Cual ranitas que hierven

No sé si sea por nobleza, paciencia o estulticia, pero la población se ha acostumbrado a las cortinas de humo como la no rifa del avión

En un intento por crear una “sociedad ideal”, liberada de individualismo, clases sociales, capitalismo y libre mercado, de 1975 a 1978, el partido comunista Khmer Rojo de Camboya asesinó a cerca de 2 millones de personas, 25% de la población. Toda persona que disintiera o destacara, por mínimo que fuera, era asesinada. Los profesores, los políticos, quien hablara un segundo idioma, usara anteojos, hubiera estudiado en el extranjero o se enamorara sin permiso del partido, fueron asesinados. Caray, quizás tenía razón San Camilo al sostener que: “Haciendo el mal se experimenta placer, (pero afirmando que), el placer pasa enseguida y el mal permanece, ¡hacer el bien cuesta fatiga, pero la fatiga pasa enseguida y el bien permanece!” Y volviendo al tema, utópicamente todos tenían que ser iguales, los mismos pensamientos, la misma creencia y las mismas experiencias. Las empresas y la religión no estaban permitidas y hasta la educación fue prohibida bajo el argumento que el único conocimiento necesario era lo que se aprendía sembrando arroz en el campo. Las escuelas fueron convertidas en cárceles donde murieron el 99% de los prisioneros. Naturalmente, los trabajos eran asignados en base a la lealtad al partido, sin consideración alguna por la experiencia o conocimiento técnico. 

Es increíble la sicología humana al cumplirse inequívocamente la “ley de los pocos” donde un puñado, cual manzana podrida, destruye y denuesta a una nación entera. Un perverso dictador como Pol Pot, una vez en el poder y, subrayo, con la ayuda del ejército, al igual que Chávez y Hitler, es muy difícil quitarlos, salvo que ellos mismos cometan un desfavorable error.  En los casos de Camboya y Alemania, su desacierto fue haberles declarado la guerra a sus vecinos, pero, de no haber sido por ello, quizás se hubieran perpetuado muchos años más. El reto subyacente entonces es evitar que obtengan un poder absoluto, pero, ¿cómo permitieron que llegara al poder? 

Por inaudito que parezca, el líder comunista Pol Pot, durante diez años fue capitalizando el percibido descontento de la gente, identificando un supuesto enemigo y, con obvias mentiras y promesas falsas, se proyectó como el único redentor. El ingenuo e ignorante pueblo camboyano, cual ranita que hierve lentamente en una olla, se tragó diariamente una tasa con veneno, provocando el suicidio de su libertad y posibilidades futuras. 

Dicen que la manera de atrapar a una piara de puercos salvajes es dejando todos los días maíz en el mismo lugar y gradualmente ir cercando el sitio hasta que el captor cierra la única puerta de entrada. De la misma manera, los obtusos camboyanos se fueron acostumbrando a las mentiras y dádivas otorgadas por su “amo” sin darse cuenta de la verja que los acorraló. Y, ¿qué lecciones hay en ello para México?

Durante los primeros meses del año 2019, las largas filas de madrugada para llenar el tanque de gasolina fueron un claro ejemplo de una malla impuesta por el gobierno para medir la tolerancia de “Juan Pueblo”. A ello le siguieron un sinnúmero de agravios como: el terrorismo fiscal a los grandes contribuyentes, la desaparición de los fideicomisos creados durante décadas, las muertes por COVID, la cancelación o prohibición de proyectos de inversión y la rampante violencia acompañada por la corrupción. ¿Cómo es posible que los votantes sean ajenos e indolentes ante los lacerantes 22 meses de inversión negativa, los diez millones de nuevos pobres, los millones de desempleados o subempleados, la opacidad en el gasto gubernamental, el abultado endeudamiento y la pésima reputación internacional, entre muchísimos otros?

No sé si sea por nobleza, paciencia o estulticia, pero la población se ha acostumbrado a las cortinas de humo como la no rifa del avión e impropias y bufonescas frases como: “fuchi caca”, “me canso ganso” y “ya chole”, que entretienen y distraen la atención de los verdaderos problemas, entre los que destaca, el regreso a un presidencialismo totalitario. A la ignorante, nunca tonta, masa crítica de poseídos mexicanos les han dicho que hay que alimentarlos como animalitos y ser pobre es sinónimo de bondad e inmunidad ante el COVID-19. No sé, supongo que sigue aumentando gradualmente la temperatura del agua de la olla, sin que el pueblo “bueno y sabio” se percate del peligro.

La semana pasada se decretó la prohibición del glisofato como herbicida y se invitó al absurdo uso del machete como sustituto.  El mismo día, el gobierno federal, por inconcebible que parezca, vetó la importación de maíz transgénico con el que se engorda al ganado que México consume y exporta. En forma inexorable, la producción agrícola del país azteca perderá productividad, so pretexto de una irracional soberanía alimentaria con granos ancestrales y precios de garantía, obviamente subsidiados. Pobres mexicanos y más aún, los más pobres. Suscribo que se deben juzgar los actos ya que, como decía San Francisco de Sales: “Juzgar pertenece a Dios. El vive en el corazón humano, el hombre no ve más que la cara.” 

En fin, si todo lo anterior no desvela el entendimiento de los incrédulos mexicanos, quizás ayuden los gélidos vientos del norte. Concluyo acariciando la optimista idea de que una inminente declaración de guerra ideológica, comercial, energética o medio ambientalista, al igual que con Hitler y Pol Pot, acabará cediéndole paso a la necesaria democracia en el país.  El tiempo, Biden, los tratados internacionales y el irrefutable multilateralismo lo dirán.