Soltar, despedirse, es cuestión de tiempo. Dejar de respirar que se escape el último aliento, en el que se van de nosotros esos 21 gramos del cuerpo que dicen que es el alma. Después de vivir en ese cuerpo por casi noventa años, está cansado, algo lastimado. Debe rendirse, dejara de luchar. Llegó el momento del último adiós.
En los días finales de este difícil año me llegó esta reflexión; al saber que “la abuela Cuca”, abuela de Isadora, mi mujer, después de varias semanas hospitalizada, de salir y entrar a terapia intensiva, de ser trasladada de un hospital a otro, e inclusive de haber vencido a el COVID, algo en ella pareciera que aun quiere luchar.
A pesar de los esfuerzos médicos y de la propia lucha de la abuela Cuca por vivir me pregunto… ¿Cómo ganar la batalla a la muerte? ¿Cómo robarle más tiempo a la vida? “La abuela Cuca” está en esa lucha final queriendo detener algo, pero los segundos se escapan de su vida. Le dicen a mi mujer que es cuestión de días; busca aviones para volar a la CDMX, donde esta hospitalizada y encuentra un vuelo para los ultimos dias del 2021.
Esa mañana nos preparamos para ir rumbo al aeropuerto. Vamos un poco tarde, intentaremos “ganar tiempo” al ir por la autopista de cuota. El celular de Isadora no aparece. Al ver el mío, tengo una llamada perdida de su mamá. Al marcarle me entero de que ya no hay prisa, que desgraciadamente el tiempo ya se detuvo para “la abuela Cuca”, que falleció en la madrugada del 28 de diciembre.
El silencio nos acompañó por todo el camino hacia el aeropuerto, será quizás para Isadora el viaje más largo que haya hecho de tan solo una hora y media por el cielo. Buscará en las ventanillas del avión a su abuela en alguna nube, turbulencias de recuerdos que le llegarán de esas navidades y vacaciones que vivió desde niña en casa de “Cuquita”. Iba con la ilusión de tomar su mano, acariciar su rostro, darle el último beso; pero llegará a dar y recibir abrazos de condolencias en el funeral.
Ahora sus hijas, sus nietas, su familia… tienen que aprender a soltar, dejar ir un poco de su dolor por la venta de sus almas, que el sabor salado de sus lágrimas corra por sus rostros, que se vuelvan a reunir en casa de “la abuela Cuca” como lo solían hacer a despedir el año, navidades y veranos , porque cada vez que Pilar, Carmen, Socorro, Ana y Lourdes, sus hijas, estén juntas, de alguna manera se sentirá su presencia.
Al final quiero creer que “la abuela Cuca” no perdió la batalla, solo soltó esos 21 gramos que la hicieron muy ligera y el alma se escapó del cuerpo para burlar la muerte, para ser eterna, con el último suspiro la llevaría hasta el firmamento a convertirse en una estrella. Ojalá que Isadora que vendrá de regreso de noche descubra por la ventanilla del avión esa estrella y pueda sentir la caricia de su mano, percibir el beso el último que intento darle a “la abuela Cuca.”