Siendo niña, estudiaba en un colegio católico donde, antes de iniciar las clases y en lugar de timbre, se escuchaban por el sonido local canciones como “La montaña”, de Roberto Carlos y “El sol nace para todos”, de Ricardo Ceratto, con la esperanza de que el alumnado empezara de un modo positivo, armonioso y pacifista la jornada académica.
En otro colegio cercano, también católico, se iniciaba la jornada, no con canciones pero sí con la oración de San Francisco de Asís “Hazme instrumento de paz”, que Margaret Thatcher usara en su discurso de toma de protesta como Primera Ministra de Gran Bretaña.
A Thatcher ya la juzgó la historia, con o sin oraciones o música propositiva.
En su reciente visita y presentación musical por estas tierras, el cantante Emmanuel –guadalupano de corazón como millones de mexicanos, asumo-, llamó a la concurrencia a aprender a dar amor, a perdonar.
Entonaba la canción “Tengo mucho que aprender de ti”, cuando hizo una pausa para transmitir lo que fuera una invitación para construir entre todos, un mundo mejor.
“Si no abrimos nuestro corazón a Dios, si no encontramos la paz en nuestro corazón, es imposible que demos paz y vivamos en paz”, dijo el artista.
Fue cosa de un minuto, fue la única interacción directa con los asistentes, y más que un mensaje religioso por invocar a la Divinidad, fue tomado a bien por la audiencia en su mayoría femenina.
¿Qué tan difícil sería que más pudieran seguir su ejemplo y promover cosas positivas?
¿Qué tan complicado puede ser reproducir canciones con mensaje en los planteles educativos públicos o privados para motivar a sus alumnos?
No lo digo yo; hay ene cantidad de estudios que hablan del poder de la música para transformar a las personas, mejorar su estado de ánimo, su aprendizaje, formar recuerdos que válgala pena atesorar.
Después de dos años de encierro a causa de la pandemia, valdría la pena reinventarnos desde el hogar, desde los centros de enseñanza, desde los espacios de trabajo.
Cantantes, artistas, influeners, deportistas, usted o yo, cualquiera con una pizca de buena fe, empatía, sororidad, solidaridad, puede ser un agente de cambio.
Puedo decir de manera grata que aún siento lindo al recordar aquellas canciones que llenaron mi infancia.
La música, el civismo, el deporte, clases de valores, la real convivencia, el diálogo, son cosas que no cuestan y que aún sin estar en un plan de estudios, puede ayudar a mejores relaciones en las aulas, en los vecindarios.
Ya basta de leer de balaceras, de ejecuciones, de guerras.
Menos noticias negativas que parecieran irse normalizando en el ánimo colectivo y más cosa para compartir y construir mejores entornos.
Hay muchas fechas internacionales de llamados a la paz como una forma de visibilizar problemas y que de este modo los gobiernos emprendan políticas públicas que acaben con esta situación, lo cual está bien-
Pero como Emmanuel o como mis amados maestros de la primaria, cada uno de nosotros puede emprender pequeñas acciones que nos hagan volver a creer que la paz y la armonía sí son posibles.