La finalidad de un análisis es crear un sujeto listo para todas las circunstancias
Jorge Forbes
Usamos un código (el idioma) que nos preexiste y nos es dado, sin embargo, el código nunca sabrá por qué caminos irá nuestra palabra. Ese es el triunfo del habla humana: sustentar de formas creativas un instrumento que posee una doble cualidad de pobreza-riqueza, que al tiempo que intenta nombrar lo posible, falla, pero, gracias a dicha falla, se aproxima a decir lo imposible.
“Los hijos son poesía” (Massimo Recalcati) en el sentido que, poseyendo un origen en sus padres (“un código”) son una transgresión y amplificación de este; su vida escribe versos propios, justamente como el habla y la poesía lo son del código. No hay poesía sin código, pero la poesía no está contenida en el código, sino más bien lo subvierte, lo transfigura, lo amplifica y recrea.
Durante un análisis el paciente hace la experiencia de las palabras que intentan nombrar al mundo y sus objetos, sobre lo que se vivió, lo que se recuerda, lo que se siente, sobre lo que se ha sufrido… a las palabras que tienen la cualidad de crear, que subvierten “el código”, amplificando los horizontes de vida para “…estar listos para todas las circunstancias”.
Una a una van desfilando las palabras intentando describir y expresar alguna experiencia, en una búsqueda por calcarla. Hasta que un día se advierte su imposibilidad, pues ellas poseen una lógica, ritmo y efectos propios: no somos nosotros necesariamente los que hablamos, sino hay algo que habla más allá de lo que Yo quiera decir. “El Yo no es amo en su casa” -ha dicho Freud, refiriéndose a la experiencia de Asociar Libremente durante un psicoanálisis (decir todo lo que venga a la mente, por más ilógico, sin sentido y vergonzosos) cuando el paciente abandona el control de lo que dirá y cómo lo dirá, abriéndose paso hacia el descubrimiento de la verdad sobre sí.
Los poetas y comediantes –entre muchos otros– nos muestran cómo crear cosas con las palabras, haciendo un uso inédito de las mismas, para poder, no solo decir, sino realizar lo imposible: pasar de la tragedia a la comedia, ver algo que no se podía ver previamente, lograr realizar un sueño, y por ello mismo, imposible. De la misma forma opera el arte de lo imposible en el desarrollo científico y tecnológico, y de la acción política.
Poetar se refiere al acto de crear cosas con las palabras, amplificando sus horizontes semánticos y creativos, al grado que una persona pueda modificar su vida. Desprenderse de la suposición limitativa del lenguaje como un mero código referencial, de “Así son las cosas y punto”, para transformar los referentes, trastocando sus lógicas y alcances. De forma práctica, podríamos decir, la persona logra cambiar sus referentes y su realidad, gracias a la acción de la palabra que crea. No en un sentido mágico, como el que proponen algunos programas de superación personal y desarrollo humano, sino en sentido de un cambio ético: la persona modifica su relación con la palabra, por ejemplo, pasando de la palabra-queja a la palabra-creación, palabra potencia que, justamente, porque se sabe limitada para poder decirlo todo, es que logra todo, “…lista para todas las circunstancias”. Y con ello se consigue transitar de la impotencia a la realización de lo imposible, dando una sensación de adaptabilidad ilimitada, por lo tanto, un aumento de creatividad y felicidad, a quien sustenta dicha posición. No de manera fácil ni ingenua, sino contemplando y asumiendo todos los riesgos que implica no esperar garantías absolutas en alguien o algo. ¡Listos para todas las circunstancias!