De contagios y contagios: del contagio del virus al de la guerra y la muerte; del fanatismo-fatalismo de la Causa ideológico-política, igual de terrible en la vida como en la cancha.
En poco más de dos años, además de otros sucesos, hemos transitado por una pandemia, una guerra, del yo-otro infectado biológicamente al yo-otro “infectado” por efecto de la Causa, que a unos convierte en buenos y a otros en malos, por su ser, por sus ideas políticas, por su raza, pensamiento, religión, género. El primero es una condición de los seres biológicos, el segundo, una cuestión ideológico-política, donde uno se erige como “el puro” y a los otros como “los impuros”, de ahí su enfrentamiento.
En México, hace pocos días, se dio un enfrentamiento en el contexto de un partido de futbol, con varios heridos de gravedad: algunos aficionados de ambos equipos se dieron con todo. Una rivalidad llevada al extremo, olvidando el honor y el respeto por el deporte y el rival.
En el Malestar de la cultura, Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, planteó que existen tres fuentes de malestar: la naturaleza, el propio cuerpo y el otro, mi semejante, mismo que puede ser igualmente el amigo, el otro amado, como el enemigo, quien amenaza mi existencia.
Los humanos padecemos por esos tres flancos: naturaleza, cuerpo y relaciones con los demás. Dichos malestares –como el mismo psicoanálisis lo ha expuesto— no se curan, no tienen una solución definitiva, es decir, constituyen un imposible de resolver, de descartar. Esto quiere decir que son parte de la experiencia humana, forman parte de la vida. Lo que sí se puede cambiar, lo que se puede resolver es nuestra posición y respuesta ante los mismos. Sin embargo, la respuesta más común ante los malestares, tanto aquellos que parten de la naturaleza, del cuerpo, como de los demás, es la que busca depositar y localizar en alguien más ese malestar, planteando que la culpa siempre es del otro. Con dicha postura se “ganarían” dos cosas: mantener la supuesta perfección intacta, ya que el que juzga cree que no participa de aquello que juzga, es perfecto/a, está más allá del bien y del mal, y, por otro lado, el malo (infectado, extraño, diferente, el migrante…) es el otro, aquel que porta el malestar, la peste, la diferencia…que trastoca el statu quo, y por ello debe desaparecer, morir o simplemente marcharse, no integrarse. En este mecanismo podemos reconocer la base del odio al semejante, al otro, en la discriminación, el racismo, el clasismo, la xenofobia y la misoginia. Todas ellas son formas de no integración, de no inclusión, de no legitimación de la singularidad.
Ante las diferencias no hay más solución posible que identifique, sintetice y uniforme. Lo que nos toca es reconocer y saber lidiar con las diferencias (político-ideológicas, deportivas, sexuales, raciales, religioso-confesionales, económicas, laborales…) con lo propio-extraño, tanto en sí mismo como en los demás, poder incluirlo en la vida personal, familiar y social, sin transformarlo en sufrimiento, guerra y ataque; articular las diferencias de manera creativa.