Gobernar para la imagen

La crisis profesional en la política mexicana convierte el poder en refugio de mediocridad, donde el espectáculo sustituye la gestión pública.

La política en México padece una crisis histórica de valor profesional que, en demasiados casos, ha transformado el ejercicio del poder en un refugio para la mediocridad. Si bien existen perfiles con vocación y capacidad técnica, la tendencia predominante ha consolidado un espacio donde el enriquecimiento personal y la red de compadrazgos se protegen bajo un manto de impunidad dejando a un lado las habilidades competentes. En este contexto, la autoridad institucional mandatada por la Constitución es frecuentemente desplazada por un perfil de político que utiliza el cargo no para administrar lo público, sino para alimentar una narrativa personalista que oculte sus carencias.

El politólogo Daniel Cosío Villegas, en su ensayo El estilo personal de gobernar (1974), analizó cómo el carácter del líder puede llegar a asfixiar al sistema. En este modelo, las prioridades nacionales no dependen de un plan de largo plazo o estrategias de desarrollo, sino de las fobias y obsesiones de quien ocupa la silla; la institución se vuelve un accesorio del ego. Un rasgo central de este estilo es la incapacidad de admitir el error: la verdad no se busca, se decreta. Para sostener esta imagen de infalibilidad, el político se rodea de una "corte" de aduladores que filtran la realidad, provocando que el gobernante deje de dialogar con la sociedad. El lenguaje, entonces, deja de explicar la complejidad para convertirse en una herramienta de confusión retórica que busca seducir para evitar la rendición de cuentas.

Es increíble la vigencia de estas ideas. A esta patología del temperamento se le ha sumado hoy una versión nefasta: la política como espectáculo de la banalidad. Esta degradación encuentra su máxima expresión en el uso superficial de las redes sociales. Si bien estas plataformas representan una herramienta de comunicación sin precedentes y una aliada magnífica para el ejercicio democrático cuando se emplean con inteligencia y respeto, muchos funcionarios han optado por la ruta del vacío. Al priorizar simpatías impostadas, habilidades culinarias o coreografías por encima de la gestión, exponen involuntariamente su escasa profundidad intelectual.

En La sociedad de la transparencia (2012), Byung-Chul Han describe al político que sucumbe a la hiper-exposición. Bajo este esquema, la gestión se convierte en un reality show donde la estrategia muere ante la cámara. El político ya no piensa, reacciona; su agenda es dictada por el algoritmo. Han introduce la metáfora de "lo liso" en la que el político se vuelve una superficie sin aristas para ser "gustable". Se eliminan las verdades incómodas porque la transparencia digital mal entendida exige que todo sea digerible y rápido. Lo que no es liso, o lo que invita a la reflexión profunda, simplemente estorba.

Esta búsqueda de aprobación inmediata infantiliza la esfera pública. El político que no sabe distinguir entre la comunicación estratégica y el exhibicionismo termina siendo víctima del sistema que él mismo alimenta. Están tan orientados produciendo o cuidando su imagen que pierden la conexión con la realidad profunda del país. El uso inteligente de la tecnología debería servir para acercar la verdad y transparentar procesos, no para sustituir la capacidad de gestión por un activismo de 24/7 que genera ruido pero no soluciones.

Al verse presionados por la exigencia de resultados, quienes carecen de sustancia prefieren el refugio de la mentira o el desvío de atención, convirtiendo los espacios públicos en plataformas de control narrativo. 

La confianza no se construye con selfies ni con el uso banal de las plataformas, sino con la verdad y la capacidad de gestión. Las redes sociales son el espejo de quien las usa: en manos del político inteligente, son un puente; en manos del banal, son solo un filtro para ocultar la ausencia de gobierno.

Leticia Treviño es académica con especialidad en educación, comunicación y temas sociales, leticiatrevino3@gmail.com