Guerra y salud mental

Por su puesto que la guerra daña a la salud en general y a la salud mental en particular

Dijimos nunca más/y he aquí que monstruosa/ se repite la historia

José Emilio Pacheco

Por su puesto que la guerra daña a la salud en general y a la salud mental en particular. Eso es una obviedad que cae por su propio peso. Sin embargo, tomando ciertos elementos del contexto actual, intentaremos mostrar algunas de sus características y articulaciones.

Si bien se dice que vivimos en un contexto plagado por lo políticamente correcto, donde todo es una ofensa (generación de cristal) donde la indignación sobre el otro y el odio hacia el semejante tienen preponderancia, también en el valiente y tajante rechazo a cualquier forma de violencia como expresión cultural, el de la legitimación y articulación de las diferencias en todos los ámbitos y contextos. Sin embargo, en el contexto político y empresarial no necesariamente ese poder piramidal, “patriarcal” ha desaparecido dando paso a una horizontalidad más participativa e incluyente. Por lo que, tanto los países como las empresas suelen mantener políticas reaccionarias, ancladas en el pasado y en la lógica del más fuerte, con predominio –abierto o velado—de figuras dictatoriales y de monopolio. En una empresa, por ejemplo, bien se puede hablar de Sociedad Socialmente Responsable, pero se lastima profundamente el contexto social, económico, laboral y ecológico de la comunidad, sin importar más que la explotación no regulada de los recursos. En lo político, los partidos y gobiernos se postran ante los poderes del mercado afectando profundamente a los ciudadanos, pero con un rostro humanitario y democrático como slogan.

La guerra daña, sí. No solo a quienes la sufren directamente cuerpo a cuerpo, a quienes tienen que dejar sus casas y desplazarse a protegerse, sino a quienes, gracias a la globalización, ven su economía afectada por el aumento de precios y diversos efectos comerciales de los bloqueos. Hay que destacar, una vez más, que las medidas económicas y de castigo para una de las partes del conflicto no afectan directamente a quienes están luchando, sino a la población de dichos países y al resto del mundo. Por lo que tanto, el sufrimiento y la presión siempre son para el otro. Solo se puede ser objetivo con el sufrimiento y la vida cuando no se trata del propio sufrimiento, cuando el sufrimiento es del otro (“Señor, que se haga tu voluntad en los bueyes de mi compadre”);  y ese es precisamente un rostro de la violencia estructural y de la guerra, de las medidas políticas que se toman desde arriba, afectando directamente a las personas de todas las naciones. 

La guerra no afecta ni a los gobiernos ni a las empresas que ofrecen las armas y equipos necesarios para el combate, al contrario, ellos extienden sus dominios, hacen negocios La guerra no afecta fundamentalmente ni a los que se defienden, que en este caso son una pieza –lo sepan o no—de algo más grande a lo cual se están vendiendo y que los controlará de aquí en adelante, como los que pelean por una Causa delirante y dictatorial.  

Por otro lado, la guerra afecta e impacta psicológica y económicamente, sin duda. Pero lo hace mucho más cuando se cree, como desde hace ya tiempo gracias a la enajenación del consumo y lo políticamente correcto, de la alienación política del ciudadano, cuando se cree que las guerras (cuerpo a cuerpo, comerciales, por los energéticos…) no son el estado permanente, y que por lo tanto la mejor “terapia” para la población es la resistencia y participación permanentes. Porque ahí donde alguien pensaba que estaba seguro/a y sin problemas, ya todo “viento en popa”, ahí es donde más sufrirá el cambio y la desestabilización de la violencia estructural y directa cuerpo a cuerpo.