"Pensamos que pensamos con nuestros cerebros, pero personalmente yo pienso con mis pies"
Jacques Lacan
Mientras el mundo convulsiona a causa de guerras, abismales desigualdades sociales, catástrofes ecológicas, ascenso al poder de ideologías de extrema derecha, migración forzada y una clase política que parece desconocer en lo más mínimo el principio que fundó su quehacer: la búsqueda del bien común, el mundo asiste a una contienda deportiva internacional, el mundial de fútbol.
"El mundo unido por un balón" fue el slogan del Mundial de fútbol de México 86. Y hoy, he aquí que 48 selecciones se unen a lo largo y ancho de Canadá, Estados Unidos de Norteamérica y México, los tres países sede, para medir sus capacidades futbolísticas. Que gane el mejor, que gane aquella selección capaz de conseguir los goles, claro, pero además que lo pueda realizar con respeto y honor. Nada es más deshonroso para el deporte que un triunfo conseguido a base de la deshonestidad del jugador y del dudoso arbitraje. En este contexto, como en todos los del acontecer humano, jamás es válido el "Haiga sido como haiga sido".
En este momento histórico no es para nada poca cosa poder vibrar con un partido de fútbol, apoyar a la propia selección, aquellos colores que representan algo que rebasa las palabras, en un mundo que suele elegir más la confrontación y el ataque que al diálogo, el respeto y el consenso, la injuria a la colaboración, la competencia con honor y legalidad.
Seguir con atención los ires y venires del balón, en un deporte que se juega con los pies, pero sobre todo con táctica y corazón, es una verdadera fiesta, algo que interrumpe el automatismo de las vidas y pone en juego la articulación de la pasión y la estrategia. Los futbolistas y equipo técnico son, entre otros personajes, como los científicos y los artistas, quienes aún sustentan con honor y dignidad los valores de la disciplina y el esfuerzo físico y mental orientado a vivir una competencia inspirada y enmarcada por legalidad y el respeto por el rival. Es por ello por lo que un deportista —como un científico o artista—no puede sostenerse en la simulación: o es o no es, el talento, como el amor, no se pueden fingir. Jamás hay que olvidar que los niños y adolescentes admiran a sus jugadores, desean ser ellos, no sólo por la fama y el dinero, sino porque encuentran en sus héroes futbolísticos un testimonio de vida, algo que todavía logra sustentar un sentido en la vida; una vida y oficio que nos recuerda que nadie triunfa o se salva solo, sino en equipo, colectivamente. Por lo que es importante tener en cuenta que la cancha del campo de juego es una, pero también existen otras tantas en los diferentes lugares y rincones del mundo, aquellas donde se juega la vida, aquellas simples y cotidianas fuera de los reflectores de las casas, escuelas y lugares de trabajo, donde transita la gente común lidiando con sus luchas en el día a día, y que ahora, durante el mundial de fútbol, logran identificarse con algo de la vida de la vida del fútbol, a fin de poder portar algo de esa vida a su acontecer diario. Esa es la magia de la pasión por el fútbol —como sucede también con las ciencias y las artes— conseguir contagiar algo de esa fuerza generadora del deseo en las vidas de los fanáticos que asisten y construyen, presencial o a la distancia, esa gran contienda deportiva.