Hay una nueva configuración en las relaciones internacionales. Tres potencias, China, Estados Unidos y Rusia definen las reglas, reinterpretan el derecho internacional a conveniencia y desplazan a organismos multilaterales que hoy lucen incapaces de equilibrar intereses o contener abusos. En este escenario, los países que no cuentan con poder estructural, como México, enfrentan una realidad incómoda: adaptarse, quedar marginados o actuar con inteligencia. La diferencia entre una cosa y otra depende, en buena medida, del tipo de liderazgo que tengan.
Donald Trump encarna una forma de liderazgo autoritario y transaccional que ha acelerado este cambio de reglas. Su visión del mundo no reconoce alianzas estables ni instituciones comunes, solo relaciones de poder. Aranceles, amenazas y presión política y económica forman parte de un método que privilegia el interés inmediato de Estados Unidos sin matices ni responsabilidad global. Trump no solo intenta normalizar esta lógica, sino que la presenta como modelo, empujando a un orden internacional más rudo, menos predecible y profundamente desigual.
Frente a este contexto, algunos liderazgos han optado por la claridad en lugar del espectáculo. El discurso de Mark Carney, primer ministro de Canadá, en Davos fue relevante precisamente porque rompió con narrativas cómodas que durante años se aceptaron como verdades incuestionables. Carney habló del agotamiento del sistema internacional actual, de la necesidad de abandonar la idea de una cooperación automática y, en muchos casos, subordinada, y de la urgencia de fortalecer las capacidades internas de los países como condición para una relación internacional más equilibrada. No propuso aislamiento, sino cooperación desde la fortaleza y no desde la dependencia.
Esta postura deja en evidencia el verdadero desafío del liderazgo político contemporáneo. Ya no basta con administrar crisis ni con repetir consignas heredadas de un mundo que dejó de existir. Gobernar hoy exige competencia técnica para entender un entorno global hostil y cambiante, y exige honestidad para explicarlo sin simplificaciones ni relatos tranquilizadores. Sin una sociedad informada y cohesionada, no hay política exterior viable. Tampoco la hay sin liderazgos íntegros y realistas.
El caso de México resulta particularmente ilustrativo. El liderazgo de Claudia Sheinbaum se mueve entre presiones externas crecientes, especialmente de Estados Unidos, y una narrativa interna que evita reconocer con claridad los límites y riesgos que enfrenta el país. En el plano internacional, su gobierno parece más reactivo que estratégico, condicionado por la relación con Washington y por afinidades ideológicas con gobiernos abiertamente confrontados con Donald Trump, lo que reduce el margen de maniobra. En el ámbito interno, se prioriza la consolidación del poder político y la continuidad del proyecto de Morena. Al mismo tiempo, se minimiza o se elude la magnitud de problemas estructurales como la violencia y el control territorial del crimen organizado, entre otros.
Esta estrategia discursiva privilegia la certidumbre política sobre la claridad social acerca de los desafíos reales y una visión de crecimiento. El resultado es una erosión de la confianza ciudadana y una menor capacidad del país para prepararse frente a un entorno internacional cada vez más agresivo. Sin verdad hacia dentro, no hay firmeza posible hacia fuera. Se necesita alineación de narrativas, visiones y recursos operativos.
Sin duda, los estilos de conducción política han evolucionado, no siempre para bien. Siempre han existido formas de poder que abusan del control de los recursos para imponer su influencia. Otras han privilegiado la seducción emocional y el impacto del discurso por encima de la responsabilidad. A ellas se han sumado expresiones más recientes que utilizan las redes sociales para banalizar la política, reducirla a espectáculo y avanzar en la carrera pública subestimando la inteligencia de la ciudadanía. En un mundo más incierto y menos reglado, ese tipo de liderazgo no solo es insuficiente, sino peligroso.
Hoy se necesitan líderes competentes, con visión y, sobre todo, capaces de inspirar confianza. Gobernar no es producir ruido mediático ni administrar símbolos. Es hablar y reconocer la verdad, aunque incomode, explicar el contexto con seriedad y construir fortaleza interna en la sociedad para poder actuar con dignidad y eficacia hacia el exterior. En un orden internacional cada vez más áspero, el liderazgo no se mide por el volumen del discurso, sino por la claridad que ofrece y la confianza que logra sostener.
Leticia Treviño es académica con especialidad en educación, comunicación y temas sociales, leticiatrevino3@gmail.com