Del grito a la acción

Cada grito tiene un significado distinto, pero todos revelan algo profundamente humano; algunos trascienden.

Gritamos cuando nace un hijo, cuando un gol nos hace saltar de alegría, cuando el miedo nos paraliza o cuando una injusticia nos indigna. El grito acompaña algunos de los momentos más intensos de la vida. Es una de las expresiones más primitivas del ser humano y, al mismo tiempo, una de las más profundas.

Desde una perspectiva evolutiva sabemos que el grito surgió como un mecanismo de supervivencia para alertar sobre un peligro, pedir ayuda o movilizar al grupo. Sin embargo, con el paso del tiempo adquirió significados mucho más complejos. Hoy gritamos no solo por miedo, dolor o advertencia, sino también por alegría, sorpresa, esperanza o euforia. Los científicos señalan que el cerebro humano reconoce con mayor rapidez y precisión los gritos positivos de alegría y placer que los de alarma, contradiciendo la idea de que nuestra atención está orientada principalmente hacia las señales de peligro. 

Cada grito tiene un significado distinto, pero todos revelan algo profundamente humano; algunos trascienden. Dejan de ser una reacción individual para convertirse en la voz de un pueblo o de una generación. El Grito de Dolores inició la lucha por la independencia de México; el lema de la Revolución Francesa, Libertad, Igualdad, Fraternidad sintetizó el anhelo de una nueva sociedad; el "¡No pasarán!" de la resistencia antifascista; el "Tengo un sueño" de Martin Luther King; o los recientes "¡Sí se puede!" y "Ni una menos" que siguen movilizando causas vigentes.

Los grandes gritos de la historia no expresan solo emociones; condensan una necesidad colectiva. Detrás de ellos hay pueblos que reclaman libertad, comunidades que exigen justicia, personas que buscan igualdad o sociedades que se niegan a renunciar a la esperanza.

Todo grito implica, de una u otra forma, un llamado a la acción. Unos convocan a defender lo que valoramos; otros exigen corregir una injusticia, atender una necesidad o mirar aquello que preferimos ignorar. Algunos invitan a celebrar y preservar lo que nos une; otros reclaman cambios urgentes. En todos los casos, el grito trasciende el instante en que se pronuncia: busca ser escuchado, pero sobre todo provocar una respuesta.

También existen los gritos de la cultura. El "¡Ajúa!" mexicano o el "¡Olé!" español forman parte de la identidad de sus pueblos y se han convertido en símbolos de pertenencia, celebración y orgullo colectivo. En el arte, El grito, de Edvard Munch, transformó la angustia en una imagen universal de la condición humana. Unos celebran la vida; otros revelan el dolor. Todos expresan aquello que somos, sentimos o aspiramos a ser.

Pero quizá los más profundos sean los gritos silenciosos. Los de las madres buscadoras, las víctimas de la violencia, quienes esperan un medicamento, un empleo o una oportunidad. Nos recuerdan que el silencio también puede gritar.

Frente a estos gritos de dolor, existe otro, el grito como refugio. Con el Mundial los mexicanos gritamos "¡México!" como apoyo a la Selección Mexicana del futbol. El grito trascendía el resultado deportivo y expresó esa necesidad de identidad, esperanza y pertenencia. Hay quienes veían en él la sublimación de las frustraciones cotidianas; un "ay, ay, ay, canta y no llores" entonado a todo pulmón.

Ese grito nos permitió sentir a México en la piel. Un México que nos convoca afuera de la cancha y que demanda nuestra acción.

Leticia Treviño es académica con especialidad en educación, comunicación y temas sociales, leticiatrevino3@gmail.com