¿Por qué se compran/venden los votos? ¿Cómo es que alguien decide, como estrategia de campaña política, comprar votos? ¿Cómo es que alguien decide vender su voto? ¿Es solo cuestión de oferta-demanda, de complicidad silenciosa?
Durante las campañas políticas, incluso hasta el mismo día de la elección, algunos partidos políticos empelan, como estrategia ilegal, la compra de votos. Para ello regalan dinero en efectivo y/o tarjetas prepago, “donan” material de construcción, despensas, una dotación de carne, pollos… a cambio de que los ciudadanos emitan su voto a favor de ellos, pidiéndoles como confirmación –gracias a la telefonía con cámara integrada – la foto del sufragio emitido.
En tal práctica se juega, por un lado, lo inmediato vs. lo a mediano y a largo plazo, por el otro, el del dinero contante y sonante, aquí y ahora, vs. las condiciones estructurales fundamentales que mejorarían las condiciones de vida de los ciudadanos. Las preguntas implícitas son: ¿Quieres que trabaje para mejorar las condiciones de tu vida de manera fundamental o prefieres que, aquí y ahora, te dé (tu) dinero y con ello, tú te compres lo que quieras? ¿En realidad crees que me interesa trabajar sostenidamente por un mejor proyecto de nación o mejor aún, cortemos camino y te doy dinero? ¿Acaso tú y yo no queremos lo mismo, dinero y poder? Terminemos con esta simulación, te compro tu voto.
Es una estrategia similar al experimento desarrollado en 1970 por Walter Mischel, llamado “Marshmallow test” (La prueba del malvavisco) el cual consistía en pedirle a niños y adolescentes que decidieran entre una pequeña recompensa inmediata o que esperaran un tiempo para recibir algo mejor. Dispuestos en una cámara Gesell, el investigador daba a los participantes la consigna y salía de la habitación, aguardando un tiempo, mientras observaba a través del espejo de visión unilateral, la reacción de los participantes: algunos de ellos sucumbían ante la tentación del dulce y finalmente lo comían, otros, resistían gracias a alguna estrategia, mientras había quienes simplemente permanecían indiferentes. Las reacciones fueron variadas. Uno de los hallazgos que se destacó fue la de aquellos que sin prisa tomaban el objeto (malvavisco, galleta, dinero) argumentando posteriormente, que no confiaban si lo que se les había prometido realmente se les cumpliría: “Esto lo tengo enfrente y seguro, lo otro que me prometieron, quizás no lo tendré nuca” Una especie de desesperanza aprendida en la interacción con aquellos adultos con quienes convivían, que muchas veces les habían refrendado su apoyo y finalmente los habían traicionado o abandonado. Por lo que “más vale pájaro en mano que ciento volando”
Lo que motiva a mucha gente a vender su voto, por un lado, es la desconfianza de que el político realmente trabajará por mejorar sus condiciones de vida, así que, si se les abre una oportunidad de “agarrar” algo que les están dando a cambio de su voto, no dudan en tomarlo, pues “algo es algo”. Por el lado del político, este sabe que nunca dará algo mejor y entonces coloca el “tapón” de lo inmediato, de lo efímero, el “pan y circo” de siempre. Así, ciudadanía y clase política, de manera cómplice perpetúan un binomio de “hacerse de la vista gorda” de corrupción y malos gobiernos, que van de la promesa-simulación del “ahora sí” a la misma situación de siempre; donde el voto se compra y se vende precisamente porque no se le da valor, ni al voto ni a la función del puesto al que se está conteniendo, reduciéndolo todo a un simple intercambio de dinero y poder, reproduciendo la pobreza, la perpetuación de las mismas condiciones que la generan (desempleo, injusticia, no acceso a la educación, a sistema de salud, etc.) a fin de utilizarla como plataforma para generar la esperanza en las siguientes elecciones.
Para construir una mejor opción, tanto ciudadanos como políticos, debemos renunciar a la inmediatez del poder y el dinero (que incluso cuando se recibe o gana, ya viene depreciado en su poder adquisitivo, ya es deuda para una persona y para una nación) para generar mejores condiciones de vida y gobernabilidad.
A menor pensamiento crítico, tanto en ciudadanos como en candidatos, menor proyección de un bien futuro a corto, mediano y largo plazo. Con lo cual se sucumbe ante lo inmediato del “pan y circo”. A menor fundamento político, mayores estrategias mediáticas a base de escándalo y entretenimiento. A mayor encarecimiento de bienes (materiales y educativos) más susceptibilidad de creer en “dimes y diretes” de las campañas, a vivir creyendo que todo lo que brilla es oro.
Mientras impere lo inmediato, habrá quien compre/venda hoy su voto, desestimando el futuro, sin saber que lo está dinamitando, con consecuencias terribles a todos los niveles y órdenes, justo como la pandemia del coronavirus lo ha mostrado a lo largo y ancho del mundo: el terrible abandono de las condiciones de vida (salud, educación, económicas…) necesarias para vivir con dignidad.