El camino que se recorre de la presencia a la memoria bien puede servirnos como sentido y pasaje de lo que implica todo trabajo de duelo. Es decir, todo intento por lidiar en el día a día con la pérdida de un ser querido.
La muerte siempre es sorprendente. Por más que exista desde tiempos inenarrables, siempre nos encuentra desprevenidos, marcando un antes y un después. Inclusive podemos recordar en dónde estábamos y qué estábamos haciendo cuando recibimos la terrible noticia. La impronta de dicha memoria nos acompañará, así como los tiempos compartidos, los recuerdos. “Volver a pasar por el corazón” es lo que significa, en su etimología, la palabra recordar. Y vaya que sí lo es. La persona ha muerto, alcanzó su destino marcado, su certeza, ¡certeza que también es la nuestra! Sin embargo, algo de esa persona permanecerá en nosotros.
El trabajo de duelo: el poder vivir a pesar de la ausencia del ser querido, es un tránsito amargo, amarguísimo; pero, finalmente un día, pasa, se aprecia distante, se pierde en la memoria; algo del dolor permanece y siempre duele, pero dicho sufrimiento se va mezclando más con el placer del recuerdo, la paradoja del dolor que indica que se ha amado y perdido a alguien importante para nosotros. ¿Acaso nos gustaría nunca haber amado con tal de no estar padeciendo el dolor de la partida?
Pero por más dolor que implique la muerte de un ser querido, el trabajo de duelo no se puede prever, no se puede anticipar, ni trabajar en presencia, sino se requiere la ausencia del ser querido. De lo contrario, se corre el riesgo de convertir, ya la presencia, en una cosa extraña de muerte-en-vida, donde la persona aún no ha muerto, pero se le vive anticipadamente, sufriendo por su supuesta muerte. Sufrir anticipadamente no previene del dolor futuro. Al contrario, lo acrecienta. Pues la queja y el llanto sin ausencia de la ausencia, sin la pérdida, alargan neuróticamente el tiempo del dolor, al tiempo que se pierden años valiosos de vida. Por ello Freud decía que los neuróticos sufrían de reminiscencias, que vivían anclados a un pasado doloroso, repitiéndolo en un presente que extienden hacia un futuro.
No se puede recordar lo que aún se posee, debe existir una ausencia para construir una representación de ella. No se puede dar inicio al trabajo del duelo previa y preventivamente. Eso sería, en cierta forma, estar muertos-en vida. Mecanismo que es muy común en la neurosis obsesiva: creer que, en cierta forma, sufrir con un programa previo, se pude, en cierta forma, exorcizar el dolor, “si adelanto el trago amargo no sufriré la sorpresa” ¡No! el trago amargo de la muerte del ser querido no se puede, ni prevenir, ni evitar, ni adelantar, ni controlar. Siempre será –como las mejores cosas de la vida—sorprendente, un encuentro, un parteaguas en la vida, algo que se vive y produce un cambio que no se podía ver con anticipación.
La vida, ese espacio entre dos imposibles: no pedir nacer y no hacer nada para no morir, es un breve espacio-tiempo que puede verse como limitado o ilimitado, dependiendo de si se aprecia como repetición de lo mismo o momentos cargados de novedad y diferencia. No es lo mismo repetir, sea por miedo o desconocimiento, lo mismo una y otra vez, el más vale malo conocido que bueno por conocer”, que dice la sabiduría popular, al emprender el tiempo-vida-sin pre-nociones, ni pre-juicios, ver el tiempo de vida como apertura e invitación para hacer de la vida, y también de la muerte, lo que se desee hacer.