¿Qué hacemos con el discurso de odio?

Hace años escribí un artículo sobre el discurso de odio en Estados Unidos.

Hace años escribí un artículo sobre el discurso de odio en Estados Unidos. Repito el tema, pero ahora, desgraciadamente, lo hago por lo que está pasando en México. Es evidente que desde el partido oficial Morena se ha promovido la intolerancia y animadversión hacia quienes piensen distinto, no importa lo que se piense.  

El Estado no debe ser neutral frente al discurso de odio, debe prevenirlo y, en todo caso, condenarlo. El problema que tenemos en México es que este peligroso discurso es promovido y expresado desde el poder mismo.

Debemos tener claro que este tipo de discurso es eficaz y debe ser denunciado para enfrentarlo con éxito. Para empezar, hay que identificarlo porque no está compuesto tan solo de expresiones políticamente incorrectas, sino que quienes lo promueven han cruzado la línea que divide la libertad de expresar ideas para pasar al discurso de encono.

El discurso político que estamos viviendo actualiza los supuestos por los que debe ser considerado un discurso de odio: se asocia con valores negativos atribuidos a personas definidas, en este caso, por su voto en contra de una reforma presentada por el Presidente, es decir, la razón es por la manera de pensar; además genera un clima social de hostilidad, rechazo, odio, intolerancia, insultos y difamaciones; y, finalmente, llama a justificar hasta la violencia verbal o física.

Se trata de un discurso eficaz porque es un atajo intelectual que no requiere argumentación, es una expresión simple y directa que no exige razonamientos intelectuales ni reflexiones morales.

¿Qué hacemos frente al discurso de odio? Identificarlo, denunciarlo para poderlo enfrentar con eficacia:

1) Identificado el discurso de odio, no debe ser repetido porque entonces, lejos de  enfrentarlo lo promovemos.

2) Hablar de lo que la gente de verdad necesita. En México, el problema es el costo de la vida que rebasa todas las realidades.

3) Privilegiemos la libertad de expresión y no seamos indiferentes a este discurso de odio, hay que denunciarlo; la indiferencia es la peor respuesta.

Hagámoslo para concentrar la voluntad de aquellos que consideramos que la dignidad de la persona y el respeto a la libertad son parte esencial de la democracia. Y si enfrentamos este mal y lo vencemos, entonces, lograremos ser una mejor ciudadanía que un día podrá darse la mano sin reservas.