Tierra de nadie

¿Quiénes son esos? ¿Son delincuentes? Sí, claro, por supuesto, claro que lo son

Van por todo y con todo. Dañan, hieren, aniquilan: hacen de todo con tal de obtener… ¿placer? ¿fama? ¿fortuna? ¿rating? ¿seguidores? Son imparables, los otros no les importan, son solo cosas, piezas de un mecanismo que sueñan y creen controlar. Declaran, establecen, delimitan, se exoneran a sí mismos, como coloquialmente se dice, “se curan en salud”, son indolentes ante el dolor ajeno, se comportan –como canta Serrat—como si en el mundo no existieran niños.

¿Quiénes son esos? ¿Son delincuentes? Sí, claro, por supuesto, claro que lo son. Pero, a un cierto nivel, comparten un costado perverso con los otros, los que, suponemos, los persiguen y desean atrapar para hacerles justicia a las familias de los desaparecidos, de las asesinadas y ultimadas, mujeres y hombres, cientos de miles que aún no regresan a sus casas con los suyos. Espera desgarradora de una pesada presencia llamada ausencia. 

Ojo, decimos perversos, pero no caiga usted en el luego de imaginarse a alguien feo y sucio, un delincuente, un degenerado sexual o social, que se pasa las leyes “por el arco del triunfo”, ¡no! Ya que, si bien es una de las tantas figuras de la perversión, la más abyecta que la historia, la cinematografía y la literatura hayan conocido, recordemos que los perversos son humanos. Sí, humanos demasiado humanos, gente fina y sublime, educada, de saco y corbata, hiper-mega-moralistas, que se creen identificados con lo UNO (Dios, Ley, Poder, Verdad…) y que se ven a sí mismos como “nosotros no somos como esa gentuza puerca, nacos”. Esos son igualmente peligrosos, incluso más, pues pasan por gente fina y educada, gente de confianza. Pero que igualmente harán lo que esté en sus manos para explotarle y utilizarle a su conveniencia, desde pagarle a un juez para que su hijo, el junior no pise la cárcel al haber asesinado a un mesero que atropelló a la hora de salida, mientras el querubín hermoso drogado y alcoholizado manejaba a toda velocidad su flamante auto deportivo. ¡Que estén en la cárcel los feos y analfabetas, los nacos, no los guapos y millonarios, hijos de influyentes!

En este contexto los humanos son piezas, son negociados al por mayor, son estadísticas, cifra, ganancias, lucro. De suerte que aún podemos hablar, gritar, protestar…pero sobre todo, identificar sus lógicas, sus tejes manejes, su parafernalia y juego mediático, su escándalo y muerte que también explotan y comercian, a fin de administrar la tragedia, la muerte y el espectáculo. 

Informarse, participar, resistir, proponer, responder, ser cada vez más conscientes de dónde estamos parados, donde circulamos y vivimos. Es la única forma de hacerles frente, de combatir y permanecer. Y hoy más que nunca, pues la confusión y el olvido son dos de sus más fuertes estrategias, como el relevo mediático, el escándalo del momento, el “darle la vuelta a la página” enajenados, el “circo, maroma y teatro”.

Los cuerpos y mentes se afectan, sufren, tienen miedo. Pero también se agrupan, congregan y participan. Se hartan, se despojan finalmente del miedo y salen no solo en búsqueda de un mundo mejor, sino con el arrojo de construir un mundo mejor, con menos retórica y más acción, con el firme deseo de conseguirlo, sin ninguna garantía tranquilizadora y moralizante. Sino más bien, una simple, y al mismo tiempo, inmensa apuesta, hecha de dolor y amor por los que aman y desean volver a ver.