Indolencia

Los niveles de rudeza han aumentado en nuestra sociedad regia

Quizá por la falta de vegetación en términos ambientales, por la mala alimentación tan rica en carbohidratos y baja en proteínas y desbalanceada socialmente porque unos comen como reyes mientras otros, la mayoría de los ciudadanos, apenas comen, o por la repercusión de afectos mal ubicados en términos sicológicos, los niveles de rudeza han aumentado en nuestra sociedad regia.  

Y de indolencia. Y la ausencia de solidaridad. Y la parsimonia. Y los buenos modales. Cuando antes, mientras las personas después de la faena se sentaban en sus mecedoras en busca del merecido reposo, saludaban no sólo a los vecinos sino a quienes pasaban por la acera y devolvían el saludo. Ahora no. Ni hay mecedoras ni la gente saluda, al contrario, gritan: quítese de ahí viejo bofo.

Vas manejando por el centro de la ciudad, digamos de Aramberri a Colón por Félix U. Gómez y la larga fila de autos detiene tu paso, además de los semáforos que siempre están en rojo por la falta de sincronización y por el embudo que forma el Metro, construido por Rodrigo Medina, en Madero frente a la Escuela Alvaro Obregón. Y apenas se pone en verde el semáforo y ya te pita con frenesí el de atrás. No sabe, su cerbero no le permite aclarar que mientras metes el pedal y el cambio pasan tan sólo cinco segundos. Pero su indolencia y quizá también el sofoco, sale a relucir. Y para qué el apuro, si en la siguiente cuadra lo va a detener el semáforo en rojo. La falta de buenos modales. 

Y la indolencia del gobierno, mejor, de los gobiernos. La ciudad, al menos su primer cuadro, está carcomido de baches. Y no hay autoridad que remedie el asunto. La indolencia. Al político o a los políticos poco le importa la incomodidad de las personas. Ellos están a salvo. Con todas las comodidades. Y si el auto que conduce al mero mero se descompone en un bache, no hay problema, el Ayuntamiento, el Gobierno, lo reparará sin costo alguno para el transportado. No es así para el ciudadano común. Y poner una demanda al Ayuntamiento o al Gobierno, es posible, la ley lo faculta, pero nunca nunca nunca habrá una respuesta positiva. O si la hay, pasarán 10 o más años. 

El gobierno indolente. Largas filas, filas de cuatro a más cuadras de personas esperando el camión, en la madrugada o en la noche, bajo el inclemente sol o bajo la lluvia, y no pasa el camión. Y si pasa va lleno. Y no hay remedio. Los camiones chinos no han llegado. Sólo unos cuantos que son como desenfrioles para una pulmonía. La indolencia. A nadie le preocupa que esos cientos de personas estén esperando una unidad de transporte que no llega a tiempo. 

Y el agua. Todavía ven como estamos y no paran las orejas. No bien llegó el agua entubada, después de muchos esfuerzos gubernamentales, y la gente ya está lavando sus coches con la manguera conectada a la red. Es agua buena. Potable. Y se ha insistido hasta la saciedad, valga la expresión, en la necesidad de no desperdiciar el agua. Y se desperdicia. No entendemos, o qué.

Este Monterrey y su área metropolitana no es el mismo. Algo pasó.