Sentir dolor

Lo más terrible del dolor, lo más incapacitante, es su carácter de presencia permanente que nunca abandona

La salud es cuando todos los órganos están en silencio

Anónimo

Dice Susan Sontag en su libro La enfermedad y sus metáforas, que, a cada uno de nosotros, al nacer, nos fue dada una doble nacionalidad: la del país de los sanos y la del país de los enfermos. Y que, por más que quisiéramos permanecer en aquella del vigor y la salud, en algunos momentos de nuestras vidas, nos vemos en la necesidad de usar ese otro pasaporte, el de la enfermedad y el dolor

La enfermedad es una condición de los seres vivos. Las máquinas no conocen dicha experiencia. Si acaso, en una simplificación extrema, se pudiera equiparar con algún desperfecto de su estructura y funcionamiento. Con la diferencia que los humanos tenemos conciencia, es decir, no solo vivimos la enfermedad y el dolor, sino que somos conscientes de ello, interpretamos su experiencia. Eso hace una diferencia abismal. 

El dolor es una experiencia sensorial con ciertos umbrales que pueden variar de persona a persona. Nuestro sistema nervioso posee terminales que registran la cualidad de la intensidad de un estímulo, desde un rango de imperceptibilidad hasta una sensación más intensa, donde el estímulo comienza a ser doloroso. Hecho que estará moldeado por nuestra vida, historia y cultura. Por ejemplo, existen entrenamientos en artes marciales que hacen que una persona pueda acostumbrarse a ciertos estímulos, transformando un dolor extremo en una sensación más tolerable, hasta incluso, hacer que desaparezca. Como ya lo decíamos, para los humanos, las sensaciones se representan, se asocian con algo, tienen historia. De ahí que cada experiencia, sensación o situación puedan ser reinterpretadas a la luz de nuevas experiencias, información, palabras…

Lo más terrible del dolor, lo más incapacitante, es su carácter de presencia permanente que nunca abandona. De ahí el tibio remanso del milagro de los analgésicos y demás suertes médicas, como los bloqueos, cuando lo hacen desaparecer y le devuelven al paciente algo de la vida sin dolor. Esa vida significativa, subjetiva, sin la cual la vida no merece ser vivida. 

Cuando se vive presa del dolor se tiene la sensación de que no se puede pensar o hacer otra cosa. El dolor –dependiendo del grado de su intensidad—ha colonizado las otras dimensiones de la vida, ¡es un dictador! No se puede hacer nada, ni tampoco pensar en otra cosa, el dolor está presente, pujante y constante. No solo se padece el dolor, sino en algún momento es como si el dolor tomara la forma propia identidad: no solo padezco el dolor, sino soy el dolor que padezco. No pudiendo ver más allá del horizonte que el dolor marca arbitrariamente. Se experimenta una contingencia implacable, algo de lo cual no se puede huir, que hace pensar que no es nada extraño que sean a menudo, precisamente, las personas con dolores crónicos quienes soliciten, imploren, ponerle fin a su dolor vía el suicidio, así como recurran a estrategias legales para que les sea permitido la eutanasia.

Dolores, los hay de muchos tipos: dolor de muelas, de estómago, de cabeza, ¡ah, esa migraña infernal! Dolor de cólico, dolor de corazón, el físico y el amoroso, por un golpe, al salir de un accidente, el dolor fantasma de los amputados…y tantos otros que nos roban la paz, la tranquilidad, la sensación mínima de seguridad y tranquilidad para poder hacer otras cosas. 

Por otro lado, el dolor también es una representación imaginaria y simbólica, algo de que hablar y escribir, que también puede estar sujeto a identificaciones estandarizadas de acuerdo con cada época y cultura. No es raro que sea precisamente en estos tiempos cuando sea más difícil lidiar con el dolor: tiempos de narcisismo sensorial exaltado, con el Yo en el centro, del consumo por placer del mercado que no tiene fin. 

Una forma de respuesta, de contrarrestar dicha cultura de lo fácil e inmediato, es construir respuestas creativas y responsables ante el dolor padecido (No es el dolor quien va a dictar lo que pensaré o haré, sino yo le indicaré cómo será procesado y entendido en el día a día) revirtiendo así sus imágenes estandarizadas. Pues “lejos del sufrimiento prêt-à-porter cada sujeto inventa su singularidad” (Jorge Forbes)