!Vaya inicio de año! Será que siempre ha sido así o verdaderamente este inicio del 2026 ha sido más terrible a otros años. A los problemas de siempre se les han añadido accidentes fatales, catástrofes naturales, migración forzada, guerras, muerte, destrucción...
En cuestión de milisegundos las noticias viajan por todo el mundo, imposible permanecer indiferente. Por un lado, está el sufrimiento de quienes participan directamente de lo que sucede y aquel de aquellos que, de manera indirecta, padecen a la distancia. Curiosamente, como lo investigó a detalle Sigmund Freud, las personas que se declaran más afectadas, a menudo, no son quienes viven directamente dichos eventos, sino quienes los padecen de manera indirecta. Es el caso de las personas que se conmocionan por el "bombardeo" de la información, la infodemia –como le han bautizado algunos– que, en algunos casos y guardando las respectivas diferencias, no se trata necesariamente de una genuina empatía, sino de "subirse al tren de la catástrofe" para sufrir lo ajeno y distraerse de lo propio, una defensa contra los propios problemas. En ese sentido, una forma simple de enfrentar la preocupación por lo que sucede en otras regiones del mundo es empezar por lo más inmediato, el buen juez por su casa empieza. Esto no quiere decir que para cambiar el mundo hay que ingenuamente comenzar por arreglar el propio cuarto o que lo que sucede en otras partes no importa ni afecta a toda localidad, ya que "ojos que no ven, corazón que no siente", ya que, en un mundo globalizado, todo está, de alguna manera, conectado, sino de no caer en la tentación neurótica de sufrir lo ajeno para no sufrir (ni enfrentar) lo propio. "Es común que el quejoso se valga de la nobleza de las reivindicaciones sociales justas para enmascarar su exagerado amor propio" (Jorge Forbes).
El medio en el que vive el ser humano es incierto. Esto no es un defecto de un país o grupo de personas, sino una característica de la condición humana. Lo raro es creer que alguien o algo posee las garantías de que todo va a estar bien. Esto no es, ni ha sido jamás el fundamento de la vida humana. Lo que ahora se aprecia, a diferencia del tiempo de la pandemia de Covid-19, es que la población padece los caprichos de quienes se juegan la articulación de un nuevo orden mundial, como si ciertos gobernantes comenzaran a funcionar más como youtubers e influencers que como jefes de Estado, quizás porque desafortunadamente entendieron muy bien que su popularidad se capitaliza, no tanto por los votos, sino por los efectos de las redes sociales, por el impacto de la fascinación horrorizada/escandalizada o por la explotación del hartazgo que desea ver en todo lugar un despliegue bélico que derrame sangre, una especie de coliseo romano postmoderno, donde se cree que todo esfuerzo político e institucional se reduce a espectáculo y negocio, el show del entretenimiento al más puro estilo de los juegos del hambre.
Para lidiar con la incertidumbre sin morir en el intento se requiere colocarse de manera creativa, entusiasta y responsable ante lo que sucede. No se trata de una posición ingenua que niega el sufrimiento, lejano o inmediato, con una sonrisa absurda, sino una posición ética caracterizada por la responsabilidad de la propia existencia y respuestas frente al horror del mundo, que, avivados por una fuerza diferente, la fuerza del deseo, logra realizar lo imposible, en articulación con los demás, sin pretensiones de conquista o dominio, sino de unión y colaboración, de lazo y colectividad, no sólo con lo semejante de la igualdad (formas de pensar, sentir, hacer...) sino, precisamente con la diferencia, incluyéndola, sin transformarla en chivo expiatorio, ni en sufrimiento para otros o para sí, sino de esa diferencia de la que yo para el otro también formo parte, aquella necesaria en un mundo global, diverso y cambiante.
Lidiar con la incertidumbre también incluye el detenerse, hacer pausas, saber que aquella vorágine con sabor a FOMO (Fear of missing out= miedo a estar ausente, a quedar fuera, a perderse de algo... ¿divertido? ¿terrible? ¿famoso?) también puede funcionar como un imperativo categórico, una especie deber moral del sacrificio a la exposición de lo más inaudito, donde las personas sienten que no pueden dejar de ver, de saber, sin interrupciones, respiros y pestañeos, ya que en eso se les puede ir la vida. De ahí que una forma de densa sea detenerse, desconectarse, distanciarse un momento, reivindicar la propia vida, el deseo y, sobre todo, el propio tiempo, su ritmo singular.