En "El reino de este mundo", Alejo Carpentier nos recuerda que la historia de América Latina no avanza en línea recta ni obedece a los moldes de la razón fría. Está hecha de episodios que parecen imposibles hasta que ocurren.
El movimiento revolucionario que narra su novela es una sacudida histórica que rompe jerarquías, derriba certezas y demuestra que los pueblos, cuando despiertan, son capaces de cambiar su destino.
Lo que parecía condenado a repetirse se transforma por la fuerza colectiva. Carpentier llama a eso "lo real maravilloso": no la fantasía, sino la realidad misma, cuando deja atrás el fatalismo.
En México, durante el periodo neoliberal, la exclusión y la violencia fueron asumidas como un destino inevitable. Se normalizaron la pobreza, el abandono y la inequidad, como si no hubiera alternativa. La historia parecía escrita de antemano y el poder se administraba con desigualdad, sin esperanza de cambio profundo.
Sin embargo, desde 2018, con la llegada de la Cuarta Transformación, el país se atrevió a imaginar otro rumbo. Y entonces, como ocurre en la novela de Carpentier, lo extraordinario empezó a volverse cotidiano.
Atender las causas de la violencia, reconstruir el tejido social y devolverle dignidad al pueblo dejó de ser una consigna y comenzó a tomar forma en políticas públicas concretas. Hoy, con el liderazgo de la presidenta Claudia Sheinbaum, ese proceso no solo continúa, sino que se consolida.
Los resultados ya están inscritos en la historia reciente del país. El homicidio doloso, el indicador más sensible y más crudo para medir la violencia en México, registró una reducción sin precedentes. Desde el inicio del gobierno de la presidenta, ese delito ha disminuido en un 40 por ciento.
En apenas poco más de un año, el promedio diario pasó de 86.9 homicidios (en septiembre de 2024) a 52.4 (en diciembre de 2025), y ese mes se convirtió en el que registró menos homicidios en la última década, de tal manera que 2025 cerró como el año con la cifra más baja desde 2015.
Esto marca un punto de inflexión histórico que confirma que, por primera vez en décadas, México logró revertir de manera sostenida la espiral de violencia heredada. Asimismo, refleja una estrategia de seguridad con pilares claros.
Los gobiernos neoliberales optaron por administrar la crisis. Maquillaron cifras, militarizaron sin estrategia social y confundieron seguridad con represión. La violencia se combatía con más violencia y el resultado fue un país lastimado.
La 4T rompió con esa lógica y apostó por la reconstrucción. Decidió mirar hacia los barrios, las comunidades y las juventudes olvidadas. Ahí se comenzaron a atender las causas, buscando que ningún o ninguna joven tuviera que elegir entre el hambre y el crimen.
Durante los primeros años del gobierno de Andrés Manuel López Obrador se logró detener la inercia creciente, y en la segunda mitad de su administración comenzó el descenso. Hoy, con la presidenta Claudia Sheinbaum, la tendencia a la baja continúa y se acelera.
El compromiso es que cada mes y cada año sigan bajando tanto los homicidios como los delitos patrimoniales que afectan directamente a la ciudadanía. Hay retos pendientes, como la extorsión, pero ya existen una estrategia y una ley para enfrentarla.
No se trata de triunfalismo. La seguridad sigue siendo un reto permanente. Pero por primera vez en décadas México demuestra que sí es posible reducir la violencia cuando se gobierna con justicia social.
La Cuarta Transformación probó que invertir en la gente es la mejor política de seguridad; que abrazar a las y los jóvenes no es impunidad, sino prevención; que la paz se construye con oportunidades, no con miedo.
Lo que parecía imposible empieza a suceder. La esperanza dejó de ser un discurso y se convirtió en proyecto de nación. El liderazgo de la presidenta confirma que el rumbo es correcto. La transformación no es destino, es un camino. Y hoy, ese camino avanza con resultados, con logros y, sobre todo, con la convicción de que México merece vivir en paz.