazgo que a menudo se contraponen en diversos campos (empresarial, educativo, familiar...) parten de dos formas de lazo social —como lo ha teorizado Jorge Forbes— uno piramidal, jerárquico, autoritario; el otro, horizontal, en red, diverso y flexible. Mientras que uno se basa en el poder de mando único, la voz que tiene la última palabra sobre las cosas como garantía de orden, el segundo, en la inclusión y articulación de la singularidad. En ese sentido, de las diferencias; a través del respeto, la inspiración y la responsabilidad.
Mientras que el líder jerárquico-autoritario apoya su función en el orden y la disciplina, –-incluso muchas veces infundiendo temor, algo que ha confundido con respeto– el líder que inspira se sostiene en el testimonio de su propia vida. Testimonio que muestra que en la vida se puede ser consecuente con un sentido de vida, con una vocación. Uno dicta órdenes desde “arriba”, mientras el otro se incluye en red desde la horizontalidad, sin adjudicarse la última palabra sobre la vida y la muerte, sino aportando su entusiasmo.
Más allá de abrir el debate respecto a cuál modelo de liderazgo es mejor. Lo primero que hay que decir es que cada modelo es efecto de un lazo social específico, es decir responde a una cosmovisión, con efectos y consecuencias particulares. De ahí que el modelo jerárquico, hoy, se aprecie anacrónico, de otra época, obsoleto, que poco tiene que decir respecto a la innovación, creatividad y verdadera responsabilidad que organiza nuestro mundo actual.
¿Imagina usted en pleno siglo XXI a unos líderes empresariales, padres de familia o maestros, cerrar una frase, diciendo: “porque lo digo yo”, como argumento unívoco al dar una orden? Ello en otra época era suficiente, la audiencia honraba con su silencio la palabra del padre, maestro, sacerdote y político. En la actualidad dicha práctica cae por su propio peso, pues lo que organiza el lazo social actual es la información/formación; que lo que se plantea haga algún sentido para quienes escuchan y, sobre todo, la curiosidad-entusiasmo, la inspiración y el respeto. “La letra con sangre entra”: ideal educativo derivado del medievo y perpetuado hasta la modernidad, de la disciplina por la disciplina, ha perdido su estatuto, no solo logístico educativo, sino en todo el contexto social más amplio. Ya todos saben que para aprender, estudiar o trabajar, no tienen que sufrir ni sacrificarse, que esas son opciones y posturas que se pueden abandonar.
En estos tiempos que compartimos, existe un profundo deseo de sentido de vida, de innovación e inspiración en el trabajo, de curiosidad e interés en las aulas, de búsqueda de construcción de justicia y participación responsable. De pasar de la simulación al verdadero cambio, a la acción que le apuesta a transformar la propia vida en relación con el colectivo. Hoy más que nunca los niños y jóvenes, y algunos adultos, desean no solo sobrevivir, trabajar e ir a la escuela, sino vivir una vida cualificada, que les permita definir y realizar su vida singular de manera responsable, en compañía de esa otredad que no tiene que ser idéntica o ser aplastada para unos poder crecer, sino diferente, diversa y por eso mismo, enriquecedora. Por ello, quienes continúen operando a través de un modelo jerárquico disciplinario, tendrán poco que decir y aportar en este siglo XXI.