La identidad como resistencia

Porque ser latino no debería ser motivo de expulsión, ni afuera ni en casa

El libro Desde el jardín de Jerzy Kosinski, publicado en 1970, narra la historia de Chance, un jardinero analfabeto y de capacidad intelectual limitada que ha pasado toda su vida cuidando el jardín de una casa. Tras la muerte de su empleador, se ve obligado a salir al mundo exterior, donde sus frases simples sobre jardinería son interpretadas por políticos y empresarios como profundas metáforas económicas y sociales, al grado de considerarlo un posible candidato a la presidencia de Estados Unidos. La novela es una sátira sobre la facilidad con la que se construyen liderazgos y se atribuyen significados profundos a discursos simples, a partir de proyecciones ajenas que funcionan como un espejo.

Algo similar vino a mi mente al observar las distintas interpretaciones que se han hecho del espectáculo que Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny, llevó al escenario del Super Bowl 2026, el evento televisivo más importante de Estados Unidos. Para muchos, fue una reivindicación explícita de la identidad latina y una forma de protesta frente a la política migratoria impulsada por Donald Trump. Para otros, la emergencia de un líder social con un lenguaje simbólico y una capacidad de influencia amplificada por su alcance musical. Para el propio artista, pareció ser, ante todo, una celebración, una fiesta desde la cual recordó elementos de su cultura puertorriqueña y compartió ideas como el amor, la unidad y el logro personal. "Qué rico es ser latino", expresó.

Más allá de las interpretaciones, el espectáculo dejó al descubierto una realidad concreta: la identidad como resistencia, especialmente en el contexto de persecución migrante que se vive hoy en Estados Unidos.

El antropólogo Jorge Duany ha señalado que las identidades culturales de las poblaciones migrantes se mantienen activas fuera del país de origen gracias a la memoria, las prácticas sociales y las redes comunitarias. 

Según datos de 2024, en Estados Unidos viven 68 millones de personas de origen latino, uno de cada cinco habitantes. Su peso es innegable, tanto en lo demográfico como en lo económico, pues representan cerca del 15 por ciento de la economía nacional. Y, aun así, continúan siendo uno de los grupos más vulnerados y estigmatizados, blanco recurrente de discursos de exclusión. Las políticas migratorias actuales han vuelto a colocar a la población migrante, especialmente a la latina, en el centro de la confrontación política. El accionar de la Immigration and Customs Enforcement, ICE por sus siglas en inglés, se ha vuelto más visible, más violento y abiertamente ideológico. El mensaje es claro: control, miedo y deshumanización. A ello se suma un discurso de nacionalismo exacerbado que parece exigir a los migrantes la adopción plena de la cultura dominante como condición de pertenencia.

Desde esa perspectiva, el espectáculo de trece minutos fue deliberadamente intrusivo en la cultura norteamericana, en el mejor sentido. En el corazón de un fenómeno tan estadounidense como el Super Bowl, su despliegue fue una intervención necesaria. En ese espacio, el acto funcionó como una afirmación de presencia, utilizando el lenguaje y los símbolos latinos dentro de un escenario históricamente ajeno. Resistencia emocional que protege.

Independientemente de su calidad musical de Benito, un debate legítimo, lo relevante es que utilizó el poder simbólico de esa plataforma para expresar lo que millones de personas no pueden decir públicamente por falta de medios, visibilidad o protección. Recordando a McLuhan, el medio fue el mensaje. Mostró que es posible vivir lejos del país de origen sin renunciar a la identidad ni a la dignidad, y sugirió que América no es un solo país, sino un continente compartido.

Como todo acto cultural de gran escala, el espectáculo admitió múltiples lecturas. Para algunos, solo confirmó el folclore con el que suelen reducir a la cultura latina. Para otros, fue un recordatorio de que lo latino no es una nota al margen de la cultura estadounidense, sino una de sus fuerzas vivas.

Queda, sin embargo, una tarea pendiente: reconocer que la identidad no solo es violentada en los países de destino, sino también en los de origen, donde grupos criminales, desigualdad estructural y gobiernos incapaces u omisos obligan a millones de personas a migrar. Defender la identidad implica también nombrar esas violencias. Porque ser latino no debería ser motivo de expulsión, ni afuera ni en casa.

Leticia Treviño es académica con especialidad en educación, comunicación y temas sociales, leticiatrevino3@gmail.com