No hay uno sin lo otro

No existe el equilibrio sin movimiento, sin punto de apoyo. Tan necesarios los unos como los otros

Una pelota sale volando, unos niños la persiguen a toda velocidad, no obstante, se les escapa y finamente la pierden de vista. Uno culpa a quien le ha pegado a la pelota, reclamándole con palabrotas, mientras otros simplemente ríen, quizás porque están advertidos que es parte del juego, las pelotas son animadas por las patadas de los jugadores, quienes las dotan de vectores, algunos erráticos y otros precisos, trazando sus trayectorias sorpresivas y sorprendentes.

Cuando se juega de verdad, es decir, cuando el juego no está arreglado, el ganar siempre implica el riesgo de la pérdida. No podría ser de otra forma. La discontinuidad de la vida y de los seres marca las reglas justas para todos, precisamente porque se sabe que ya en el desarrollo del juego, algo no calculado sucederá. Y eso es justamente el juego: una confrontación con eso que no se puede calcular ni prever, ni desterrar de la vida.  

Una persona, que mira la escena desde lejos, exclama: “Oh, eso no habría sucedido si en lugar de una esfera, hubieran estado jugando con un cuadrado, un cubo para ser más exactos”. Otra más, quien no ha podido evitar escuchar, le replica: “sí, pero entonces, ¿cómo jugar? Girar es inherente a la esfera, no hay uno sin lo otro: para que ruede, para que se deslice por las superficies, es necesario que no tenga esquinas, que esté vacía, o más bien llena de aire; forma parte de la esencia de las pelotas, poseen la cualidad y el riesgo de que giren y giren, que se desaparezcan de nuestras miradas, que se pierdan, que sigan su curso a pesar de nuestros esfuerzos”.

No existe el equilibrio sin movimiento, sin punto de apoyo. Tan necesarios los unos como los otros.  Sucede también con la vida: no se puede vivir sin el riesgo de la muerte, sin la certeza de que un día moriremos. Comenzamos a morir desde el momento mismo de nuestro nacimiento. “Vamos muriendo la vida al tiempo que viviendo la muerte” (Hegel). Por ello, de cierta forma, amar a alguien es al mismo tiempo temer su inevitable pérdida, para muchos, sufrir anticipadamente. Amar es saber perder, regalar a los hijos algo que no deseamos, su muerte. Pero también, al mismo tiempo, la vida, no solo la vida del respiro, de la supervivencia, sino la vida de la vida, de la pasión, del amor y del deseo, de la creatividad y de lo nuevo. ¡Oh, que misterio tan insondable!   

Como lo expresó Freud en su ensayo titulado “La transitoriedad”, la brevedad de la vida y los seres vivos no opaca para nada su belleza, sino al contrario, la exalta y amplifica. La vida humana no es triste u opaca, poca cosa, por el hecho de ser breve, sino al contrario, es sublime, por el hecho de ser breve, porque no solo a pesar de ello, sino justamente a causa de ello, subvierte el tiempo y las épocas, trasciende con sus inventos, por la creatividad y la invención, por el equilibrio en el caos, porque no existe uno sin lo otro. Justamente, como no hay locura sin cultura, ni llanto sin alegría y carcajadas, no hay luz ni redención sin abismos y ocasos, sin pérdidas, ni crisis. 

Quizás, una cosa que las generaciones que han “patologizado” cualquier forma de esfuerzo y sacrificio, nunca podrán disfrutar, es lo que en ese contexto límite se puede inventar, descubrir de lo que podrían ser capaces, ahí donde no se sabe que hacer, donde no hay más garantías, donde no hay más camino y brújulas, y entonces se inventa, donde el amor y la pasión son las únicas armas a disposición, donde se está dispuesto a “girar” cual esfera, donde el coraje no es negación del miedo, sino una respuesta consciente ante el mismo, donde a pesar de todo, no se renuncia ni retrocede.