En estos tiempos pareciera más interesante hablar con los extraterrestres o al menos pretender comunicarse con ellos, que intentar… (coloque usted aquí la frase que quiera).
¡Ya wey! –exclama un meme, con el que muchos se identifican; que ya le pare con las sor-pre-si-tas este año.
Pandemia, guerra, crisis económica, energética, ecológica global, nacional, local…Las crisis y situaciones emergentes indirectamente destapan las cloacas de la corrupción, la poca pericia para el manejo de las emergencias, no solo a nivel macro (gobiernos, instituciones, empresas…) sino también en lo más inmediato, en las escuelas, familias y personas. Nadie se siente seguro/a. Todos los ordenes y contextos, todas las personas hemos sufrido los embates de estos tiempos. Y, según se nos dice, esto es solo el comienzo. La pregunta se impone: ¿qué hacemos? ¿Cómo vivir o sobrevivir en estos tiempos sin sucumbir en el intento?
La crisis no es ahora, por más que algunos intenten decir que “todo tiempo pasado fue mejor”. Las crisis están en todo momento y lugar, siempre SON. Pues son, justamente, esa parte no gobernada de la realidad, eso que se escapa a todo intento de saber y controlar. ¿qué será qué será, eso que no tienen nombre, ni nunca tendrá? (Chico Buarque) Son la forma de poder darnos cuenta de que lo que sirvió ayer no necesariamente servirá hoy o mañana. Seguramente podemos intentar un sinfín de respuestas, cada una desde un flanco de variables y datos a considerar. No existe la totalidad, nunca existió en verdad, solo que se vivía como si en verdad existiera: en los órdenes piramidales (iglesia, gobierno, hospital, empresa y familia) donde todo se dictaba desde arriba y el resto de la gente solo tenía que obedecer.
Hoy, no solo sabemos que el emperador este desnudo, sino que nunca existió. ¿Desean comprobarlo? Tomen cualquier situación o problemática y pásenla por la visión de cualquier teoría, modelo de pensamiento, tecnología…y se darán cuenta que ninguno logra capturar todos los elementos y resolverlos. Ello nos plantea el carácter de imposibilidad de cualquier empresa humana, así como también, la fuerza de flexibilidad y adaptabilidad que poseen. El futuro es para los creativos. Y no me refiero a quienes se pensaba –y todavía algunos lo creen—trabajaban en áreas de mercadotecnia, diseño, publicidad y bellas artes. ¡No! me refiero a que todo campo, profesión y trabajo requiere gente creativa, justamente porque lo que servía antes, ayer, no servirá hoy y mañana. Y esto no tiene que ver con el bla bla bla del desarrollo-humano-superación-narcisismo-cinismo del consumo-de-nuestros-tiempos-políticamente-correctos. ¡No! me refiero al asunto del cambio y transformación en las formas de vida y convivencia de todos los días desde siempre.
La incertidumbre, no como error o falla, sino como algo estructural en nuestras vidas, algo que nos construye como humanos, es el vacío necesario (vacío del sentido, del orden establecido, de la verdad…) para la creación. Sí, pero también igualmente para la generación de problemas, fallas y conflictos: los problemas de hoy fueron las soluciones del ayer. Solo que como aún no lo hemos constatado, no sabemos que hemos perdido, creemos en ese cuento de que es posible ganar-ganar, hacerle hacks a la vida. ¡Un absurdo! Trucos vende esperanzas.
Dejar de esperar es igualmente necesario como dejar de quejarse, dejar de soñar aguardando que “un genio de la lampara” cumpla los tres deseos. Dejar de quejarse, no porque señalar un error o levantar la voz ante una injusticia no sean algo válido. Todo lo contrario. Sino en el sentido de dejar de creer que la queja por la queja convertiría a alguien o a algo en el depositario/guardián de aquello que se desea recibir, y de lo cual SIEMPRE SEREMOS TAMBIÉN RESPONSABLES. En pocas palabras, no esperar a que las cosas simplemente mejoren solas o porque alguien las haga. Esperar eso es condenarse a vivir en la incertidumbre permanente, una forma de protección ante el terror de saberse responsables, optar porque sea otro el que decida en lugar de nosotros mismos. Como sucede en el amor, para muchas personas es más fácil culpar a la pareja de la propia infelicidad, que a responsabilizarse de lo que se vive, para así “curarse en salud”: por mí no quedó, yo puse todo de mi parte para que fuéramos felices, pero no se pudo por tu culpa. Solo que ese supuesto “todo de mi parte”, en verdad fue tan sólo “algo”, y a menudo, muy poco.