La presentación del Evangelio de este Domingo XV del tiempo ordinario es la de un discurso del cual se adelanta el método didáctico, la parábola: «En aquel día salió Jesús de casa y se sentó a orilla del mar; se reunieron junto a Él grandes multitudes de manera que, habiendo subido a una barca, se sentó, mientras la multitud permanecía de pie en la playa. Y les habló muchas cosas en parábolas, diciendo: ...».
Sigue una serie de ocho parábolas introducidas por la así llamada «parábola del sembrador», entre las cuales se intercalan también diálogos y cambios de escenario. Es claramente un discurso armado por el evangelista, porque nadie predica una serie de parábolas. La parábola es un medio muy eficaz de enseñar, pero no por sí misma, sino, según el contexto, cuando viene al caso para ilustrar mejor algún punto particular. Después del Sermón de la montaña y del discurso apostólico, este es el tercer discurso que encontramos en el Evangelio de Mateo, el «discurso en parábolas» que cubre todo el capítulo XIII. Ya hemos visto como comienza y su conclusión es también clara: «Cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí» (Mt 13,52). Lo leeremos en forma continuada este domingo y los dos siguientes.
Jesús empezó así: «Salió el sembrador a sembrar y, al sembrar él, una parte cayó junto al camino y viniendo las aves la comieron; otra parte cayó en terreno pedregoso...». Jesús está hablando en un ambiente rural y la escena que Él sugiere es familiar y no requiere más descripción. Usa el verbo «sembrar» con profusión, pero ni siquiera se menciona la «semilla». Se entiende entonces que se trata de trigo o cebada. En efecto, para designar todo tipo de alimento basta decir «pan», como lo hace Dios desde la primera página de la Biblia, cuando dice a Adán -el hombre-: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella has sido tomado...» (cf. Gen 3,19).
La parábola sigue describiendo cuatro posibles casos: que la semilla caiga a la orilla del camino y se la coman las aves, que caiga en terreno pedregoso y pronto se seque por falta de profundidad, que caiga entre espinos y éstos la sofoquen y, por último, que caiga en tierra buena y produzca fruto abundante. Hasta aquí todo claro, es familiar y nadie lo discute. El fruto, aunque sea sólo de una cuarta parte, justifica el esfuerzo dada su abundancia: ciento, sesenta, treinta por uno. ¿A qué viene todo esto? La duda es mayor, si se considera que Jesús concluye con una frase que parece obvia: «El que tenga oídos, que oiga». Pero, precisamente, esto la hace más enigmática. Todos han oído con el sentido corporal del oído. Por eso, lo que Jesús insinúa es que hay otro sentido del oído con el cual se escucha algo que trasciende el sonido material. Así lo explica a sus discípulos, a solas con ellos, cuando le preguntan, justamente: «¿Por qué les hablas en parábolas?».
Jesús responde a esa pregunta estableciendo una diferencia entre sus discípulos y los demás: «A ustedes les es dado conocer los misterios del Reino de los cielos; a ellos no les es dado». Notemos que el conocimiento del cual Jesús habla es un don. La parábola, tan usada por Jesús como método de enseñanza, es eficaz y logra su objetivo en quien escucha con el don de la fe; es oscura para quien carece de ese don. La fe es el oído con el cual se debe escuchar. Mateo, según su tendencia, encuentra aquí la explicación de una profecía de Isaías, que, sin esto, permanece oscura: «Les hablo en parábolas para que viendo no vean y oyendo no oigan ni entiendan y se cumpla en ellos la profecía de Isaías que dice: "Oír, ustedes oirán, pero no entenderán; mirar, ustedes mirarán, pero no verán..." (cf. Is 6.9)». Observamos que Jesús ha agregado el sentido de la vista. Así entendemos la respuesta que da Jesús a la petición de Felipe de mostrarles al Padre, sobre quien Jesús tanto hablaba: «Felipe, el que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 14,9). Jesús habla de esa visión de fe que concede ver una realidad sobrenatural inaccesible a quien carece de fe.
Aclarado esto, Jesús prorrumpe en una bienaventuranza que se dirige a esos sentidos sobrenaturales: «¡Bienaventurados los ojos de ustedes porque ven y los oídos de ustedes porque oyen! En verdad les digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron». Jesús declara así la absoluta novedad que es su presencia en el mundo y el don que han recibido quienes tienen la dicha de conocerlo a Él como el Hijo de Dios hecho hombre. Grandes profetas y justos como Abraham, Moisés, Elías, Jeremías, Isaías y otros en su tiempo no gozaron de ese don. Lo más opuesto a la bienaventuranza de Jesús, la mayor tristeza, es vivir en este tiempo en que nos ha sido revelado el Hijo de Dios hecho hombre y no conocerlo.
La parábola del sembrador es la única parábola de Jesús que aparece en los tres Evangelios Sinópticos (Mc 4,1-9; Mt 13,1-9; Lc 8,4-8). Debió ser tan conocida que a Mateo no le parece necesario aclarar el punto de comparación entre la escena familiar descrita -el sembrador- y el misterio del Reino de los cielos que Jesús quiere revelar, como lo hacía su fuente Marcos: «El sembrador siembra la Palabra» (Mc 4,14). Por su parte, Lucas es más explícito: «La semilla es la Palabra de Dios» (Lc 8,11). En Mateo Jesús responde a la duda de sus discípulos diciendoles: «Ustedes escuchen la parábola del sembrador: "De todo el que escucha la Palabra del Reino..."».
El mismo Jesús dio ese nombre a esta parábola. Se entiende que el sembrador es el que predica la Palabra de Dios, el primero de ellos es el mismo Jesús.
Sigue la explicación de cada una de las cuatro respuestas que puede encontrar la predicación de la Palabra: «De todo el que escucha la Palabra del Reino y no la entiende viene el maligno y arrebata lo sembrado en su corazón. Este corresponde a lo que ha sido sembrado junto al camino». Bien conoce Jesús esta respuesta, como lo vemos en su predicación sobre el pan de vida en la sinagoga de Cafarnaúm, donde, excepto los Doce, todos los presentes, incluidos muchos de sus discípulos, lo abandonaron, diciendo: «Duro es este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?» (cf. Jn 6,60.66). Conoce este caso San Pablo después de su predicación sobre la resurrección de Jesús en el areópago de Atenas: «De esto te escucharemos en otra ocasión» (cf. Hech 17,32).
«Lo sembrado en terreno pedregoso corresponde al que escucha la Palabra e inmediatamente la acoge con alegría, pero no tiene raíz y es inconstante y, cuando sobreviene una tribulación o persecución a causa de la Palabra inmediatamente tropieza». Este es el caso de la mayoría de los cristianos que comienzan el camino en seguimiento de Jesús. Por eso, San Pablo repite con insistencia la necesidad de perseverar: «Sean constantes en la tribulación, perseverantes en la oración» (cf. Rom 12,12).
«Lo sembrado entre espinos es el que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas ahogan la Palabra y queda infructuosa». Entre tanta palabra de este mundo y preocupación por las riquezas, la Palabra de Dios queda como ahogada, según la imagen usada por Jesús, y no produce fruto. Según la definición de Jesús la riqueza de este mundo es un engaño, porque prometa felicidad y no cumple. La riqueza defrauda toda esperanza de verdadera alegría. En efecto, el joven rico a quien Jesús llamó prefirió su riqueza, pero se fue triste (cf. Mt 19,22).
Finalmente, el caso que justifica todo esfuerzo: «Lo sembrado en terreno bueno es el que escucha la Palabra y la entiende; éste da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta por uno». Este es el caso que justifica todo el trabajo misionero. A éstos se dirige Jesús cuando dice a sus apóstoles: «Yo los he elegido a ustedes, y los he destinado para que vayan y den fruto y el fruto de ustedes permanezca» (cf. Jn 15,16).
Jesús expone esta parábola para que cada uno examine qué acogida da en su corazón a la Palabra de Dios y cuáles son los frutos que la Palabra allí sembrada está produciendo, se entiende frutos de vida eterna.