Una mujer se acercó junto a mí, en la barra, mientras tomaba una cerveza. Habló en español: "¿Qué hace un hombre tan joven en este lugar para viejos?" Volteé a mi alrededor y hasta ese momento descubrí que estaba en un prostíbulo. Había hombres en los sesenta y quizás setenta, de cueros que no habían hecho ejercicio en toda su vida, acompañados por mujeres en corsé, rondando los cincuenta. "¿Qué edad tienes?", me preguntó la prostituta. "Treinta", le respondí. "¿Me invitas un trago?" Con la mano, hice un gesto para que se sentara. Ordenó un cóctel.
Era peruana y había llegado a Francia en su juventud. Me habló de César Vallejo y sus años en París. Le sorprendió que conociera algunos de sus poemas de memoria. Me miró a los ojos con la profundidad de sus años y sin siquiera tocarme, luego de un silencio y prontamente, me dijo: "Tú debes ir a Les Six. Ahí encontrarás chicas para ti".
Le pedí que me hablara de la música que se escuchaba en la ciudad. Mencionó a Calogero y Les Enfoires. "¿Dónde los puedo conseguir?". Dio indicaciones para llegar a la tienda Mega Virgin cercana, sobre Champs Elysees, y antes de despedirnos, me apuntó la dirección de Les Six en una servilleta.
Caminé a la tienda de varios pisos; inmensa. Compré los dos discos que me recomendó y cuatro más. Música pop. Luego, me paré en la acera donde comenzaba a caer un poco de lluvia; no un aguacero, sino la elegante invitación de la ciudad para conocerla, antes de hundirme en su sabiduría. Detuve un taxi y le di la servilleta con la dirección del prostíbulo.
Un cadenero me dio acceso inmediato y la anfitriona me preguntó: "¿Español?". Me llevó a un sillón de medialuna para cuatro personas. No tardó una chica, de veinte años, en sentarse junto a mí. Me habló en un español dificultoso, con su acento francés. Era una joven blanca, naturalmente muy atractiva.
Me dijo que estudiaba plástica en la Escuela de Bellas Artes de Paris. Nunca supe si era cierto. Le expliqué que yo era delegado mexicano ante la OCDE por unos días. "Si pides dos botellas de champagne, me voy contigo; nos llevamos una". Ordené las dos botellas. El mesero las trajo y preguntó si abría una. La chica le dijo que sí. Bebimos media copa y me pidió que ordenara la cuenta. "Sal por el frente. Cruza la acera y espérame ahí. Yo saldré por atrás". Tomó la botella cerrada y desapareció. Hice lo que me pidió; despacio. Esperé cinco minutos y arribó, con un abrigo encima. Era diciembre.
Tomamos un taxi a mi hotel. En el cuarto, ella se desnudó frente a mí y yo hice lo mismo. Llevaba dos condones en el bolsillo del saco. Me recosté boca arriba y ella me montó. Había pasado más de un mes desde que yo había estado con una mujer. Me vine casi inmediatamente. Me apené completamente. Ella se recostó junto a mí. "Ese no cuenta", le dije. Se sorprendió. "¿Te puedo dar un beso?", le pregunté. Ella acercó sus besos a los míos y volvió a subir. "El condón", le dije. Esperó a que me lo colocara.
Luego de un par de minutos de estar moviéndose, metió sus manos entre las piernas y rompió el preservativo con sus uñas. "No soy una máquina", me dijo enojada. Se recostó, boca arriba, a mi lado. Hubo un largo silencio hasta que me preguntó: "¿Puedes traerme un pan del restaurante? Me vestí, me dirigí al ascensor y bajé hasta la planta baja. El lugar estaba cerrado. Subí.
Cuando entré al cuarto, estaba vacío. Busqué en el armario: ahí encontré el relieve de la Las Tres Gracias que había comprado esa tarde en el Louvre. Luego me dirigí a la mesa frente a la cama: faltaban la botella de champán y un disco: Calogero.
Esa fue mi primera noche en Paris. Dormí cuatro veces en esa ciudad. Nunca estuve solo. Fui aprendiendo las lecciones de la vorágine parisina y mejorando noche con noche.
Yo venía de una ciudad y de un país donde los amores casuales callejeros suelen ser honestos, donde se ama con fervor religioso desde el primer roce en la piel, en el primer baño de arena sobre los labios.
Luego de esa mi primera noche, dejé de creer en los amores casuales parisinos. No existen para un hombre que camina en saco por la ciudad, sin hablar francés.
Al día siguiente, conocí a una chica en un bar, nuevamente sobre Champs Elysees. Tomamos algunas cervezas. Ella era extranjera; tampoco hablaba francés. Intentamos comunicarnos en inglés, pero igual fue inútil. En la cama, las cosas no mejoraron. ¡Ah, Paris, tan decepcionante!