Pegaso

Hace tiempo, mientras buscaba información sobre revistas literarias, di con una muy particular. Se llamaba Pegaso

Las ciudades son ruinas en constante renovación. Cada piedra apilada esconde a la otra y la empuja hacia abajo. Hoy habitamos la casa que fue de alguien más, y mañana seremos el fantasma preso entre estas cuatro paredes; y, de la misma manera, transitamos ahora por las calles que otros más recorrieron ayer, trazando una infinita e invisible telaraña de historias y sueños.  Lo mismo pasa con la literatura, cada obra nueva sepulta y resignifica a la anterior. Hace tiempo, mientras buscaba información sobre revistas literarias, di con una muy particular. Se llamaba Pegaso y ostentaba como subtitulo Revista Ilustrada. Supongo que lo que llamó mi atención fue, de entrada, el diseño Art Nouveau, e, inmediatamente después, el   grupo de escritores que aparecía en su directorio.

Enrique González Martínez, el poeta que había versificado el acta de defunción del modernismo, creó en 1917 la revista Pegaso, en compañía de Ramón López Velarde y Efrén Rebolledo. Como toda publicación  literaria de corte periódico  (semanal, para más señas), Pegaso no sólo era un proyecto estético, sino también político. En este caso concreto, el hebdomadario representaba una estrategia para reposicionar a un grupo de escritores desperdigados  (y censurados) por los vaivenes de la Revolución; muchos de ellos, comenzando por el director, habían participado en el gobierno de Victoriano Huerta y cargaban sobre sus espaldas el estigma de ese error. No fue la primera publicación periódica de corte artístico y cultural de aquella época revuelta: en 1916 habían aparecido Gladios y La Nave, ambas  de breve existencia (La Nave, por ejemplo, sólo duró un número, aunque, eso sí, de gran calidad literaria).  En 1917, México iniciaba un nuevo proyecto político (y estrenaba constitución): la cultura también se estaba reorganizando. Los escritores que habían sobrevivido gracias a los oficios de la prensa (primero durante el porfirismo, luego en los días de gobierno de Madero), se vieron de pronto ante una nueva realidad y optaron por reinventarse. La experiencia del "fracaso" de  Gladios (dedicada a las artes y la ciencia) y de La Nave sirvió como ejemplo de lo que no se debería de hacer. Eran tiempos diferentes: más dinámicos y visuales. Resultaba urgente crear nuevos lectores.

Tal vez por ello, el primer número de Pegaso abrió con una crónica de López Velarde sobre la calle Madero de la ciudad de México: "no flota en ella, ciertamente, el olor de santidad; pero tampoco escasean los honestos vehículos", describía el poeta zacatecano, para luego confesar que en  uno de sus cafés había conocido a Salvador Díaz Mirón. La avenida, ya no era aquella Plateros que cantó el Duque Job (pasarela de moda y de los nuevos comportamientos:  ventana al mundo moderno), sino una ruidosa vialidad poblada de autos. La nueva publicación era una forma diferente de mirar a la ciudad y al país: "Pegaso vuela sobre la avenida", concluía el autor de la Suave Patria, pero el viaje del potro alado no se detenía ahí:  en sus páginas se daban notas y noticias  sobre cines, teatros, actividades deportivas, traducciones (Francis Jammes era autor predilecto de aquellos días); se reporteaban los sucesos  sobre la gran guerra, se daban lesiones de  historia del arte colonial y se advertía de las novedades bibliográficas. Era, en su conjunto,  una extraordinaria forma de reinstaurar a la literatura en el nuevo espacio público. Además:  desafío de la forma y ejercicio de estilo para estos escritores que retornaban del ostracismo. 

Mucho tiempo  después, al publicar el segundo volumen de sus memorias: La apacible locura (1951), González Martínez recordaría con nostalgía los días en que tenía que escribir para periódicos y revistas: "El brevísimo meditar sobre el asunto elegido, el sentarse frente a la máquina de escribir y echar de un tirón cuanto se lleva dentro, sin pausa para el aliño, con tiempo apenas para un leve retoque o una corrección minúscula mientras el linotipista está sediento de original y el jefe de redacción enfermo de impaciencia, son escuela de espontaneidad, antídoto de lo libresco, estímulo del pensamiento claro y de la forma fácil". 

Hoy recuerdo Pegaso no sólo como un testimonio de nuestro pasado literario, sino como una  gran lección de conducta ante la adversidad.