Tengo que admitir que llevo a Monterrey en mi corazón, aunque nací en Montemorelos, Nuevo León, apenas terminé la secundaria y con tres lustros de edad, emigré a esta hermosa ciudad. Quiero pensar que emigrar a esa edad es decisivo para que la persona simplemente se enamore del lugar nuevo de residencia, y eso fue lo que me pasó.
Tal vez la anterior idea parezca normal, considerando la belleza de esta ciudad, sin embargo, junto con mi familia nos instalamos, en una situación económica precaria, en un barrio, entonces, poco desarrollado en cuanto a infraestructura. El material de la casa donde habitamos era de madera, lo cual, para los estándares sociales, era sinónimo de pobreza. Además, era un terreno muy pequeño donde vivíamos mis hermanas y hermanos, junto con mis padres. Pero eso no fue impedimento para que disfrutáramos de las nuevas experiencias y vivencias que nos ofrecía una metrópoli.
Probablemente el amable lector o lectora se preguntará por qué dejamos una ciudad tan bella como Montemorelos, y la respuesta no es fácil, en las comunidades aledañas a la cabecera municipal, la vida social es muy afable entre los buenos vecinos y familiares, pero, también los hay que pueden ser hostiles o violentos. La venganza era un aspecto que primaba entre los habitantes que en violentas querellas perdían a un familiar y buscaban cobrar factura. Ocurrió que mataron, en un pleito, al tío Carlos, un hermano de mi papá. Así que éste, sabiamente, prefirió huir de ese ambiente donde podría haber mayor derramamiento de sangre, considerando que mis hermanos mayores ya eran adultos jóvenes y, todos ellos, valientes y decididos, así que mi papá Toribio, optó por lo más sano, alejarse de ese clima social violento.
Creo que hizo bien, aunque lo reconozco, me gustaría haber continuado mis estudios e iniciar mi vida profesional en una ciudad pequeña y dinámica como Montemorelos. Pero no se pudo, y el contexto social nos trajo a la capital del Estado.
Mis hermanos mayores se instalaron y comenzaron a trabajar en diferentes oficios, ellos se formaron totalmente en la comunidad de San Agustín de los Arroyos, así que su alma era campirana cien por ciento, amaban la cultura del rancho, portaban sombrero y botas en la ciudad. En mi caso, la cultura urbana me absorbió más rápidamente, nunca he vestido vaquero, siempre de manera formal, muy adaptado a los convencionalismos sociales propios de la vida urbana.
Estudiar en una preparatoria nocturna me aproximó a una cultura política propia de los trabajadores, además, era yo mismo un empleado de una compañía transnacional como lo es la General Electric. Así que las teorías críticas que leía y aprendía en los libros, pronto me vi reflejado como un sujeto social de la clase trabajadora, es decir, tome conciencia de clase, lo que me empujó ideológica y políticamente a una lucha de clases muy vigente en ese tiempo de la Guerra Fría.
Como parte de mi formación universitaria he tenido la oportunidad de conocer muchos países del mundo, lo cual ha sido algo que he disfrutado muchísimo, los viajes han representado para mí un sueño cumplido, aunque debo confesar que aún me faltan muchas ciudades y lugares que quisiera conocer.
Hace poco llegó mi nieta Carolina y compramos una pizza, mientras comíamos algunas rebanadas con pepperoni, me preguntó: ¿Y tú nonno, si no vivieras en Monterrey, en qué otra ciudad te gustaría vivir? La verdad, no supe responder porque nunca me lo había planteado, para mí Monterrey siempre ha sido mi única opción de residencia, y más ahora que estoy jubilado, las raíces se vuelven más profundas y el sentimiento de arraigo más pesado.
Para salir un poco del paso, le aseguré que sí había tenido en mi experiencia de vida, la posibilidad de experimentar qué se siente vivir en otra ciudad, le expliqué que me tocó estudiar en el extranjero, y viví junto con mi linda esposa María Luisa y mis dos hijos, durante varios años en Inglaterra, específicamente la ciudad de Brighton, en Sussex, al sur de Londres.
Creo que el nivel de arraigo en Brighton fue importante, porque todavía es fecha que mis hijos que estudiaron y convivieron allá con muchos nuevos amigos, se volvieron fanáticos de los Seagulls, el equipo de futbol de la localidad, y es fecha que aún siguen sus partidos y se emocionan tanto como si estuvieran viendo jugar a los Tigres.
Para rematar quise impresionarla un poco más, comentándole que ya en Monterrey, con mi título inglés de posgrado, recibí ofertas para trabajar en universidades al norte de los Estados Unidos, pero las rechacé considerando a la Universidad Autónoma de Nuevo León, como mi preferencia laboral más importante.
Inmediatamente observé cómo hacía ella sus conjeturas y razonamientos lógico deductivos, y me puso a prueba inmediatamente con una pregunta tras otra. En la primera señaló: “¿No te gustaría vivir en Austin o San Antonio, Texas?”, al observar que no estaba tan emocionado con ello, insistió, “¿Bueno qué tal Montreal, en Quebec?”, tampoco obtuvo un gesto que le ayudará a pensar que realmente podría interesarme, así que volvió a la carga: “¿Qué tal Santiago de Chile…, y… Buenos Aires? Finalmente llegó a una conclusión total: “¡Para ti sólo Monterrey es importante!”. Asentí con humildad.
Mi nieta Carolina es insistente, así que recordó que alguna vez comenté que me gustaría vivir en un lugar fresco donde hubiera montañas con extensa vegetación, pinos enormes, que lloviera todos los días, con muchos ríos y lagos y que las olas del mar también pudieran escucharse. Le di la razón, alguna vez dije eso como parte de un comentario sobre los escenarios naturales y urbanos ideales. Pero ella en su razonamiento sistemático, llegó a una conclusión: “Entonces tu lugar favorito, después de Monterrey (tuvo que aceptarlo), es la ciudad de Vancouver, que tiene todo lo que pides para vivir, posee el escenario completo y perfecto para ti…”.
Me percaté que respondí un poco sorprendido cuando dije: “Es que Vancouver está muy lejos, además está en British Columbia, y allá hace mucho frío, hay hasta glaciares…”, insistí tratando de fortalecer mi punto de vista. Observé que no la convencí muy bien, al contario, ella había hecho un trabajo de argumentación impecable, así que tratando de mediar un poco, respondí: Bueno, British Columbia sí está muy lejos, pero qué tal si este fin de semana vamos a Arteaga, aquí cerquita de Saltillo, invitamos a toda la familia y nos hospedamos en una de las cabañas al pie de la Sierra de Coahuila…; luego rematé con una frase reveladora: Es lo más parecido que tenemos a British Columbia, ¿no, crees?... Vi que sonrió y supe que había aceptado la invitación.